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Fray Luis de León: “Como Decíamos Ayer”

Por domingo 30 de septiembre de 2012 Sin Comentarios

Por Juan Cervera Sanchís*

Por su versión y comentarios de “El Cantar de los Cantares”, de Salomón, Fray Luis de León fue procesado por la Inquisición y condenado a cinco años de cárcel por lo que durante ese tiempo tuvo que abandonar su cátedra en la Universidad de Salamanca, donde era catedrático de teología y exégesisbíblica. Al retornar, como si nada hubiera ocurrido, Fray Luis, quien pertenecía a la Orden de San Agustín, comenzó su clase diciendo:

“-Como decíamos ayer”… La frase pasó a la historia. Fray Luis de León nació en Belmonte, Cuenca, el año de1527. Murió en 1591 a los 64 años de edad.

Nos dejó una breve, pero intensísima, obra lírica, por lo que está presente en todas las antologías poéticas de la lengua castellana.

La más alta aspiración de aquel alto y religioso espíritu que animó la vida de Fray Luis, fue, por supuesto la contemplación de la obra del Máximo Agente Divino y, para ello, había que buscar la callada y casta “vida retirada”; huir, pues, del“mundanal ruido”, seguir por “la escondida senda” elegida por los “pocos sabios que en el mundo han sido”. Sabía Fray Luis de León el esencial saber que la gran mayoría de los seres humanos hemos olvidado en todas las épocas. Él buscó,sabia y humildemente, lo puro religioso, es decir, lo religiosamente puro que únicamente es alcanzable cuando el ser aprende a vivir consigo mismo y en la inmaculada contemplación, donde las pequeñas ambiciones no hacen mella. Nos lo dice claramente en esta musicalísima lira:

“Vivir quiero conmigo, gozar quiero del bien que debo al cielo,a solas sin testigo, libre de amor, de celo, de odio, de esperanza, de recelo.”

Es la renunciación cuyo fin es la obtención de lo real y no de lo ficticio pasajero. El maestro de Salamanca es una lección constante de vida verdadera en esos poemas suyos donde la perfección se contempla a sí misma. Y canta los deleitosos presagios celestes, que ya toca desde su estado contemplativo, no obstante residir aún en su calabozo carnal. Eleva así su voz,en llamada de atención a los distraídos mortales, para que despierten a la verdadera vida que, para él, no es esta encadenada a múltiples engaños, sino aquella otra que ha de venir después del tránsito de la muerte.

Cree Fray Luis en la inmortalidad y la memoria de la conciencia y, por ende, en la esencia que las hacen posible. Es por eso que nos dice en sus clásicas liras:

“¡Ay! despertad, mortales; mirad con atención en vuestro daño:¿Las almas inmortales hechas a bien tamaño podrán vivir de sombra y sólo engaño?”

Y nos incita más adelante:

“¡Ay!, levantad los ojos a aquesta celestial eterna esfera,burlaréis los antojos de aquesta linsojera vida, con cuanto teme y cuanto espera.”

Señala que la vida es apenas un breve punto en el “bajo y torpe suelo, si se compara con lo que la espera entre el gran concierto de los resplandores eternales.” Allí si hay, en el sentir y en el imaginar de Fray Luis de León,auténtica hermosura y verdadera vida; allí si hay justicia y los engaños no tienen cabida; allí la belleza y el amor sí son reales; allí:

“…vive el contento reina la paz… está el amor sagrado de honra y de deleite rodeado.”

Los ojos del místico, sus ansias de altísima religiosidad, se embelesan con lo esperado y lo acarician con trémula emoción de víspera encendida por medio del sortilegio del verbo:

“Inmensa hermosura aquí se muestra toda: y resplandece clarísima luz pura, que jamás anochece; eterna primavera aquí florece.”

La eterna primavera lo llama, pero el espíritu continúa atado a la carne. El consuelo de la contemplación lo es todo y acalla sus impaciencias por ver a Aquél que rige las estrellas. La vida, para el contemplativo Fray Luis no es más que una espera, tal vez demasiado larga, a la puerta de Dios, que únicamente puede ser abierta por la temblorosa llave de la muerte. No hay otro fin en realidad y todo no es otra cosa aquí que dar vueltas y más vueltas para entender esa verdad. Sabe nuestro poeta que no ha sido fácil comprender, descifrar el viejo misterio, pero él está al fin en el camino correcto y sabe que:

“Veré sin movimiento en la más alta esfera las moradas del gozo y del contento,de oro y luz labradas,de espíritus dichosos habitadas.”

Convencido de “que las moradas del gozo” lo aguardan, da por bien sufridos sus humanos dolores y contempla las maravillas del Señor, visibles, naturalmente, en sus obras más efímeras, como somos nosotros bajo esta forma carnal y cuanto aquí nos rodea, sea la nube trashumante o el insecto que zumba sobre la transitoria flor presto a robarle su néctar mientras se embriaga con su perfume. El contemplativo se da a la acción alquímica del canto, pues cree que éste, plegaria al fin, es un puente colgante para aproximarse a lo eterno:

“Oh son, oh voz! ¡Siquiera pequeña parte alguna descendiese en mi sentido, y fuera de sí el alma pusiese y todo en ti, o amor, la convirtiese!”

El son la voz, buscan que una pequeña parte de la esencia inmortal burle su oscura prisión y fuera de ésta goce del himeneo con la Divinidad desde “ahora” y antes de la llegada del “después”… que desde sus contemplaciones el ser está seguro de alcanzar. Hay una embriaguez del alma contemplativa. En verdad la contemplación es una sutilísima borrachera, como si el alma hubiera, amigablemente, departido en las tabernas del cielo horas de festiva emoción con sus iguales. Fray Luis de León contempla y cree que lo contemplado lo contempla a su vez a él y lo escucha. Está seguro de la existencia de una silenciosa comunicación entre el Creador y lo Creado. No hay soledad, no hay abandono entre el Señor y sus criaturas. El contemplador lo sabe, y nos lo comunica de esta manera:

“No hay habla ni lenguaje tan diverso que aquesta voz del cielo no dé oído; vuela esta voz por todo el universo, su son de polo a polo ha discurrido.”

Esta gran confianza del contemplativo, respecto a que su voz es escuchada en todos los rincones de lo existente es hartamente consoladora, porque lo hace partícipe de todo lo Creado en la memoria indeleble del Creador. ¿Qué puede,entonces, de lo humano turbarlo? Nada en absoluto. Y ahí radica la fuerza extraordinaria de la mujer o el hombre de encendida fe religiosa: en el sentirse realmente ser, al margen de las circunstancias pasajeras que traen y llevan, por los más varios caminos, nuestras terrenales vidas… no destinadas a ser tierra, sino cielo perenne y perenne misterio eternal en el seguro reino del Señor. Fray Luis de León cantó y vivió en y para el cielo y aquí está su poesía, honda y fragante, testimoniándonoslo.

*Poeta y periodista andaluz.

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