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A Mi Madre

Por domingo 3 de marzo de 2013 Sin Comentarios

Por Jaime Irízar López*

A-Mi-MadreDescribir una idea o un pensamiento es mucho más fácil que tratar de definir con fidelidad un sentimiento. Pero hoy que te veo postrada en un lecho donde libras quizas la mas dura de tus batallas contra la muerte, en el que un sacerdote amigo, a sabiendas de que estás en la antesala del cielo, te arenga a no abandonarte conociendo de antemano tu fortaleza y espiritu guerrero, recordando y argumentando quizás, que tuviste 22 embarazos, 19 partos y que estás por cumplir 98 años, durante los cuales además de perder varios organos internos de tu anatomia, viste partir a tres de tus hijos consentidos y eso de cierto, que ha sido tu verdadero gran dolor. (A Saúl, el niño que se murió de pobreza, a Francisco Luis, “el Paco”, quien te recordaba en todo momento a mi padre y veías en su rostro a tu único cariño, y a Jorge, el hermano mayor, quien compartió contigo tus penas y tus carencias y te hacia reir con sus bromas irreverentes y su ingenioso humor negro.

Al verte así, recordé como en la mitad de tu tiempo libraste las batallas diarias para mitigar el hambre de tantas bocas e intentaste mantener el ánimo, la esperanza y el optimismo de la tropa familiar. Eres sin duda alguna nuestra heroína familiar. Cierto es que no mandaste como Agustina Ramirez a ningun hijo a morir por la patria; primero porque en nuestra época no hubo mas guerra que aquella que se dio en contra de la pobreza y la ignorancia y en segundo término porque tu amor de madre es tan grande que siempre antepusiste el sacrificio personal a la sola idea de poner en riesgo a ninguno de nosotros.

En cambio pariste y forjaste, para servir a la comunidad, dentro de un marco estricto de valores y principios, a maestras, abogados, medicos, contadores, educadoras, expertos en lenguas, gastronomía, y secretarias; sin olvidar que también de tu vientre generoso, salieron presidentes municipales y un senador.

Para honrarte mamá, quiero describir a nombre de todos los hermanos, el sentimiento de un hijo. Hoy que tu enfermedad nos obliga a todos a hacer una pausa en el camino. Hacer el paréntesis justo, para reflexionar sobre tu sublime, eterno e incondicional amor de madre.

Vale en primer término decir que dios hizo a la mujer después del hombre, porque quería perfeccionar la técnica, a sabiendas de que su principal función sería la de ser madre y tal oficio requiere de un equilibrio perfecto de virtudes, porque cualquier error en esta labor costaría mucho a la humanidad.

¿De quién aprendiste a ser hija, madre y abuela? ¡De dios! ¿Y a ser mujer y esposa? ¡Del hombre! Queda claro pues el origen divino y la pureza de tu amor.

Con muchas gracias y dones, dios te dotó. De él aprendiste tan noble tarea, por eso fuiste en mi vida la respuesta exacta a mis inquietudes infantiles. Terapia permanente a mis temores. Cálido regazo que llenó plenamente mis vacíos existenciales. Fuente inspiradora de mis sueños tempranos. Sonrisa que anima a construir porvenires. Manantial interminable de fé y esperanza. Constructora tenáz de un mejor mañana. Ejemplar aceptación de relevo generacional. Desarrollo personal truncado por amor filial. Procuradora oficial de armonía familiar y multiplicadora de panes y peces por necesidad.

Eras también madre mía, hábil artesana de mis sueños. Abrazo que protege y consuela. Caricia que alivia el más cruel de los dolores. Regaño que guía y forma, envuelto con cariño. Férrea voluntad en mis desánimos. Puerto seguro en mis tiempos tormentosos. Luz al final del túnel. Espacio ideal de mis confidencias. Eras además, sicología pura. Proyección de confianza y entereza en mis horas frágiles. Aprendiz precóz de realidades. Maestra pletórica de buenas intenciones.

No te he visto nunca apagar la vela de la esperanza, ni tampoco dejar de agradecer a dios el día.

Condimentaste ingeniosa, con ternura y afecto, mi alimento diario, por eso, extraño tanto tu sazón.

Todo eso eres madre. Todo eso te reconozco.

Por amor me ataste a tu falda. Por tu amor me liberaste a tiempo. Es tan poco mi amor comparado con el tuyo, que sufro al pensar no merecerte.

La creencia errónea de tu inmortalidad, hace que olvide decirte con frecuencia, que eres una clase de amor excepcional, al cual ni la distancia, la pobreza o el olvido puede menguar. Tan grande es, que en lo adverso crece.

Mi madre, la siempre joven, la llena de fortaleza y vitalidad, que tan sólo envejece, cuando piensa que ya no la necesito. Tanto que me has dado y tan poco que yo te ofrezco. Ingratitud natural de hijo. Hay veces que pienso que desearía morir antes que mirar tu muerte, pero procuro vivir para no dolerte. Dios guarde la hora, pero si algún día él te necesitara para presumirte en su corte celestial, espero que reclame tu alma en el curso de un sueño hermoso y apacible, sin despertarte, sin dolor y sin sobresaltos; que ya bastantes desvelos y pesares por nosotros has padecido.

Y como justo regalo, en tu postrer sueño, veas y escuches a todos los hijos de ayer, hoy y siempre, elevar de una manera honrosa, una plegaria eterna para que él, te otorgue un lugar preferencial allá en el cielo, tan bello y tan grande como tu amor. Porque eres de dios, su mejor hechura.

Tu condición de madre, te hizo merecedora de eso y más. Creo finalmente, que decir madre, aquí en la tierra, es una de las mejores maneras de nombrar a dios.

*Doctor y escritor.

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