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Paz y Tolerancia

Por domingo 9 de diciembre de 2012 Sin Comentarios

Por Iván Escoto Mora*

Estos días en que las hojas del calendario se agotan, las noticias son las de siempre. En medio de guerras entre tirios y troyanos el escenario se aprecia irremediablemente igual: cerros de muerte, orfandad, rencores que no dejan de atizar los escombros.

Desde que inició el siglo XX los hombres han buscado organizarse en instituciones de alcance internacional que permitan dirimir pacíficamente las controversias. La UNESCO es el organismo especializado de la ONU que busca impulsar la paz en el vecindario mundial a través de la educación, la ciencia y la cultura. Su sede está en Paris, Francia.

En 1995 la UNESCO estableció que el 16 de noviembre de cada año debería ser celebrado El día Internacional para la Tolerancia. Diecisiete años después leo en el diario Le Monde de 18 de noviembre que, en el contexto de una discusión nacional para decidir si Francia modifica o no su legislación, con el objetivo de permitir el matrimonio entre hombres y mujeres del mismo sexo, diversos grupos convocan a marchas para manifestar su rechazo a las posibles reformas legales.

Los detractores del cambio precisan que no son grupos “homofóbicos” sino, simplemente, defensores del matrimonio “convencional”. Bajo este argumento se describen como “matrimonio-fílicos” (mariageophile). Incluso reivindican el derecho de los hombres y las mujeres del mismo sexo para que se asocien en los llamados “PACS” (pactos de solidaridad civil), que si bien no constituyen un contrato de matrimonio, representan un medio de reconocimiento parcial a las uniones calificadas de “no convencionales”.

La historia de la humanidad revela que el hombre siempre se ha esforzado en hacer distingos, siempre hay alguien que se irroga el poder de clasificar, cosificar, imponer. Así surgió el Estado y quizá, así surgió la guerra como concepto fundacional y huella dactilar de todas las sociedades, en todas las épocas.

La configuración de categorías justifica los modelos de explotación, los ejemplos sobran. En la Roma antigua se establecieron conceptos jurídicos con el objeto de legitimar la esclavitud. Los tonos de piel han sido motivo “suficiente” para cuestionar la naturaleza de los hombres. Luego del descubrimiento de América se debatió acaloradamente si debía reconocerse “humanidad” a los habitantes originarios del nuevo continente. Qué decir del peligro de ser investido con el mote de comunista en la década de los sesentas o de terrorista en la actualidad. Portar apellidos de origen inadecuado, o hablar en lenguas “incendiarias”, es razón suficiente para que la mirada paranoide comience a especular en cualquier aeropuerto del planeta. Durante siglos, y hasta la fecha, se ha descalificado a los integrantes de una y otra comunidad religiosa, a la que, por turnos, se le endilgan los males de la tierra. Etc.

El orden del mundo se debate entre definiciones esencialmente absurdas. Quién puede detentar la facultad delimitadora que restringe la existencia. Quién puede, válidamente, asumirse como rector de la vida y administrador de lo viable o lo inviable, lo plausible o reprobable.

Si pensamos en el cimiento que sostiene cualquier tipo de discriminación, prohibición o permisión, tendríamos que aceptar con vergüenza que, al final, todas las categorías clasificatorias se fundan en un acto de arrogancia.

La realidad es algo que ocurre a pesar de nuestra voluntad y si se manifiesta, es porque su naturaleza lo permite. Por tanto, resulta arbitraria toda pretensión que niegue nominalmente lo que de hecho acontece en el mundo.

Esfuerzos por establecer distinciones tales como las hechas entre “locos” y “genios”, son muestra de la relatividad en cualquier selección. En último caso, todo termina siendo cuestión de enfoques. Oscar de la Borbolla lo describe puntualmente en su texto Los locos somos otro cosmos:

“Los locos sólo somos otro cosmos, con otros otoños, con otro sol. No somos lo morboso; sólo somos lo otro, lo no ortodoxo. Otro horóscopo nos tocó, otro polvo nos formó los ojos, como formó los olmos o los osos o los chopos o los hongos. Todos somos colonos, sólo colonos”.

Antes de seguir pensando en diferencias, leyes, clasificaciones y distingos, tendríamos que aceptar la vida como aparece en un mundo nacido de la multiplicidad. Tal vez entendiendo las diferencias desde sus posibilidades y no desde sus imposibilidades, seríamos capaces de resolver el ciclo de violencia y guerra que lleva de la mano a nuestra historia, un año más, por la senda de la intolerancia.

*Abogado y filósofo/UNAM

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