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LA UNIVERSIDAD PÚBLICA: UN TESORO CULTURAL…

Por domingo 25 de noviembre de 2012 Sin Comentarios

La autonomía universitaria, la libertad de cátedra y la autogestión científica son condiciones necesarias pero no suficientes para la existencia de la Universidad.
(Manuel Castells, miembro del Consejo Científico Europeo de Investigación de la Unión Europea: 2006)

¡¡ Para el Dr. Don Gonzalo Musitu Ochoa, por sus enseñanzas¡¡

Por Fidencio López Beltrán*

La Universidad y en particular, la Universidad Pública tienen tantos méritos como desafíos en la sociedad mexicana, como los ha tenido en Europa, en Asia, en África y en toda América. Sus retos y sus alcances, sin duda, merecen relativizarse en contextos y sujetos particulares, en la perspectiva de lograr analizarlos a profundidad y con ello, contribuir a comprender los escenarios presentes y luego, tejer sus posibles horizontes a mediano y a largo plazos, apoyados en un pensamiento flexible y estratégico que atienda inteligentemente las demandas de la sociedad, los gobiernos y los empleadores.

Bien sabemos que la Universidad atesora a la inteligencia humana y la inteligencia humana reconoce que la Universidad es el espacio que por su propia naturaleza (histórico-social) debe e formar a los profesionales, pensadores, creativos y a su masa crítica; por lo tanto deber servir a la (re)creación y desarrollo de ideas, a la elaboración de soluciones y de nuevas formas de concebir y actuar en el mundo, tanto así que sus objetivos y propósitos se habrán de relacionar con imperativos y acciones relativos a: crear, reflexionar, inventar, imaginar, criticar, analizar y proponer distintos dispositivos, desde modelos de generación y aplicación de conocimientos, modos y medios (de enseñanza y aprendizaje), hasta el diseño innovador de técnicas, estrategias y acciones operativas que den respuestas a los fenómenos o problemas que la realidad nos presente.

El nacimiento exponencial de instituciones de educación superior privadas y las crisis económicas de las últimas décadas, con su consecuente crecimiento de la cobertura de las instituciones públicas, hasta llegar a su masificación en las aulas, ha provocado entre gobiernos, empresarios y universitarios, debates y polémicas profundas sobre su calidad y eficacia y por ende, del financiamiento que le debe ser asignado.

Aún estando en el siglo de la sociedad del conocimiento y/o en el siglo de la sociedad del aprendizaje, poder demostrar que ya se han alcanzado los propósitos educativos y la calidad educativa que los estándares internacionales exigen a las universidades, ha sido un asunto complejo y políticamente muy sensible para cualquier autoridad universitaria; bien sabemos que a pesar del insuficiente presupuesto que se asigna a la educación y al desarrollo de ciencia y la tecnología, los resultados de la última década han venido reflejando que se está recuperando su credibilidad y con ello, ha sido capaz de defenderse como el mejor tesoro cultural de un pueblo, tanto así que la Universidad Pública es y representa la más valiosa función social e histórica dentro y fuera de nuestro país.

Observemos que a mediados del siglo XX era notorio el protagonismo de la Universidad en la definición de políticas públicas y en las principales propuestas de cambio social, mientras que en los últimos cincuenta años, el cuestionamiento a su función social ha sido tan agudo, que han aflorado contradicciones trascendentes en su desarrollo histórico; por ejemplo, su relativa autonomía: se preserva la autonomía académica, pero no la financiera; respeto a la libertad de cátedra pero se deben acatar criterios externos estandarizados; gestión y nuevos patrocinios a la investigación pero con recursos etiquetados. Tiene toda la razón Castells, garantizar la existencia de la Universidad, solo por su autonomía, su libertad de cátedra y la autogestión científica, es insuficiente a pesar de las fortalezas internas que representan esos tres aspectos. De ahí que el desafío asumido por las universidades públicas mexicanas no ha sido menor en estos años. La UNAM, sería para América Latina, el mejor caso.

La recuperación de ese liderazgo social y político de las universidades públicas has sido tortuoso, pero no imposible, a pesar de que en la presente década aún no han dado cuenta a cabalidad de su potencialidad de (auto) transformarse y ponerse a la cabeza de quienes ahora dirigen los destinos sociales de los pueblos, son las instituciones públicas la mejor opción para una sociedad que se asuma con una actitud de cambio (ejemplo: avanzar en la competitividad económica internacional con profesionales de mayor calidad, ni duda cabe) y por ende que sea capaz de retroalimentarse y consolidar los contactos e intercambios de experiencias de diversas culturas, es y será la mejor forma a través de la cual deberá impulsar sus transformaciones curriculares y académicas en general, sus formas de organización y de comunicación hacia adentro y hacia fuera de sus propias comunidades de profesores y estudiantes. Se trata a fin de cuentas, de que la Universidad Pública sea innovadora, dinámica con gran capacidad de gestión en todos los órdenes y niveles, tocando-abriendo puertas en donde corresponda. Su divisa social deberá están siempre enfocada en su permanente contribución a elevar los niveles de calidad de vida, de seguridad-paz social y productividad a la sociedad de su tiempo.

