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Los sinaloenses en la intervención francesa

Por domingo 6 de mayo de 2012 Sin Comentarios

Por Carlos Francisco Tavizón López*

El sinaloense como buen norteño, desde sus orígenes vio siempre con recelo al clero, fue desde un principio partidario de la Reforma y seguidor de los ideales del liberalismo; por eso su participación a favor de la República fue espontánea y de total entrega. “El liberalismo se incrustó hondamente en la conciencia del sinaloense, que es y ha sido liberal por esencia”.

Cuando el imperialismo francés nos invadió, contaba con la fuerza arrolladora que le daba el gran desarrollo de su industria bélica, fuerza que le había permitido destrozar a los rusos en Crimea, y a los austriacos en Solferino y Magenta. Este ejército imperial había derrotado la rebelión en Argelia y se apodero de la Conchinchina, y en su afán expansionista llegó a México para hacerlo su colonia. Sus modernos armamentos, superiores a los que tenía el ejército mexicano, les permitió llevar a los nacionales de derrota en derrota.

Para acudir al llamado de la patria, el día 5 de febrero de 1863, se embarcaron en Mazatlán, dos mil soldados sinaloenses, con doscientos mil tiros y quinientos fusiles sobrantes, en los barcos: Mazatlán, Caribe, Emigdia, Alerta, Conde Cavour y Esmeralda. Días después saldrían también el general Plácido Vega con su Estado Mayor, “Testigos de este embarque que ha sido tan patriótico y sublime ejemplo que arrancaba a cada paso vivas entusiastas de la multitud, que se agrupaba a dar un adiós a los que con noble abnegación marchaban a sacrificar su existencia por la libertad e independencia de nuestra querida patria” . La escuadra francesa los persiguió tenazmente y tuvieron que desembarcar en Zihuatanejo, de donde marcharon hasta Acapulco, atravesando las inhóspitas selvas de la serranía sureña, realizando su entrada triunfal en la Ciudad de México, el día 31 de marzo, harapientos, algunos enfermos, pero llenos de entusiasmo, siendo admirados por la heroica travesía. El pueblo, la prensa y el gobierno saludaron con exaltación y esperanza a esos valientes. Esta brigada denominada Sinaloa, pasó a formar parte del ejército del general Ignacio Comonfort que operaba en el oriente del país, y fueron llevados a Puebla a luchar contra el sitio impuesto por la fuerza francesa, al mando del general Elias F. Forey. Posteriormente la brigada pasó al mando del general Porfirio Díaz. Estos soldados sinaloenses tuvieron la gloria de distinguirse entre las fuerzas mexicanas, que según las propias palabras del general Porfirio Díaz, “La brigada de Sinaloa se portaba con el decoro y la abnegación de que hay pocos ejemplos en la República, puede estar orgullosos ese Estado (Sinaloa) de tan dignos hijos y cumplidos soldados, que lleva por donde quiera con honor y justo orgullo el nombre de su país”.

A principios de 1864, los ejércitos de la república habían sufrido cuantiosas derrotas, y Juárez se encontraba refugiado en los áridos desiertos del norte de la República. Nuestras costas en gran medida se encontraban bloqueadas por las escuadras de Napoleón III, las ciudades más ricas y populosas ocupadas, y nuestros recursos disminuidos por el consorcio de la traición y las ambiciones del partido conservador con el Imperio napoleónico, en medio de esta terrible situación los sinaloenses trabajaban tenazmente para defender su libertad.

El día 26 de marzo de 1864, en Mazatlán, el coronel Gaspar Sánchez Ochoa y sus soldados hicieron huir a 400 franceses que en catorce lanchas trataron de invadir el suelo sinaloense, causándoles algunas bajas y daños, los franceses en su fuga lograron reembarcarse en la corbeta Cordelliere, que era un buque de guerra francés movido a vapor, impulsado por hélices y también a vela, que desplazaba 1500 toneladas, y era uno de los más modernos barcos de guerra de su época. Posteriormente, los marinos franceses del buque Cordelliere, pretendieron vengarse por el desastre recibido el día 26, por la brillante lucha que oponían los soldados sinaloenses a los soldados de Napoleón. El día 31 de marzo a las 12 del día, en venganza por su derrota rompen fuego con sus doce cañones de 80 y una colisa de 120 contra las fortificaciones del puerto. Al escucharse los estallidos, el coronel Sánchez Ochoa acompañando del capitán Marcial Benítez y el capitán Francisco Gamboa colocan en la playa un cañón rayado calibre 8 cm, de avancarga, de fabricación inglesa, pues era el único con el que podían contestar el fuego, por la distancia a la que la corbeta francesa se encontraba. Rompieron fuego de inmediato, con tan buen tino, que los primeros disparos dieron blanco, causando graves averías al buque francés. El combate fue muy intenso, los franceses le lanzaron más de quinientas bombas al único cañón que estaba en tierra, algunas de estas explotaron, pero las más rebotaron en la arena sin causar daño a nuestros artilleros. A medida que las horas pasaban los cañonazos del buque enemigo eran menos frecuentes, por último y ya para oscurecer suspendió sus operaciones el invasor, y nuestros artilleros le mandaron por despedida tres tiros tan bien dirigidos, que ninguno dejo de pegar en el casco. Para esconder su vergüenza, este moderno buque, ya nunca regresó a estas costas.

El comandante del buque de guerra francés fue M. Henry Martineu Dees Chesnes y los verdaderos héroes de aquel glorioso día fueron, el coronel Gaspar Sánchez Ochoa, el capitán Gamboa, el subteniente Guerrero, don Leandro Cuevas, los artilleros cuyos nombres debe justamente conservar la historia y que fueron Urbano Gutiérrez, Mateo Monteras, Desiderio Morales, Gertrudis Maldonado, Senobio Robles, Isidro Huerta, Remigio Tiznado, Feliciano Villela y Dionisio González.

La venganza que la Cordelliere pretendió tomar por el desastre del 26 de marzo, proporciono un nuevo día de gloria para las armas de la República, y Sinaloa inició brillantemente la lucha que opuso a los soldados de Napoleón III.

*Cronista de Guamúchil.

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