Nacional

LA EJECUCIÓN DE UN VALIENTE

Por domingo 9 de septiembre de 2012 Sin Comentarios

Por Óscar Lara Salazar*

¡Traime a esa mujer acá!

—Es la esposa del patrón—le dijo el mesero.

—Y ¿qué? Dile que le habla el general Villa.

Cuando la mujer recibió el recado, corrió asustada escondiéndose en una de las habitaciones del hotel. Villa personalmente fue por ella llevándola hasta un automóvil que lo esperaba en la puerta del hotel.

Esto sucedía el día 3 de diciembre de 1914. Era Presidente de la república Eulalio Gutiérrez y las fuerzas villistas y convencionistas ocupaban la ciudad de México. La euforia de la convención en toda en su máxima expresión. La oficialidad se hospedaba en los principales hoteles. Los restaurantes a todas horas estaban llenos. Las cantinas eran las más visitadas.

Uno de esos días, el general Villa fue a comer al Hotel Palacio, seguido de su Estado Mayor. El hotel Palacio era propiedad de un súbdito francés, cuya esposa, una bella mujer parisina, ayudaba a su marido en la administración del hotel y restaurante. Cuando el general Villa vio aquella hembra, se le despertaron los instintos sexuales. De inmediato ordenó que se la trajeran.

El secuestro de la francesa provocó un escándalo. La representación de Francia en México interpuso sus reclamos antes el Presidente de la república, quien les prometió que se haría justicia. El gobierno convencionista convocó a un consejo de su gabinete, mismo que se reunió por la tarde. En esa junta el coronel David G. Berlanga, denunció ante los secretarios de Estado, el plagio cometido por el general Villa, y afirmó:

—“Villa es, había sido y seguirá siendo un bandido”.

* * * * * *
Según datos del general Francisco de O. Berlanga, David G. Berlanga, nació en la fábrica de La Bella Unión, aledaña a Villa de Arteaga, en el Estado de Coahuila. Hizo sus estudios en la Escuela Normal de Saltillo. Pasó después a estudiar una especialidad a la Escuela Normal de la ciudad de México, bajo la dirección del educador Rébsamen. Colaboró en el periódico: El Diario del Hogar. Era profesor de planta de la Escuela Normal. La Secretaría de Educación lo becó para que se fuera a estudiar Psicología a Europa. Recorrió distintas universidades de varios países europeos, realizó prácticas profesionales en la Sorbona. Berlanga, durante el gobierno del Presidente Madero, volvió a México. Fue designado director de educación en San Luis Potosí. Se incorporó a la Revolución en febrero de 1913. Destacó en la convención de Aguas Calientes donde sustentó una conferencia titulada: Soluciones del socialismo. Además escribió y publicó un libro, que tituló Pro-Patria.
* * * * * *

El teniente coronel David Berlanga era un militar brillante y tenía influencia en el Consejo de Secretarios. Y aunque aquella sesión había sido secreta, muy pronto se enteró el general Villa de los conceptos de Berlanga hacia su persona. Una vez confirmada la versión por el jefe de los dorados, le ordenó al general Rodolfo Fierro:

—Busca y aprende inmediatamente a ese “convencionista” de Berlanga. Cuando ya lo tengas en el cuartel “por el hilo” me lo avisas.

—Está bien mi general—respondió Fierro.

Muy poco batalló el general Fierro para ubicar el lugar donde se localizaba el teniente coronel. Lo encontró comiendo en un restaurante, cuando le comunicó:

—Tengo órdenes de mi general Villa de presentarlo a usted de inmediato al cuartel general de la División del Norte.

— ¿Qué; me dará usted siquiera un poco de tiempo para terminar de comer?

—No se puede, compañero, tengo órdenes terminantes de presentarlo desde luego—replicó Fierro.

—Si ha de ser así de rápido, está bien —dijo el teniente coronel.

—Esto es un atropello—protestó el coronel Prieto acompañante de Berlanga— pues en esta forma se están violando los fueros de que goza todo delegado a la Convención.

—Mira Carlos—intervino Berlanga para evitar la discusión—yo ya esperaba esto. El señor general Fierro sólo cumple órdenes superiores y a mí, como militar, me toca en este caso obedecer—y sacando dinero del bolsillo pagó las comidas aún cuando ni siquiera había probado la sopa.

Subieron a los carros y se regresaron para dar cuenta del cumplimiento de su misión. Al llegar al cuartel, descendieron de los coches, Fierro ordenó que los detenidos fueran introducidos al cuerpo de guardia. El mismo general Fierro por vía telefónica se comunicó al cuartel general y a su jefe Villa le informó:

—Mí general, están cumplidas sus órdenes. Aquí tengo al detenido, teniente coronel Berlanga.

Y al otro lado de la línea se giraron nuevas instrucciones, estrictas y precisas, ya que Fierro solo respondió:

—Sí, como usted indica se hará, mi general.

—Señor, general, ¿qué, puedo saber a dónde se nos conduce?—preguntó con calma Berlanga.

—Sí —le contestó Fierro —a usted lo llevamos al panteón a fusilarlo.

— ¿A fusilarme? ¿A dónde? ¿Cuándo? —hizo las tres preguntas como si no se tratara de él.

—Sí, lo voy a fusilar en el panteón de Dolores esta misma noche.

Muchas interrogantes pasaban por la mente del teniente coronel pero sabía que ningún caso tenía preguntar, a estas alturas ya su suerte estaba decidida.

— ¿Por qué antes de ejecutar a mí teniente coronel Berlanga no se comunica usted con “Ulalio”? —le sugirió el acompañante de Berlanga al capitán de la escolta.

—Porque nosotros no recibimos órdenes del general Gutiérrez sino de mi general Villa —repuso el capitán.

El leal oficial Berlanga se volvió airado hacia Fierro y con toda energía le reclamó:

— ¡Este no es el procedimiento militar para matar a un hombre! ¡Este es un vil asesinato! Hijo de la…!—y no terminó la frase pues cayó su voz una descarga de pistola.

Fierro dirigiéndose a Berlanga le dijo:

—Todo está listo ya.

—Voy enseguida. Por mi parte no tendrá usted que esperar, ni perder el tiempo —luego con pasos seguros se colocó en el lugar que le señaló el oficial que mandaba la escuadra de ejecución.

El capitán se acercó con un pañuelo para vendarle los ojos pero el teniente coronel Berlanga le pidió:

—No, por favor, déjeme usted ver de frente a los tiradores.

El hombre ante la proximidad de su ejecución ni se exaltó, ni tembló, mantuvo la serenidad de cualquier otra ceremonia.

En la soledad del cementerio sonó áspera la orden final del capitán y después se escuchó la descarga uniforme de los fusiles del destacamento y más tarde un tiro aislado. Todo había acabado.

Fierro al volver al automóvil a sus compañeros les comentó:

— ¡Ese teniente coronel era norteño muy macho! ¡Pocos tienen su valor! ¡Primer hombre que me puede haber matado…!

*Diputado Federal / Cronista de Badiraguato.

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