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Juna Rejano Poeta De Diamantina Estructura

Por domingo 7 de abril de 2013 Sin Comentarios

Por Juan Cervera Sanchís*

Juan-RejanoEntre las voces memorables de la poesía en lengua española del siglo XX no podemos dejar de registrar la de Juan Rejano, cuya obra se desarrolla en México, a donde el poeta llegó como refugiado político el año de 1939.

Pablo Neruda al referirse a la poesía de Juan Rejano dejó dicho lo siguiente:

“Esta poesía, la de Juan Rejano, no comienza; había un expectante sitio en nuestro idioma para su diamantina estructura.”

Sí, la poesía de Rejano, es diamantina estructuralmente hablando. Está cincelada en base al más exigente rigor. Aunque tras esa rigurosa estructura formal, tras esa exigente pureza idiomática, se palpa y se respira un torrente desatado de doloridas emociones.

La poesía de Juan Rejano, como la de Miguel Hernández, es una poesía que nace de la abierta por la daga del angustioso penar cotidiano. Vientos del exilio doliente la cruzan verso a verso:

“Tanta sangre le disteis de beber a la muerte,/ que la muerte visita vuestro hogar cada noche/ para exigiros una nueva ofrenda./Tanto dolor sobre el candor sembrasteis,/ que sólo os acompaña/ una tierra infecunda…”

Sí, la poesía de Rejano, nace de la confrontación bélica española y siendo una poesía doliente y tremendamente humana es, por sobre todo, una poesía de esperanza que llega, en su bondad infinita, a atribuirle “remordimiento de conciencia” al enemigo. La poesía de Rejano está construída en todo momento sobre cimientos de amor y fe en nuestros semejantes:

“Ya no puedo ser niño, ya no puedo/ deslizarme en la edad, ser como un agua/ que atesora en sus linfas un destino inmutable,/ ni descender tampoco a la montaña/ que nos lleva hasta el límite y el eco./ Soy como un ave inmóvil en el espacio anclada,/ en este oculto espacio de agonía…”

Hay en esta poesía una tristeza andaluza y reflexiva. Por los versos de Juan, surcos de una tierra milenaria y recién arada, oliendo a barro enamorado, se mueve el aurífero canto del trigal en las llanuras del Sur de España:

“Eran tus ríos canciones/ de trabajo o de amor. Sus manos blancas/ lirios eternos conducir sabían/ como jóvenes dioses derramando fragancia/ y en su cuerpo caballos/ de oro y cedro piafaban…2

Emerge aquí el paisaje andaluz. Y que la poesía de Juan Rejano es, como él, alada y dramáticamente andaluza:

“Se muere una sola vez./ O se muere tantas veces,/ que no se llega a nacer.”

Y hablando de ese punto entre dos eternidades que es la vida, según dijo el filósofo, recordamos que Juan Rejano vino al mundo el 20 de octubre de 1903 en Puente Genil, Córdoba, España, y dejó este mundo el 4 de julio de 1976.

Su poesía habita entre nosotros. Esa su poesía tan sentida y tan musical:

“Del olivo tengo/ la piel verde, el alma/ bañada de silencios./ El alma y la piel./ Y el olvido tiene/ mi sueño y mi sed.”

La poesía de Juan Rejano, de súbito tocada por la gracia y sin perder nunca su cordobesa hondura, nos agita el corazón con versos con estos:

“Aquel olivo tenía/ cien años en cada rama/ y en la raíz una espina.”

En su libro “El Genil y los Olivos” encarcela su nostalgia andaluza y la luminosidad del cielo azul de Andalucía y en “El Jazmín y la llama” nos encontramos con este breve poema, donde la imaginación del poeta parece confundir los recuerdos a la vez que los acentúa de manera seductora:

“Me acuerdo de la calle,/ pero olvido su nombre./ Me acuerdo de la casa,/pero olvido su número./ La estancia…Sí, la estancia/ tenía colores pálidos/ en las paredes, puertas/ que daban ¿a qué rumbos?”

Y finaliza así: “Me acuerdo de mi pena,/pero no de mi mismo.”

Terrible tener memoria de la pena y no tener memoria de uno mismo. ¿Acaso los muertos tenga una especie de memoria similar?

En su último libro, “La tarde”, que dedica al gran poeta recién fallecido, Rubén Bonifaz Nuño.

Libro que nosotros tuvimos el privilegio de ver nacer, el poeta nos dijo de viva voz:

-Es mi testamento poético. Ahí, Rejano, escribe:

“Nunca sentí mi cuerpo, absorto en el espacio/ donde furiosamente chocan sombras opuestas/ o sumergido en él, náufrago a veces,/ victorioso relámpago en las noches sin término,/ fue para mí algo ajeno, piel y entraña de otro,/ y ahora, al llegar la tarde, me detengo a escucharlo/ como si regresara sin saberlo a mi mismo./ Herido fui cien veces y no acusó el estrago,/ supe pronto que nada nos pertenece a solas/ y el exiguo caudal que traje fui cediéndolo/ hasta quedar hermano de la rama en otoño./Vine a dar. Vine a darme.

Nada llevo./ En medio de la tarde, desnudo como el viento,/ estoy. A la hora exangüe pagaré mi tributo/ final, y sin un grito ni un rencor me iré. En tanto,/ apasionadamente espero. Y sufro.”

Gran poeta. Gran hombre. Juan Rejano, quienes cuantos lo conocimos lo amamos y lo seguimos amando, nos dejó su rica herencia poética y humana, en esa su voz forjada en intensísimas sobriedades.

Nada se llevó, y ya más nuestro que nunca, él vino a darse, se dio día tras día, con lujo de bondad, pues como muy bien dijo Pablo Neruda, nos sigue iluminando con los “laureles de la dignidad del corazón.”

*Poeta y periodista andaluz.

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