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Manuel Castells: La Virtualidad Real

Por domingo 4 de noviembre de 2012 Sin Comentarios

Por Iván Escoto Mora*

¿Como entender la cultura de la realidad desde el fenómeno de la virtualidad? Es una pregunta que nos venimos haciendo probablemente desde la década de los sesentas, quizás antes, desde la mente fantástica de Fritz Lang, H. G. Wells o Julio Verne, aunque ahora, con el reforzamiento de las relaciones humanas “virtualizadas” la interrogante parece adquirir mayor importancia.

Sin duda la humanidad, desde el inicio de su historia, ha vivido en la vertiginosidad de una carrera sin descanso y sin retorno. El fuego, la pintura, la primera palabra, el abecedario, la matemática, las ciencias nucleares. Todo ha sido un constante evolucionar hasta llegar a las sociedades virtuales, a las sociedades globales, a las imágenes transmitidas y retransmitidas a través de miles de kilómetros, en diálogos sincrónicos o diferidos, a través de redes invisibles pero más reales que la realidad misma. ¿Quien no se siente reconocido cuando su grupo de amigos lo felicita en un “tweet” o le da un “me gusta” en Facebook?

Curioso, todo empezó en el silencio y dio inicio en una palabra. Parece que con los siglos, todo terminara en el silencio de diálogos sin voz y sin palabras, entre comunicaciones binarias, simbólicas, con signos determinados y posibilidades determinadas: “carita triste o carita feliz”, “me gusta o no me gusta”, “seguir o dejar de seguir”; esta es la comunicación en tiempos de la virtualidad.

Manuel Castells en su libro “La era de la información” editado por Siglo XXI, aborda abundantemente el tema de la cultura de la virtualidad real, siguiendo la línea de McLuhan en un mundo donde resulta irrefutable afirmar que “El medio es el mensaje”.

Señala Castells que con el nacimiento del abecedario surge el discurso conceptual, la posibilidad de referir con vocablos, no solo objetos aislados, sino ideas, sistemas complejos de percepción. Así se configura la “Mente alfabética”, la acumulación intelectual, el almacenamiento de datos, la Historia del hombre, la identidad, la habilidad de recordar y ensenar, la transmisión de la experiencia, la ciencia y finalmente, todo eso que nos lleva al punto donde nos encontramos hoy o al menos, donde pretendemos encontrarnos: “El pináculo de la civilización”.

La suma de sonido y grafía da origen al alfabeto, el alfabeto a la imprenta y la imprenta al conocimiento acumulativo. Después de Gutenberg ya no fue necesario memorizar las tradiciones ni los ritos, las enseñanzas quedaron consignadas en un papel susceptible de difundirse masivamente, haciendo posible el retorno a su contenido, dando acceso a la reflexión, la re-creación, la extensión del saber.

Si la imprenta se convirtió en el gran facilitador del saber, en la era de la tecnología, las redes sociales se transformaron en una lente amplificadora de toda posibilidad. Lo que pasa en un punto de la tierra es conocido en otro con diferencia de segundos, las distancias se han eliminado, como las barreras temporales y físicas. El don de la ubicuidad y la omnisciencia parecen disfrutarse a través de dispersores tecnológicos controlados por un ordenador.

Sin embargo no todo es maravilloso, el enorme poder resulta abrumador. Vemos todo, tenemos acceso a todo y al mismo tiempo, es poco lo que vemos y escuchamos; los facilitadores detentan, de alguna manera, la fuerza de la anulación. La memoria se ve comprometida junto con la capacidad de articular ideas y conceptos mas allá de las opciones prediseñadas electrónicamente para cualquier conversación. La crítica y el análisis han sido arrastrados por el tsunami del “copy paste”, copiar de un lado e insertar en otro. Privan los principios de “máxima comodidad” y “mínima expresión”, todo se ofrece en versión editada, simplificada, reducida hasta extremos del ridículo. Resumen del resumen, referencia al extracto, así se muestra la vida sometida por la tecnología.

Si damos por cierta la afirmación de Neil Postman en el sentido de que “No vemos la realidad como es, sino como son nuestros lenguajes y nuestros lenguajes son nuestros medios de comunicación”, quizá tendríamos que aceptar que la nuestra, es la realidad del “abstract” en una doble vertiente: reduccionismo y fatuidad. Es más importante el número de seguidores en una red social que el mensaje compartido. En la comunicación virtual, ser es parecer.

A pesar de la indeterminación de contenidos y la difusa posibilidad de desarrollar relaciones interpersonales ciertas, hay algo real dentro de la virtualidad, ese algo es determinante de la condición humana actual, de la forma en que el individuo se entiende dentro del mundo.

No es gratuito, por ejemplo, que una adolescente de quince anos decida arrancarse la vida por el constante acoso recibido a través de Facebook. ¿Por qué importa tanto a una adolescente lo que otros piensen de ella en la red social? ¿Por qué es importante para esa joven la opinión de seres distantes, indeterminados, en muchos casos, entes sin rostro? Quizá porque, para ella, el mundo virtual corresponde al único mundo posible.

Castells señala que, en la era de la información, la comunicación se percibe como un “sistema de retroalimentación entre espejos distorsionantes”. ¿Que se entiende a través de esos espejos?, ¿Como se leen las relaciones humanas a través de sus distorsiones?, ¿Que efectos producen?, ¿Cómo reconfiguran el perfil de lo humano? Son interrogantes que tendremos que plantear para re-direccionar el sentido y la utilidad de las comunicaciones en red.

*Abogado y filósofo/UNAM.

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