Nacional

El Propietario

Por domingo 2 de diciembre de 2012 Sin Comentarios

Por Juan Cervera Sanchís*

Los burócratas tienen desarrollado extraordinariamente el sentido de la propiedad.

Cuando se instalan en las oficinas públicas actúan como si éstas les pertenecieran de por vida.

Producen la sensación de que dentro de cada burócrata hay un dictador vitalicio y, sin duda, un intrigante; un Alcibíades conformado a base y en base de mil Janos.

Mi amigo Rutilo Rumoro de la Rumera era un burócrata perfecto. Desde muy joven había trabajado para el gobierno. Era un artista en cuanto a realizar el mínimo esfuerzo y lograr el máximo beneficio, personal. Lema secreto de todo burócrata que se precie de serlo.

Cuando conocí a Rutilo Rumoro de la Rumera ya llevaba ocupando desde hacía veinte años un cubículo en la central del sindicato de OGOPL: Oficinas Generales de Obstaculizadores Perfectos de Licencias y otros anexos.

El hombre vivía, si lo suyo era realmente vivir, en aquel cubículo, donde pasaba la mayor parte de su tiempo.

Cada quincena cobraba su sueldo con la mayor religiosidad del mundo y, a renglón seguido, tiraba su canita al aire.

La verdad sea dicha, durante los días festivos, se sentía muy mal y desubicado de su realidad, cada quien tiene su propia realidad, en su pequeño y sombrío departamento de interés social, pues la nostalgia de la oficina lo inquietaba haciéndole desear, con todo su corazón, los llamados días laborales.

Su verdadera dicha no la encontraba en su hogar junto a su esposa ni sus dos hijos, sino en su cubículo.

Ahí, en su cubículo, Rutilo Rumoro de la Rumera, se sentía en el paraíso… vegetando y vegetando, como tronco de nogal, y en feliz estado de éxtasis, como tantos otros místicos de la santa y sagrada burocracia.

Algo sucedió repentinamente en el sindicato de OGOPL que, todos los empleados, y en particular los más antiguos, comenzaron a inquietarse y a sudar frío.

El miedo se apoderó de ellos. Su Gran Líder había sido substituido inesperadamente a causa de los súbitos cambios políticos que se estaban operando en las altas esferas del país y, según se advertía, el nuevo Gran Líder parecía decidido a cambiarlo todo.

Comenzaron los despidos y liquidaciones a pasos acelerados y sin la menor misericordia.

La mayoría de los despedidos abandonaban las Oficinas Generales de Obstaculizadores Perfectos de Licencias y otros anexos hechos un mar de lágrimas.

Aquello se convirtió en un gran duelo ya que todos habían dado por supuesto que eran propietarios de sus respectivas plazas de por vida y, al descubrir que no era así, el universo parecía derrumbarse ante sus ojos con fatales consecuencias.

Rutilo Rumoro de la Rumera, más que en el miedo, comenzó a vivir en el terror extremo, donde la vida, pese a todo, también es posible, en mitad de los cambios y a la espera de que le notificaran su despido.

En silencio y, en secreto a voces, gemía en su cubículo. Su color había cambiado y, asimismo, su semblante. Por momentos daba la sensación de ser un cadáver. De cierta manera era ya un muerto vivo, como hay millones en este mundo nuestro, por más que se muevan de un lado para otro y ocupen asientos y ventanillas.

Llegó pues el día. Una mañana, apenas llegando a su cubículo, supo lo ya previamente anunciado por las circunstancias. El pobre hombre se derrumbó por completo, sumiéndose en el negro más negro de los pensamientos.

Quedó paralizado de angustia en su silla. Le era imposible pensar. Se sentía despojado injustamente de su propiedad más querida: su cubículo, su silla, su mesa, su ordenador.

Él había dado por creído y sabido, ciegamente, que todo aquello era suyo. Allí había dejado su vida.

Sí, y allí dejó su vida Rutilo Rumoro de la Rumera para siempre y por siempre.

Tan así fue que sacó su revólver y… la detonación resonó como un grito desesperado por los pasillos de las Oficinas Generales de Obstaculizadores Perfectos de Licencias y otros anexos.

*Poeta y periodista andaluz.

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