Recordemos, antaño hubo posicionamientos tan radicales, primero: quienes pensaron en que debían cerrarse las instituciones de educación superior públicas si no hacían bien su tarea: formar a los empleados y recursos humanos requeridos por empresas privadas; otros, defendían que las instituciones universitarias debían mantenerse abiertas sin más criterios que ingresaran los que quisieran pues que era dinero del pueblo y que la empresa privada no ponía un solo peso; y en segundo lugar y en contraparte (para nuestra fortuna), hubo también quienes creyeron que había que abrir modelos educativos más estratégicos con mayor calidad, cobertura y eficacia hasta dar cabida a toda persona que tuviese las competencias mínimas (un ingreso perfilado académicamente) que aun teniendo limitaciones económicas, de espacio y tiempo, debieran de ingresar a algún programa (escolarizado, abierto, virtual, mixto) que le acomodará bien a sus necesidades e intereses.

No sucedió lo primero, es decir, fracasaron las posturas extremas, gracias a la defensa histórica de lo que significa culturalmente la Universidad Pública, habiendo logrado grupos sociales e intelectuales más racionales, preservarla y consolidarla en buena parte de América Latina, en países europeos, en particular España y Francia. En África y en buena parte de Asia, el espectro educativo a pesar de avances muy notables en varios países con competitividad internacional, sigue reflejando rezagos importantes en grandes capas sociales sin acceso a la educación pública, lo cual representa para los organismos internacionales económicos, sociales y culturales y en particular para los gobiernos de todos los continentes, un gran reto que deben atender con compromisos concretos para el 2030 o para el año que redefinan en los acuerdos de las comisiones internacionales sean los de la UNESCO, la OCDE, el BM o la misma CEE (para mayores detalles sobre estos asuntos internacionales sugiero, revísese el trabajo más interesante que he revisado estos días, a: Vargas Vergara, Monserrat, 2011: Espacio Europeo de Eduación Superior: análisis de una experiencia. Sevilla. Publicado en Rodin Universidad de Cádiz. http://hdl.handle.net/10498/14817).

Ahora bien, a pesar de que toda la sociedad debiera reconocer la enorme contribución que socialmente significa contar con los profesores e investigadores universitarios y los servicios que ofrece la institución pública, hay quienes la siguen cuestionando desde visiones que no están a la vanguardia del mundo del conocimiento y del desarrollo tecnológico del siglo XXI, tal vez añoran que la educación sirva a unos cuantos; también hay grupos más racionales que defienden y exigen que la Universidad se modernice, tanto así que se ponga a tono con la sociedad del aprendizaje, cuya mística es hacer crecer y desarrollar socialmente a todas las personas, a sus comunidades y familias enteras, que no tienes otra opción, más que la Universidad pública y que tal vez, para muchos sea la única y la última oportunidad de prepararse, de abrirse ventanas al mundo y posiblemente de asegurarse así mismo, a sus familias y generaciones futuras, una mayor calidad de vida. Por eso la Universidad Pública es el tesoro cultural que debemos de defender todos aquí y en todo el planeta.

En pocas palabras, la misión de la Universidad es formar a profesionales críticos y con competencias laborales que incidan productivamente en la realidad de su tiempo; es decir, toda sociedad moderna, puede exigir de los conocimientos, de los análisis y propuestas innovadoras que los universitarios deben realizar cotidianamente; es la inteligencia universitaria la que permitirá avanzar en el desarrollo social y en las formas de relacionarnos, de socializarnos, en incluso, de las formas de hacer política y de incrementar la productividad y por ende nuestra economía; es esa inteligencia la que debe orientarse más hacia una democracia cognoscitiva que a la sola democracia electoral, como hasta ahora sucede en México. En ello, la función de la Universidad Pública es decisiva para los adultos de hoy y también lo es para la formación de los niños y adolescentes, que mañana serán los profesionales que deberán estar a la vanguardia y ser competentes para dirigir los grandes cambios por venir… En una palabra como en mil: la Universidad Pública, es un tesoro cultural…

*Doctor en Pedagogía/UNAM. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

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