Nacional

Crónica de la Batalla de La Procesión del Silencio

Por domingo 31 de marzo de 2013 Sin Comentarios

Por Mario Arturo Ramos*

En los sesentas de siglo XX, la ciudad de Querétaro (hoy, Santiago), se unió a las poblaciones del altiplano que celebran el viernes de la Semana Santa, con una ceremonia religiosa/ masiva: La Procesión del Silencio. En la ciudad colonial -organizada por los sacerdotes de la Orden Franciscana-, dio sus primeros pasos afuera del Convento de la Cruz, ahí, en lo alto de la Loma del Sangremal , en el mítico sitio de la fundación, bajo las primeras luces de la noche aquel día, siguió peregrinando por las calles del Centro Histórico. En el presente, la procesión se ha convertido en uno de los atractivos turísticos que convoca a visitantes de la tierra del Acueducto. La Procesión del Silencio tiene orígenes remotos y, llegó al país trasplantada por la cultura española que decidió difundir e imponer el catolicismo como religión oficial, utilizando como escenario a los espacios públicos. La marcha reúne a un buen grupo de hermandades constituídas por fieles que el Viernes Santo, casi en silencio, cumplen mandas y penitencias cubiertos con capuchas y túnicas negras, rojas o blancas para expiar culpas y pecados junto a dolientes y piadosas que, de riguroso luto cargan imágenes iluminadas por veladoras, alentadas por las saetas que los cantores interpretan en las balcones. Su prestigio está basado en la solemnidad que la singulariza, postura conquistada por sucesos relevantes y otros olvidados entre los adoquines, como el de la pelea campal entre los “Hijos de Dios” vs penitentes y público, acción a la que llamo: La Batalla de la Procesión del Silencio.

Los principios de los setentas representan el despegue industrial en la sede de la Conspiración de Querétaro. Las nuevas empresas contrataron trabajadores, técnicos y ejecutivos de diferentes lugares, por su parte La Procesión del Silencio creció en número de participantes y observadores. La primavera setentera fue testigo de que jóvenes orientados por norteamericanos, fundaban un rito cristiano / evangélico “Los hijos de Dios”, predicaban que cambiar el mundo se logra con un cambio de experiencia religiosa; en otras palabras, dejar de ser idolatras como los que adoraban imágenes y aceptar que en la Biblia se encuentra el todo y que las cosas del viernes Santo queretano la desobedecían. El lugar de prédica y de reunión del grupo, era un local con pinturas psicodélicas llamado: Quo Vadis, en el (hoy) Andador Libertad. Después de una sesión de lectura bíblica decidieron que había llegado la hora del génesis de la Procesión de la Luz, una peregrinación con música y pancartas que citaran pasajes que condenaban al fuego eterno a los encapuchados y a las damas de negro que les seguían el rollo; acordaron que desfilarían en la parte final de la Procesión del Silencio. Cuando escuche el proyecto, decidí ir a pasar unos días a mi tierra natal para visitar a mi tía Lola y a las amistades auténticas, ¿cómo perderme un nuevo capítulo de la ancestral e imaginaria Batalla del Sangremal?, así que con y todo máquina de escribir llegué a la casa donde pase las mejores pinceladas de mi infancia a esperar el viernes…

La crónica de la Batalla:
Puntuales como siempre, al caer la tarde, las puertas del Templo de la Cruz se abrieron, los encapuchados y las de luto tomaron su lugar, llegaba la esperada hora del inicio. Sentado en un pequeño banco en la azotea de mi casa, me dispuse a contemplar la epopeya, llegaron las parvadas de tordos obscureciendo el cielo, los tambores comenzaron su sonido monótono con el que piden a los asistentes silencio; las beatas se persignaron y un extraño murmullo se desató por las calles, durante un rato el crepúsculo llamó mi atención, pero de pronto, la meditación se vio interrumpida por el sonido de trompetas y cantos que anunciaban a más o menos a ciento cincuenta personas que militaban en la de La Luz, al escuchar el trompetazo una anciana con valor cristero se encaró a los que desafiaban a la del Silencio, esa fue la señal para que los penitentes soltaran las cruces de mezquite y se quitaran las cadenas del tobillo, tenía que comenzar la corretiza y los golpes a los intrusos. Superados en número, los Hijos de Dios pusieron pies en polvorosa rumbo al Acueducto, donde estaba el domicilio de uno de los pastores gringos, algunos fueron alcanzados por los “ofendidos”, y los pusieron….!!!!

Claro, faltaba el epilogo y, este se escribió de la siguiente manera: En contraesquina del Templo de la Cruz, existía en aquellos días una cantina llamada La Riojeña, la dueña en actitud misericordiosa todos los Viernes Santo, preparaba deliciosas aguas de chía y horchata para apagar la sed a los participantes en la del Silencio; aprovechando la confusión y el caos, uno de los que encabezaba a los evangélicos se metió a la cantina para protegerse; la escena tragicómica giraba y giraba mientras un grupo de vecinos deliberaban en voz alta que hacer con el que se refugió, una voz pidió qué lo dejaran, otros que pagara su osadía, de pronto con gran cordura se dijo: ¿no es cierto que los perseguidos recibirán en recompensa el Reino de los Cielos?, agregando: ¿no son los mártires los benditos que estarán a la derecha del creador? ¿Quiénes somos para impedir la decisión del joven?; todos los de la” bolita” asintieron y ni tardos ni perezosos les señalaron a los indignados al que se había refugiado.¡ Y que les cuento, quedó como Manny Pacquiao después del derechazo de Juan Manuel Márquez!, con los ojos en blanco. Bajé de la azotea para hacer un recuentro de daños, no pasaba nada, las ambulancias recogían a los zarandeados, los encapuchados se colocaban las cadenas en los tobillos y sacudían las capuchas del polvo de la pelea, las mujeres encendieron las veladoras, los turistas divertidos reían, yo, sólo tomaba nota para la Crónica de la Batalla de la Procesión del Silencio.

*Investigador y autor.

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