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SAN ANTONIO DE JUÁREZ -La develación de la estatua de Juárez- Ultima Parte

Por domingo 11 de noviembre de 2012 Sin Comentarios

Por Miguel Ángel Avilés*

Don Lupercio fue a la cruz roja porque quería recibir personalmente unas cajas de medicinas que le había mandado de la capital, pero pidió a sus hijos que no dejaran ir al “Rafa” hasta que no terminara de restaurar al desfigurado pastorcito. El vocalista, hombre obeso, lentes obscuros y de melena larga como la de Rigo Tovar sabía que labores como esas no le iban a caer tan fácilmente, así es que, entre cantada y cantada, no paró hasta ver concluida su tarea. Antes, entre todos pusieron a Juárez sobre una tabla que no hacía ni tanto utilizaba Lupercio para matar puercos, lo lavó con la manguera y lo puso a secar para reconstruirle la nariz y uno que otro pedazo que con tanto ajetreo fue dejando en el camino. El” Rafa”, detallista para eso de las resanadas y celoso de su trabajo, no dejó que los hijos de don Lupercio metieran las manos a la hora de darle los últimos retoques. Acabó tarde, ya cuando la noche apenas si dejaba ver la silueta de don Benito, aceptó de buena gana la cena que le ofreció doña Ubaldina, les recomendó que lo dejaran secar un par de días y se tuvo que sin esperar al patrón , porque, comentó orgulloso, lo traían muy desvelado las tocadas. Don Lupercio volvió en la madrugada, y se acostó a dormir. Al otro día, apenas clareando, se fue derechito al patio y, no lo vas a creer, pero si el “Rafa” hubiera estado ahí lo agarra a besos: y es que aquello que sus ojos veían le significaban la perfección, el encargo deseado, la armonía artesanal insuperable. Lo observó desde un recodo y de otro y de otro más: luego, sin quitarle la vista de encima se sentó en una piedra y así estuvo, ido, por buen rato hasta que su mujer, recién levantada y con los pelos todavía hechos un mazacote, lo volvió a la vida poniéndole frente a sus ojos una taza despostillada de café caliente. En voz de ella escuchó las recomendaciones que había dejado el” Rafa”, asintió con la cabeza, aduló el excelente trabajo del músico y le dio la taza para que se la volviera a llenar. Una hora más tarde, bien desayunado, ya estaba en la oficina viendo con satisfacción como desfilaban los niños del pueblo, para que unos fígaros le dejaran el pelo como dios manda y, a su vez, anunciando a cuanto podía la venidera instalación de la estatua de don Benito.

Nomás pasaron los días encomendados por el vocalista, le pegó unas tentaditas al de San Pablo y al cerciorarse de que ya estaba seca, a gritos le pidió un juego de sábanas a su mujer, envolvió a la pesada efigie con ellas, y, la condujo hasta su cuarto en donde la dejó recostada junto a un ropero como si fuera una momia dormida. La develación fue programada y la alegría arreció por todo el pueblo. Pero Lupercio, previsor hasta de lo más simple, no quería que la estatua, reconstruida con tanto sacrificio, fuera a correr la misma suerte que cuando estuvo colocada en el Boulevard. Si bien es cierto, San Antonio era un pueblo sosegado y de muy pocos carromatos, uno bien sabe que el diablo nunca duerme; así que lo mejor era buscar el punto menos peligroso para que no ocurriera una desgracia como la provocada por aquel motociclista. Un día antes de la ocasión, pasó por el Rafa, le pagó la deuda y lo subió con él para decirle donde quería que instalara a don Benito. Agarraron derecho hacia el fondo del pueblo. Se pararon donde estaba un gran llano rodeado de pequeños cactus y flanqueado por un acantilado: ¡aquí lo quiero! ordenó con esa firmeza que lo caracterizaba. Fueron por el bulto, pasaron por el material que ocuparía el Rafa y con la promesa de que sería bien recompensado, ahí lo dejó para que hiciera la base, pegara la estatua y dejara todo listo para el día siguiente.

A las ocho de la mañana, sorteando un fuerte calor tempranero, la gente comenzaba a arremolinarse frente aquella fachada imponente y envuelta con sábanas que alguna vez fueron blancas. Lupercio y su familia llegaron vistiendo sus mejores prendas; La esposa del brazo de su marido y seguidos por todos sus hijos cruzaron la valla formada por la gente casi levitando de la emoción y se colocaron a un lado de la estatua. En cuanto detuvieron su andar, el “Rafa”, que ya había sido bien recompensado, hizo un ademán a su grupo y de inmediato sonó una fanfarria que fue coronada con unos disparejos aplausos. Después vinieron los cuchicheos y enseguida todas las miradas fueron a parar hasta donde estaba Manríquez. El viejo enderezó el cuerpo, miró a los oyentes y de la bolsa de su camisa sacó una estampa de esas con las que tú y yo alguna vez cumplimos las tareas de la escuela y comenzó a deletrear con estridencia la biografía que venía al reverso: “Don Benito Juárez nació en el poblado de San Pablo Guelatao, perteneciente al Estado de Oaxaca, el 21 de Marzo de 1806. Sus padres fueron Marcelino Juárez y Brígida García, que eran de raza zapoteca y etc.” El resto de la gente permaneció callada guardando un ceremonial silencio. Tan presto don Lupercio dio fin a su lectura, metió la estampa a la bolsa de su pantalón y se dispuso a develar la magna obra. Tiró de la cubierta y, en un santiamén, ahí estaba ante todo San Antonio el gran Don Benito Juárez soportado por una base altísima que lo hacía verse gigantesco, imponente, inalcanzable. “Rafa”, quien aún traía esos pantalones de yute embarrados de cemento, había logrado en aquella estatua, alguna vez lodosa y arrumbada, una reconstrucción de nariz, digna del mas excéntrico galán de cine, pues ahora el Republicano la lucia respingadita, estilizada, envidiable, con un perfil castigador que jamás hubiera imaginado el oaxaqueño, el mismo que ahora frente a el gentío, se erguía fulgurante, gracias a ese color plateado que lo cubría de pies a cabeza como resultado de las múltiples pasadas que le dio el Rafa con la pintura de spray.

Ese episodio quedaría grabado para siempre en la memoria colectiva de San Antonio. El pueblo todo es hora que aún evoca con añoranza heroica a don Lupercio Manríquez y Manríquez, ese hombre enjundioso y terco como ningún otro. Sí llegases a pasar por San Antonio, detente un rato y pídele a cualquier viejo que te cuente a detalle la historia de esa estatua. Yo se que todavía lo recuerdan todo. Hasta el nombre de los perros que, con furia, noche tras noche le estuvieron ladrando al luminoso don Benito durante poquito más de dos semanas.

*Abogado y escritor.

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