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Héctor Rosendo Olea

Por domingo 13 de mayo de 2012 Sin Comentarios

Varón de las letras sinaloenses
Las hojas cuando caen vuelven a la raíz

Por Óscar Lara Salazar*

En el campo de las letras sinaloenses Héctor R. Olea ocupa un lugar especial. Estudiante rebelde, inquieto activista, honesto periodista y mejor escritor. Centenas de artículos en periódicos y revistas locales y nacionales; más de cuarenta libros escritos; galardonado por distintas entidades académicas y premiado por otras tantas, hablan de un ejemplo para Sinaloa, por lo que bien vale la pena comentar los rasgos más sobresalientes de este varón de las letras sinaloense.

Héctor Rosendo Olea Castaños, fue de esos mexicanos que describía Alfonso Reyes, que para ser plenamente universal hay que ser provechosamente regional.

Los Olea –según datos de la autobiografía de este escritor, consignada en el libro Torre de Babel- procedían de una familia de navegantes que se radicó en Valparaíso, Chile y en el Callao, Perú. En la vieja España hubo casas solariegas y otras muchas que prueban el linaje de los Olea como caballeros en las ordenes de Santiago y Calatrava.

Los Olea venidos a Nueva España procedían de Burgos donde tuvieron privilegios y escudo de armas. Don Narciso Olea se asentó en el pintoresco pueblo de Alicama, alcaldía de Badiraguato. Ahí nacerían don Rosendo Olea, hijo de don Narciso, y un miércoles 20 de agosto de 1909 nacería Héctor Rosendo Olea Castaños.

En este lugar montañés- solía decir Olea- debe existir el sitio donde la autora de mis días, meses, años, lustros, décadas, me tiro de patitas al mundo, en la vieja casona donde quizá todavía en sus envigados portales anidan las peregrinas aves becquerianas llegadas cada 19 de marzo a ese llamado “paraje de muchas golondrinas”.

Por boca de los aldeanos más viejos, Olea Castaños supo que vino al mundo cuando el firmamento todavía brillaba la cauda del cometa Halley. Vio las primeras claridades de esa madrugada amanecer que con sus fulgores iba iluminando el mundo. Su madre doña Luz Castaños Sanz de Olea, años después le platicó que cuando menos lo esperaba fue el fruto de su tercer parto. Fue siete mesinos, pues le robo a la muerte dos meses de vida intrauterina.

Volví en cierta ocasión – refería don Héctor- a la presa donde quedo ahogado el pueblo de mi padre, Alicama, la única señal de su existencia es la cúspide del cerro “ Las piedras” en cuya falda inundada está el camposanto en donde se encuentran sepultados para siempre los restos de mis antepasados.

En las compuertas del embalsamiento vi la linfa liberada rugiendo en torrentes con torbellinos de espuma, pero que lleva a tierras sinaloenses esencia de los míos, polvos de aquellos seres que tuvieron mi misma sangre y semejante voz, es agua saltarina que da de beber a la madre tierra, diosa de las antiguas teogonías.

En el frondoso bosque de la cultura “escogí la senda de la historia y la poesía. Soñé con ser un escritor libre para decir la verdad, siempre la verdad, aún en contra de quién sea a sabiendas de que iba a ser un sembrador de antipatías y rencores. La historia debe de escribirse tal como es y no como quieren que sea los conservadores de los intereses creados…”

Como resultado de su incansable labor de búsqueda en el pasado de nuestra tierra, poco a poco fue poblando el cielo sinaloense con historias de héroes y villanos, de instituciones y revueltas, de hazañas y derrotas… En suma, con historias de esa gran vela que es la historia del pueblo de Sinaloa.

Como definir a Héctor R. Olea

A Héctor R. Olea, el escritor, lo podemos definir como el mismo se definía, cuando decía: “ He tenido siempre como norma el pensamiento de don Miguel de Cervantes Saavedra: los historiadores deben de ser puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés, ni el miedo, ni el rencor, ni la afición, no les haga torcer el camino de la verdad cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado ejemplo y aviso de lo presente advertencia de lo porvenir”.

A Héctor R. Olea, el político lo podemos definir con sus mismas palabras, cuando sostenía: “mi vida es la trayectoria de los años veinte con su generación pujante y romántica… más bien me hizo seguir el camino de la oposición política… sacrifique todos mis bienes, bien pocos por ciertos, por lo que creí que era mi deber”.

A Héctor R. Olea el amigo lealtad y alteza siempre; gesto cordial; brazos abiertos; tendida, sincera, efusiva la mano que estrechamos. Para los principiantes en el cultivo de las letras, nunca consejero mejor, ni nadie más presto a la ayuda.

A Héctor R. Olea, el badiraguatense, lo recuerdo con sus primeras palabras pronunciadas al regresar a su tierra; a Badiraguato, después de muchos años de ausencia “no hay hombre en la tierra que no ame el lugar donde nació. Tuve la gran fortuna de nacer en este bello pueblo, que se encuentra entre la serranía y el mar… los siento a todos ustedes como míos; Lo siento como si ya nos conociéramos desde hace muchos años. No me son extraños; en mis sueños, en mis fantasías. Soñaba al lugar donde había nacido”.

Quiero repetir con el maestro, historiador y último legislador del constituyente de 1917, don Jesús Romero Flores, “… Héctor R. Olea, el gran escritor, que con tan bellos libros ha enriquecido la literatura mexicana. Y como musa es también Clío, solo me resta repetirle la frase de Darío: Cuando una musa te de un hijo que las otras 8 queden encinta”.

Me dijo don Héctor una tarde en la ciudad de México, si tuviera que resumir mi labor en la vida lo haría con el pensamiento filosófico del maestro Caso “La vida del hombre – solía decir don Antonio Caso- es muy semejante a la lectura de la inmortal obra de Cervantes. Cuando se lee El Quijote: En la niñez, es una carcajada; en la juventud, una sonrisa; y en la vejez, una lágrima”.

Hoy yo digo, para resumir la obra de don Héctor, que dieron grandes frutos los tres aspectos a los que consagró su vida: La historia, la literatura y el pensamiento libre.

Como vivió, así murió: Pobre. Llevo a la literatura la rectitud de su espíritu, y a sus hijos el prestigio de su nombre. Tuvo siempre presente el antiguo proverbio chino sobre el árbol de la vida: “las hojas cuando caen vuelven a la raíz”.

En 1998, siendo yo diputado a la Quincuaqésima Quinta legislatura Local, promoví una iniciativa de ley para proclamar en su noble figura a un hijo predilecto de Sinaloa y elevarlo a la altura del ejemplo para las nuevas generaciones, escribiendo con letras de oro su nombre en el muro de honor del Salón de Sesiones del Honorable Congreso del Estado. Pero más allá de los tributos, el aporte de Héctor R. Olea sigue muy fresco, muy vigente porque sus investigaciones siguen siendo referencia obligada para los estudiosos de la historia de Sinaloa.

*Diputado Federal y Cronista de Badiraguato.

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