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RECORDANDO A RAMÓN RUBÍN

Por domingo 12 de agosto de 2012 Sin Comentarios

Por Faustino López Osuna*

Encontrándome recientemente en Cholula, Puebla, donde fui a visitar a dos de mis cuatro hermanas, Juanita y Wuldina, recibí una llamada de Mario Arturo Ramos, recomendándome que comprara el último número de la revista Proceso, porque traía reseñas importantes sobre Ramón Rubín, de Rafael Vargas y Adolfo Castañón, y algunas cuartillas de sus memorias, recordando, de ese modo, el centenario del nacimiento del vigoroso escritor mazatleco, nacido el 11 de junio de 1912.

Ya tenía rato Mario Arturo insistiéndome que escribiera algo sobre Rubín, pero sinceramente no encontraba nada sobre su vida en las librerías locales. Por allá fui enterándome que el Colegio de Sinaloa publicó, hace siete años, una mínima selección de una conversación de él sostenida durante varios meses con su hija Iyali, en torno a sus recuerdos desde niño, convertidos en “Rubinescas. Historia de mi vida”. Proceso presenta, en recuadro, un extracto de dichas memorias, del capítulo VIII: “Mi incursión en los círculos del cine nacional”, donde el propio Rubín experimentó en carne propia las molestias que sufría el mismo Juan Rulfo por las decepcionantes adaptaciones cinematográficas, aún de José Revueltas, de alguno de sus cuentos.

Refiriéndose a Rubín, Rafael Vargas señala que “a 100 años de su natalicio, su nombre aún no es tan familiar como debería entre los lectores de narrativa hispanoamericana”. En una entrevista publicada en 1983, Armando Ponce sostiene que Ramón Rubín lo atribuía al hecho de haber publicado casi todos sus libros por su cuenta, en ediciones de autor de escaso tiraje y, aunque discutible, en parte a desencuentros que tuvo el mazatleco con dos enormes figuras del medio literario mexicano: el regiomontano Alfonso Reyes y el jalisciense Agustín Yáñez. En el primer caso, cuando el autor de “Los siete contra Tebas” fue señalado como plagiario por el jefe de redacción de la revista Creación, que Rubín dirigía en 1954. Y en el caso del autor de “La tierra pródiga”, por habérsele enfrentado siendo gobernador de Jalisco, cuando Rubín presidía un comité para la defensa del lago de Chapala, drenado para abastecer de agua a Guadalajara.

Veinticinco años atrás, en 1929, su juventud transcurre en los días inmediatamente posteriores a la Depresión norteamericana, aislado del mundo cultural. En su vida itinerante por la República, regresa a la ciudad de México hasta 1938. Se enrola como marino, tocándole transportar armas y municiones a España, tierra de su padre, señala Rafael Vargas, para apoyar la lucha de los republicanos. No obstante, aunque en cuestión de dinero parecía vivir a salto de mata, conoce la estabilidad económica y cierta prosperidad, cuando establece un negocio de fabricación de calzado, en la tierra de Clemente Orozco.

Ramón Rubín falleció a la edad de 88 años, el 25 de mayo de 2000, en Cuyutlán, Jalisco

La nueva situación de desahogo económico le permite publicar su primer libro, “Cuentos del medio rural mexicano. Primer libro de cuentos mestizos”, bajo el sello de Impresora Gráfica, en Guadalajara, en 1942. Prolífico, los críticos aseguran que es capaz de escribir una novela completa en veinte días.

En el mismo 1954 en que dirigía Creación, en julio aparece su novela “La bruma lo vuelve azul”, sobre el mundo de los huicholes, su drama y su cosmogonía, dentro de la colección Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica, nacida apenas cuatro años antes, en 1950, con la publicación de la poesía reunida de Alfonso Reyes.

Ahora, recordando con justicia a Ramón Rubín y pese al desaliento producido por su olvido, importantísimo para el reconocimiento de su obra, es de destacar que el mismo Fondo de Cultura Económica, de su estupenda y vigorosa pluma, ha publicado siete de sus libros, que se encuentran entre los mejores: “La bruma lo vuelve azul”, novela (1954); “Las cinco palabras”, cuentos (1969); “El canto de la grilla”, novela (1984); “Cuentos del mundo mestizo” (1985); “El callado dolor de los tzotziles”, novela (1990); “Los rezagados”, Colección Popular, cuentos (1991) y “La canoa perdida: novela mestiza” (1993).

El Gobierno del Estado de Sinaloa, en una estupenda coedición de SEPyC, COBAES y DIFOCUR de 1998, publicó “Desde el mar a las alturas”, de Ramón Rubín, que abarca dos novelas: “Cuando el táguaro agoniza” y “Donde mi sombra se espanta”, sobre la que el propio Rubín señala que “nació como un proyecto de película cinematográfica y terminó en novela”, y 25 cuentos bajo el título: “Navegantes en ruta”, siendo el último “El ave que voló vuelve a su roca”, en una narrativa vibrante y profunda “que transita con toda propiedad de la ficción a un realismo descarnado”.

*Economista y compositor.

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