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El Tío Lesmes o La Nostalgia Por El Tango

Por domingo 24 de marzo de 2013 Sin Comentarios

Por Faustino López Osuna*

El-Tio

Posiblemente la infelicidad infantil por el abandono paterno tanto de mi padre Eugenio como de mi tío Lesmes, medios hermanos, vino desde que mi bisabuelo Adelaido López abandonó a la abuela Rafaela Hernández con todos sus hijos, incluido el abuelo Eugenio, quien a su vez los abandonó a su difícil suerte, protegidos únicamente por sus propias madres. Desde que abrieron los ojos a la vida hasta que los cerraron por última vez, nunca tuvieron con ellos a su padre.

El tío Lesmes fue hijo de mi abuelo Eugenio H. López y doña Antonia González. Cursó hasta el segundo año de primaria en su pueblo natal, Aguacaliente de Gárate, Concordia. Pese a su abandono y a su estremecedora pobreza, desde joven fue un hombre trabajador. A finales de la década de los años 40 y principios de los 50, aprovechó, primero como aprendiz y luego como ayudante, la estancia de un norteamericano radicado en el pueblo, encargado del mantenimiento de las máquinas de la fábrica de mezcal y de ixtle, del señor Loubet, hasta ser el mecánico de la misma. Al cerrar la empresa como consecuencia de las turbulencias por la aplicación de la reforma agraria en la región, que afectó a la comunidad, el tío Lesmes incursionó en el pequeño comercio. Luego buscó aprender y aprendió con maestría los oficios de sastre y de peluquero.

Casó con la maestra Socorro Arroyo López, originaria de la cabecera municipal de Concordia, con quien procreó tres hijos varones: Lesmes, Luis y Gaudí, a los que orientó y apoyó para que cursaran estudios profesionales, educándolos con una rigurosa disciplina orientada a su superación, desde su más temprana infancia.

Pese a forjar su espíritu en la dureza de la vida, o tal vez por ello, Lesmes López González siempre buscó ayudar a cuantos pudo, nativos de la comunidad, a tener un oficio. Así lo hizo, entre otros, con mi hermana mayor Lucrecia y con mi medio hermano Ricardo López Olivas. Gustó y cultivó la lectura, intercambiando libros llegados del puerto quién sabe cómo, con mi tío, herrero, Arcadio Hernández López. Recuerdo que alguna vez leí en la herrería títulos que le prestaba de obras de Martín Luis Guzmán, como El águila y la serpiente, alguna biografía de Napoleón Bonaparte y de Francisco Villa y hasta el nombre de José María Vargas Vila. También, el tío Lesmes, leía poesía. A Juan de Dios Peza y Antonio Plaza, entre otros poetas románticos mexicanos. Pero sobre todo, le gustaba el tango. En este género musical, poseía una erudición universal; era una mente enciclopédica.

El tío Lesmes conoció y disfrutó todas las grabaciones de Carlos Gardel. Sabía de qué tangos era coautor con Alfredo Le Pera: Volver, El día que me quieras, Mi Buenos Aires querido, Cuesta abajo, Soledad y Golondrinas, entra tantos otros. Aclaraba con propiedad que A media luz le atribuían a Gardel la autoría con Edgardo Donato, pero que éste lo había compuesto con Carlos César Lenzi. Que La Cumparsita era de Canaro H. Matos Rodríguez y Pascual Contursi y Adiós muchachos de Julio César Sanders y César Vedani. Que para él, las grandes orquestas argentinas del tango eran la de Canaro y la típica de Raúl Iriarte.

Nostalgia, con su sinónimo melancolía, lo he dicho ya, es tristeza causada por la ausencia de la patria o de los deudos y amigos. Pesar que causa el recuerdo de algún bien perdido. En un pueblo como Aguacaliente de Gárate, ubicado entre dos ríos, el Baluarte al sur y el Presidio al norte, a 20 y 10 kilómetros respectivamente, con la carretera federal México-Nogales construida apenas a finales de 1940, casi aislado del mundo, uno se pregunta de dónde le vino esa inmensa nostalgia por el tango al tío Lesmes. Y no encuentra respuesta, salvo, como lo digo al principio, de la orfandad de por vida del padre. La melancolía es tristeza vaga y su otro sinónimo es la añoranza. El melancólico, por extensión, también es pesimista. Y no creo que sea para menos. El tío Lesmes, de clara inteligencia, leyó durante décadas el periódico Excélsior, lo que lo mantuvo al día de todos los sucesos de México y del mundo que le motivó, necesariamente, una radical y espléndida toma de conciencia. De ahí que, sanamente, el pesimismo no le fuera ajeno.

Otros factores lamentables influyeron también en ello. La herencia congénita de la diabetes paterna; la desgraciada muerte temprana de su esforzada esposa, la maestra Socorro Arroyo, y la pérdida de un pie en accidente automovilístico, circunstancias adversas que no le impidieron mantener una actitud decidida ante la vida. Cierta vez, mi madre me platicó que, al fallecimiento de mi tía política, un día que la encontró el tío Lesmes le dijo, con la voz entrecortada por la tristeza: “Ya no trabajes tanto, Tomasita”.

Haciendo honor a su nobleza, en un gesto por demás enaltecedor, él mismo colocó en la tumba del abuelo, su padre, la leyenda: “Aquí descansan los restos del gran apicultor Eugenio H. López”.

A la edad de 85 años, el tío Lesmes murió en octubre de 1999, sin imaginar que catorce años después llegaría el argentino Jorge Mario Bergoglio a Papa. De haberlo sabido, estoy seguro que hubiera sido indulgente, tolerante y humano con él, por ser de la tierra del tango.

*Economista y compositor.

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