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POESÍA AFGANA MIRZA RACHAN KAYIL

Por domingo 11 de noviembre de 2012 Sin Comentarios

Por Juan Cervera Sanchís*

En Afganistán hay dos clases de poetas: los shair y los dumos, lo que es igual a decir los bardos y los trovadores. Los primeros pueden considerarse como los ilustrados, los segundos son genuinos poetas populares, que cantan en putchú, dialecto derivado de la lengua persa y que es en realidad el idioma del pueblo. Cuentan que al oír hablar por primera vez la lengua putchú, el profeta Mahoma dijo:

“-Deben hablar afgano en el infierno.”

No cabe duda de que no exageró, pues quienes conocen a fondo esa lengua piensan que a través de ella se puede expresar el fuego del amor quizá con más fuerza que en ninguna otra. Tan es así que la poesía afgana tiene coincidencias con “El Cantar de los Cantares” de Salomón. Al decir de Adolfo Thalassó, “esta poesía es la más voluptuosa de todas las poesías asiáticas”. Y más: en tanto que la poesía árabe e hindú miran el alma y las poesías armenias y persas se insinúan hacia el corazón, la afgana no se dirige al corazón ni al alma, sino que se enfila directamente a la carne. Así es, esta poesía se endereza hacia los sentidos poniendo en la piel, según Thalassó, “su escozor de catárida”. Debemos acentuar que los poetas dumos son iletrados. La mayoría de ellos apenas si saben escribir y se nos dicen en su salvaje y seductor idioma con enfebrecida intensidad desacostumbrada. Estos poetas no publican sus versos sino que los van diciendo de pueblo en pueblo y ciudad en ciudad animados por la música del retab, la guitarra afgana. Los dumos hacen de la poesía su modus vivendi y se dejan seguir por sus discípulos o novicios a los que transmiten sus composiciones en forma oral. Mucha de esta poesía de los dumos se ha perdido. No existe en todo Afganistán ninguna recopilación de estas musicales y apasionantes composiciones. Hay una colección única y publicada en Occidente. Es la James Darmesteter y a ella hemos acudido para hacer este pequeño ensayo dedicado a nuestro admirado Mirza Rachán Kayil, quien cantara a la mujer amada de esta manera:

“Bien sé que eres bella como Kachemira al rayar el sol, /pero no tengo celos de ti, ¡oh pérfida Kharó!,/ ni del amante que te prendó y que esta noche tomará/ mi lugar en tu lecho./ Por eso puedes invitarme a tu gaudemus, a tu holgorio vesperal…/ Porque…/¡Yo ya estoy impregnado del olor de tu cuerpo!”

Rachán Kayil está considerado como el más grande de los poeta afganos. Él, contrariamente a lo que suele suceder con los demás dumos, fue un hombre excepcionalmente instruido y de alta inteligencia. Nació en Kachemira (1850) de padres musulmanes. Su verdadero nombre fue Hussein Izzat Rafí. Llegó muy joven a Kabul, la capital de Afganistán y allí se hizo famoso como poeta dumos cantando por plazas y mercado sus “car baítas”, especie de cuartetas:

“Nada temas. Yo llevaré la ambrosía para yantar;
yo llevaré el néctar para libar…
Las caricias marchitan el vientre
y los besos las gargantas resecan.

Yo te cantaré mis más hermosas baladas,
esas que tú compraste a tu mendigo de amor
con los diamantes de tus lágrimas,
las perlas de tus sonrisas y los rubíes de tus labios.”

