Nacional

El sabor de Cócorit

Por domingo 13 de enero de 2013 Sin Comentarios

Por Juan Diego González*

Cocorit

¿Ha pensado alguna vez, lector, lectora, la cantidad de personas y cosas que puede conocer un día cualquiera? Si usted me lo permite, le contaré una breve historia decembrina, de esas historias que valen la pena. Dejo a su amable juicio y criterio la bondad de los hechos aquí narrados, además de presentarle a personajes de Cócorit, Sonora, cuyo ejemplo de vida es motivo de orgullo y superación. Veamos.

Aunque los hechos, del todo verdaderos y dignos de mención sin lugar a dudas, sucedieron en diciembre recién pasado, la génesis de nuestro relato sucedió en octubre, durante el Décimo Encuentro Internacional de Escritores “Bajo el asedio de los signos”. A mi muy querida esposa Claudia, y dos amigos entrañables, Guadalupe Gálvez y su señora Silvia Manriquez (colaboradora de La voz de Norte por cierto) fueron invitados a un centro de trabajo tipo microempresa de próxima apertura, así les dijeron, con personas muy gustosas de escuchar poesía.

Así, cubiertos por la niebla de lo desconocido y el misterio, los tres mosqueteros de las letras, se armaron con lo mejor de su repertorio poético y se lanzaron hacia la antigua población de Cócorit, Sonora. Cual no sería su sorpresa, que después trocó en satisfacción y alegría, al descubrir que la dicha microempresa es un lugar sostenido por la fuerza laboral de personas con algún tipo de necesidad especial.

Este grupo de hombres y mujeres, impulsados por su afán de salir adelante en este mundo material y lleno de dificultosas lides, se unieron para formar una pequeña fábrica de jaleas, frutas secas, galletas y coricos. Por demás deliciosos y con un toque muy, muy… pero me estoy adelantando en la narración de los hechos, verdaderamente acontecidos, pero el lector, lectora disculpará la emoción de este poco hábil cronista. Sigamos, pues.

Con todo el apoyo de la señora Leticia Burgos, la exdiputada local y activista social por la causa de los desfavorecidos, se iniciaron los trabajos para impulsar el nacimiento de este centro de trabajo. Nuestros insignes poetas hicieron gala de sus versos, ante un público, reducido en número, verdad es, pero con el corazón más grande jamás visto en estos lares del Río Yaqui. Así, quedó trabada una nueva amistad y al mismo tiempo, un compromiso de apoyo a los integrantes de la dicha fábrica. Porque han de saber ustedes, estimados lectores que la cosa no paró ahí. Los caminos del Señor son inescrutables y no sabe uno el día ni la hora, reza en alguna parte del Libro Sagrado.

Un buen día, a fines de noviembre, me habla mi esposa al aparatito ese de moderna invención llamado celular: “Oye, m´hijo, se necesita tu presencia como representante legal de Escritores de Cajeme, porque hoy es el corte de listón de la fábrica de galletas y jaleas, ¿te acuerdas, ya te conté?, llega por mí al trabajo y nos vamos juntos, para decirte cómo llegar”. Avisado por mi dulce, pero aventurera mujer, coloqué varios libros en una bolsa de regalo, entre ellos las cinco memorias del encuentro de escritores “Bajo el asedio de los Signos”, porque una parte de la inauguración estaba reservada a una breve biblioteca.

En ese evento, por demás significativo y pletórico de alegría, conocí a los esforzados trabajadores, de quienes mi querida Claudia ya me había contado con antelación. Los más animados a la charla y la sonrisa contagiosa son Francisco Jesús Valladares y Francisco López. El resto del equipo de trabajo son Omar Enrique Ghin, Brenda Elena Amaya, Cruz Alfonso Ortega y Lucina Castro. También forman parte fundamental del grupo, Catalina, señora madre de Francisco Jesús.

Con el loable esfuerzo de Leticia Burgos, el soporte del todavía Fondo Nacional para Empresas en Solidaridad (Fonaes), de Omar Rodríguez (de Servicio al Desarrollo Empresarial Seden y Moisés Vázquez de Canacintra se inauguró “Felipe, jaleas y derivados”. En cuyo nombre quedó plasmado el homenaje a un compañero de trabajo pasado a mejor vida. Abrazos, fotografías, entrevistas, la entrega de libros, la compra de la primera bolsa de fruta seca. Si, alegría, mucha alegría.

¿Aquí termina la relación de estos hechos verdaderamente contados? A fe mía que no, caros lectores. ¿Recuerdan ustedes a los tres mosqueteros? No, no os confudáis con los originales de Alejandro Dumas. Más bien los de esta mal trazada crónica, pero cierta hasta la última comilla. En diciembre, volvió la agradabilísima familia Gálvez Manríquez. Digo familia porque sus hijos los acompañaron en la travesía de Hermosillo a Ciudad Obregón. Ellos traían en su maletero una enciclopedia llena de sabiduría y diversos libros para acrecentar el Rincón Cultural de “Felipe, jaleas y derivados”.

También nosotros nos hicimos acompañar de mi hija Catalina. Así, en familia asistimos a la entrega de donaciones librescas conseguido por Silvia Manríquez, a través de su programa de Radio Sonora. Gracias mil a los donadores. Llegamos a la fábrica y el olor de las galletas recién horneadas nos recibió con la dulzura más intensa de una mañana decembrina. Aunque el encuentro era ya de entrañables amigos, se hizo entrega formal de los libros.

Además, digno de encomio es que los trabajadores no detuvieron su labor ante nuestra presencia. El corazón de una persona se conquista por el estómago dice el refrán latino. Como nos dieron a probar de las galletas y coricos, calientitos y suaves al paladar, al lado de las tazas de café. Pues, nada, que nos hicimos de palabras y el sabor de Cócorit nació en nuestros corazones. Silvia, Guadalupe y sus hijos regresaron entusiasmados a su hogar en Hermosillo. Nosotros al nuestro.

Pongo mi mano en el pecho y lo asevero, estimadísimos lectores, no soy catador de vinos pero si un degustador de galletas y pan dulce de toda la vida. Desde el olor, el toque en los labios, el roce a la lengua, el sabor dulce y al mismo tiempo escondida con tino la sal, la suavidad a la mordida del corico, se vuelve en un puro instante de placer… me atrevería a decir que quizá envidiado por los ángeles… o más aún, quizá los ángeles bajan para amasar en las noches de vigilia y dejar lista la masa para el horno.

Verdad de verdades es lo que digo. Si ustedes, amable lector, lectora, vienen a Cajeme y desean llevarse un recuerdo cerca de su corazón, déjese conquistar por el sabor de Cócorit, visite “Felipe, jales y derivados”. En ese día, conocerá un ejemplo de vida, motivo de orgullo y superación.

*Escritor y docente sonorense.

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