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Los Dos Abogados Altruistas

Por domingo 11 de noviembre de 2012 Sin Comentarios

“El miedo que le tienen a la muerte los que no han hecho nada bueno
en la vida, es casi igual al que le tienen los huevones al trabajo”.

Por Jaime Irizar López*

En un recorrer nostálgico por las calles de mi pueblo me encontré a Javier, un compadre muy querido, quien después de darme un abrazo afectuoso a manera de saludo me dijo de sopetón: __Compadre, ayer fui al mercado municipal y recorrí todos los establecimientos de fritangas, chicharrones, botanas y ricos asientos de puerco. No pude dejar de recordar cuando nos reuníamos para matar un cochi o una res y con ese pretexto convivir para estrechar lazos familiares y de afecto. Estaban allí como siempre los abogados y sus muy particulares amigos; me encontré también a Pancho, y a Juan…

—Sí, sí, ni me digas, le conteste, tras ese encuentro te enteraste de todo lo que sucede en el pueblo.

__Pues fíjate que si compadre, con que naturalidad, en el tiempo de la compra o en lo que comes un taco de chicharrones te enteras, eso sí, casi siempre con enfoque chusco, de los acontecimientos más recientes efectuados por casi todos los personajes del pueblo.

A diferencia de lo que ocurre en el Café del pueblo, en este lugar, no son frecuentes los enjuiciamientos ni las cátedras, el propósito central es la convivencia franca que propicie la diversión, la broma en ocasiones pesada es cierto; pero el humor prevalece y es la forma más eficaz de aniquilar el tedio que originan las horas vacías de un día habitual en una pequeña ciudad.

Y qué decir de los dos abogados que han hecho del mercado municipal el sitio de sus preferencias para realizar sus modestas actividades de altruismo, mismas que les han valido la simpatía y el reconocimiento popular por ser genuinas, nobles y por no buscar reflectores sociales.

Ya ves que uno de ellos cada 28 de diciembre (día de los santos inocentes) organiza y patrocina una fiesta de lo más formal y completa; con piñatas, comida, refrescos, música y regalos para casi todos los locos del pueblo, pero también para los que padecen síndrome de Down o alguna otra forma de retraso psicomotor, ni que decir de los desamparados, o para cualquier persona que esté en condición de indigencia y que tenga en el mercado municipal su querencia, o que sea como luego se dice, dicho lugar como su segundo hogar.

De igual forma recuerdo al otro abogado que asiste con regularidad a los puestos de comida del mercado una o dos veces por semana con gran ánimo a degustar los ricos platillos regionales (especialmente el caldo de pargo o la machaca de manta) servidos al aire libre en las mesas modestas que las compañías refresqueras les dan en comodato a los propietarios de los establecimientos.

Allí se da alojo a la gran cohorte que uno tras otro van formando estos “locos”, retrasados o desempleados, quienes conocen bien la generosidad del profesionista, y se van sentando sin decir agua va a su lado, sin esperar siquiera la invitación formal de su parte, y ya instalados, le piden que los invite a comer sin recato, sin timidez y a veces de un modo muy exigente.

La inocencia despierta la tolerancia y la comprensión amplia de la sociedad; tal vez por esa razón el licenciado en mención les da como respuesta inmediata y única, su sincero asentimiento con la cabeza y gira a la vez la instrucción al dueño del negocio para que los atiendan con la dignidad y la calidad que correspondería al más pudiente de los clientes.

Esta acción es inusual, sobre todo en esta época en que el gobierno está empeñado en lograr su propósito de convertirnos a todos en indigentes. Otra cosa que llama sobremanera la atención, es que durante la comida los comensales supernumerarios participan (dentro de sus limitantes personales) en las charlas que el abogado sostiene con sus invitados originales, y a veces con sus clientes, situación que el festeja y alienta sin incomodarle en lo absoluto la extrañeza y el asombro que provoca en sus invitados “más normales”.

“Porque no habré de permitir estas intervenciones que en lo personal me resultan simpáticas, –señaló en una ocasión el abogado ante una pregunta en ese sentido–, si he escuchado en boca de los representantes de tribunales, congresos y gobiernos de todos los niveles, tonterías más grandes y a ellos también les pagamos sin chistar todas sus comidas y les damos un lugar de privilegio para que se expresen.

*Doctor y escritor.

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