Nacional

Los Derechos Indígenas

Por domingo 3 de febrero de 2013 Sin Comentarios

Por Juan Diego González*

Los-Derechos-IndigenasPor la carretera internacional que sale de Ciudad Obregón hacia el norte, después de pasar (y pagar) la caseta de peaje, a unos cientos de metros hay un entronque de caminos. Si uno se desvía a la derecha llegará al pueblito de Corrales. En cambio si se toma hacia la izquierda, entra directamente a Tajimaroa, una comunidad yaqui. En la lengua quiere “leño ardiente”. Según la información de la página nuestro-méxico.com1, viven alrededor de 300 habitantes, de los cuales cerca de 70 hablan yaqui y español. Si uno sigue el camino hacia el sur, se baja de la calle pavimentada y toma un camino de terracería más o menos transitable. Unos 3 kilómetros antes de llegar a Cócorit, se abre un camino bordeado de álamos ancianos y majestuosos, cuyos brazos y hojas forman una especie de túnel. A los lados se expanden extensos sembradíos, como en esta época que el trigo esta tiernito y verde. Un espectáculo maravilloso.

Sin embargo, cuando se tiene la suficiente confianza con una persona de la tribu yaqui y le preguntas por ese camino de álamos, entonces la historia resulta triste y menos maravillosa que la vista de la naturaleza en su esplendor. Allá por los años 20´s, cuando don Álvaro Obregón fue presidente constitucional de México, se quiso apropiar del territorio yaqui. Obviamente que los ancestrales guerreros no se dejaron y así inició otra persecución más. En escarmiento, las órdenes fueron de colgar a todos los revoltosos yaquis en ese camino de álamos.

Los cuerpos inertes de los desafortunados yaquis, duraban días colgados y las aves de carroña se daban tremendo festín. Para escarmiento de los alzados, no se permitía descolgar a los ahorcados. Los yaquis actuales, cuentan esta historia a sus descendientes. Para ellos, es otra muestra de la opresión del hombre blanco. De hecho, tratan de caminar lo menos posible por ese lugar y para llegar a Cócorit, dan un gran rodeo por el Konti, otra comunidad yaqui que también desemboca en Cócorit.

Si los libros de historia documentan bien sus hechos, podemos encontrar que Álvaro Obregón, al mando de 300 yaquis enfrentó al ejercitó orozquista en los límites de la sierra entre Sonora y Chihuahua, y los derrotó. Y así fue, durante casi todo el levantamiento armado de 1910 hasta 1916. La toma de Mazatlán y Guadalajara por parte del general Obregón serían inconcebibles sin la participación de los yaquis. Incluso el mérito más grande de vencer en tres ocasiones al poderoso Pancho Villa y sus Dorados del Norte (la última en Celaya) se debió a la fundamental entrega de los guerreros yaquis.

Ahora, la Constitución de 1917, en la cual Álvaro Obregón tuvo una participación muy activa, sobre todo en los artículos relacionados a los derechos de los obreros. Sin embargo, los derechos de los indígenas, su reconocimiento como un pueblo original, el respeto a su historia, tradiciones, cultura, costumbres, se perdió en la lucha por alcanzar la “silla del águila”. Una vez como presidente, el único general invicto de la revolución, se olvidó de sus compañeros de armas. Sus fieles y cumplidos guerreros yaquis se volvieron un estorbo para apropiarse de los extensos campos de cultivo.

A pocos años del centenario de la promulgación de la Constitución Mexicana, todavía a los yaquis se les debe mucho. Y con ellos, al resto de la población indígena del país. El artículo Primero se vuelve más un sueño y un anhelo que una realidad. En la vida cotidiana, la igualdad de derechos, el respeto al otro como individuo es una sombra movida al capricho de las nubes, quienes ocultan el sol empujadas por el viento cambiante.

Cuando pasas por debajo de los viejos y memoriosos álamos, camino hacia Tajimaroa, se escuchan susurros. Es el viento les digo a mis hijos, es el viento que juega con las hojas y las hace sonreír, como si platicarán en un lenguaje antiguo y olvidado. En mi corazón, estoy seguro, escucho las voces de los hombres y mujeres yaquis, quienes murieron ahorcados bajo esos árboles. Sus voces moribundas, entre ahogos y sollozos, me piden no ser olvidados. “Nosotros estábamos aquí antes de la llegada del hombre blanco. Estas tierras tampoco son nuestras, son de nuestros hijos, es la herencia de nuestros mayores, eso peleamos y nadie parece entenderlo”.

1 http://www.nuestro-mexico.com/Sonora/Cajeme/Areas-de-menos-de-500-habitantes/Tajimaroa/

*Escritor y docente sonorense.

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