Para Rayán Kayil no hubo otro motivo para el canto que la mujer amada. Toda su poesía, al menos la que ha llegado hasta nosotros, es, verso a verso, un canto de amor, a ese amor siempre impregnado del olor del cuerpo de la amada. Mirza, título que se le da a Rachán, quiere decir príncipe, pues él era un príncipe del amor, aunque no fuese de origen noble, un príncipe que hablaba brillantemente, que esto quiere decir su nombre (el que habla brillantemente), es decir Kayil, vocablo árabe, y la palabra persa Rachán. Todos los poetas dumos suelen, al igual que los monjes, adoptar un nuevo nombre al consagrarse por entero al arte poético y es que, la poesía, en Afganistán, es una religión que canta a la carne estremecida frente a la emoción de la amada:

“Y verás, cuando yo te sirva, palpitante aún,/ todavía cálido, todo suplicante,/ mi corazón al que tus desdenes han transformado en kebap./ Y para calmarte la sed te serviré en un cántaro,/ en lugar de leche cuajada,/ toda la sangre de mis venas, que consiento/ vaciarlas como prueba de mi amor por ti.”

Estos cantos de Rachán Kayil, donde se nos dice que el corazón se ha transformado por los desdenes de la amada kebap, es decir, en cordero asado y, donde para calmar la sed de la amada, el amante esta dispuesto a ofrendar su sangre, es, sin duda, un modo de ver el mundo muy peculiar, el mundo del amor, que se transforma en templo y sacrificio. Pero este sacrificio es enteramente carnal y frenéticamente sensual y colorido:

“Olor hecho de miel, de sándalo, de leche/ y de agua de rosas,/ con el cual se confunde la humedad que rezuma/ tu piel en los transportes del amor,/ igual que ámbar líquido…Porque…/ ¡Yo estoy impregnado del olor de tu cuerpo!”

Y es que el amor lo es todo y de él nos dice Rachán Kayil: “Es la más bella irradiación de Alá sobre la tierra.” Y canta:

“Después de haber creado el fuego, el agua, la tierra/ y el aire, quiso Alá crear un elemento en que se/ sumaran todos aquellos. /E hizo el amor./ El amor, el amor, que es más veloz que el aire,/ porque el pensamiento del amante corre hacia/ donde se halla la prenda del deseo,/ no importa que se encuentre en el fin del universo.”

Y la amada, que lo es todo para Rachán Kayil le hace decir:

“La voluptuosidad de tus caricias es más profunda/ que los mares océanos, y el amante,/ del brazo de la bienamada, se sumerge en un piélago de felicidad./ Porque el deseo enciende los sentidos como una llama,/ como el fuego de los celos quema los párpados,/ como la hoguera transforma en pavesas la separación material/ de los corazones amantes.”

Y el poeta habla de sí mismo, ya en la cúspide del canto amatorio: “Porque Rachán Kayil, como los demás hombres, lleva en el corazón ese elemento que se compendian los demás.”Y así surge la universalidad enamorada en la voz-alma del poeta que, como auténtico dumos, canta siempre en él y por los demás. E insiste:

“El amor es la irradiación más bella de Alá sobre la tierra,/ porque sus deliquios voluptuosos, a pesar de ser cortos,/ encierran en sí, cada uno de ellos, toda una eternidad.”

Y la eternidad, así como la presencia palpable de Alá, buscó siempre Mirza Rachán Kayil en el acto amoroso. Cada uno de sus poemas puede considerarse como un estremecido acto de amor. El poema en sí era para él como un santo orgasmo y a poesía era su gran amada, pero ni el poema ni la poesía son posibles sin antes beber en la fuente del amor, que era, para Rachán, la mujer:

Recogeré de tus senos, oh amada, todas las flores/ que comienzan a desprenderse: narcisos, violetas, rosas…

Rachán Kayil murió inédito. Lo que conocemos de su obra se publicó después de su muerte, que acaeció el año de 1901 al verse complicado en la conjura tejida por Babis en Teherán contra el Sha de Persia. El poeta fue hecho prisionero, juzgado sumariamente y condenado a la horca. La ejecución de la sentencia se llevó a efecto tres horas después de haber sido pronunciada. Moría Rachán Kayil, pero su poesía comenzaba a vivir, desde entonces, mucho más intensamente.

*Poeta y periodista andaluz.

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