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Ignacio Zaragoza Sus delirios y sus funerales

Por domingo 6 de mayo de 2012 Sin Comentarios

Por Oscar Lara Salazar*

Línea telegráfica entre México y Veracruz.- Puebla, septiembre 8 de 1862.- Recibido en México a las 12 y 28 minutos de la mañana.- Excmo. Señor Ministro de Guerra.- Son las 10 y 10 minutos. Acaba de morir el Gral. Zaragoza.

Voy a proceder a inyectarlo.- Juan N. Navarro”.

Desde el día primero de septiembre de ese 1862, el general Ignacio Zaragoza amaneció con algunas molestias, a las cuales con la valentía de su persona las trataba de ignorar como a todo aquello que estropeara su atención entera en sus ocupaciones de dirigir el Ejército de Oriente. El día dos continuó con las molestias y él a ignorarlas. Pasaron los días tres, cuatro y cinco, sus médicos le ordenaron que tenía que ser trasladado a la ciudad de Puebla. Era el mes de septiembre y por esos días azotaban fuertes chubascos que hacían muy difícil el camino.

El día 6 de septiembre, ya con mejores atenciones en la ciudad de Puebla, y en espera del Dr. Navarro que partió de la ciudad de México, serían como las once de la mañana cuando la fiebre tifoidea empezó a subirle con toda su maligna fuerza; esta fiebre desembocaba en delirios y los delirios rememoraban recuerdos. En medio de esos turbulentos recuerdos, visiones y desvaríos exigía que le trajeran sus botas de montar, sus armas y su caballo. Como no se le daba lo que pedía, hizo un extrañamiento en toda forma a uno de los médicos de cabecera, diciéndole:

—Tengo una patria que es preciso sacrificarse por ella, pronto, pronto déjenme salir, porque Coronado ya está en Quecholac y debo batirlo antes que se incorpore a los franceses.

—Doctor acabo de saber con la mayor sorpresa que usted es un traidor, bien se que ahora estoy en sus manos, pero le prometo que muy pronto se acordará de mí.

Después se puso muy triste, lamentando que uno de sus más fieles asistentes lo hubiera vendido, pasándose a los franceses.

—Cómo es posible que ese pillo fuese capaz de pasarse a los franceses. —Mientras Alejo, su asistente, toma las cosas tan a pecho, que llora como un chamaco.

Ese día estuvo dando órdenes terminantes a los generales:

—Negrete, refuerza la línea izquierda a Berriózabal, con cuatro columnas avanza hacia el centro —y después de un momento de contemplación, dijo: Ya corren los suavos no son intrépidos en América, como en Europa.

El día 7 deliró continuamente, y apenas si conoció a su señora madre y a una hermana que desesperadamente llegaron desde la ciudad de México, a efecto de cuidarlo con más atención y esmero. Durante la tarde estuvo regañándolos a todos porque no le traían el caballo ensillado que había pedido; quiso levantarse y un ayudante le rogó que se sosegara, porque lo médicos habían ordenado que no se moviera.

—¿Cómo, estoy prisionero? —dijo él.

—Sí señor—, le replicó el ayudante, por ver si lograba apaciguarlo por ese medio.

Se quedó pensativo un rato. Pero dijo haber visto pasar por la calle a un guardia, y el corneta batía marcha.

—Ya vienen a buscarme –dijo- y me van a fusilar; está bien, pero cuidado con el que se atreva a tocar a ninguno de mis ayudantes; ¡a ellos no!—

Por fin en medio de aquel desosiego del agonizante, llegó el Dr. Navarro, pero ya era tarde; aun no había muerto, más el médico recién llegado, anunció, que cuando mucho, al siguiente día la fiebre acabaría la vida que habían respetado las balas y la metralla en los puestos más peligrosos de cien combates.

Así fue. El día 8 de septiembre por la mañana se agravó de una manera alarmante; todavía deliró creyéndose prisionero.

A la noticia de su gravedad, muchos jefes y oficiales del Ejército de Oriente, corrieron a rodear el lecho de muerte del laureado general. Él, logró abrir con esfuerzos los ojos, y una mirada ya casi extinguida apenas se asomó, y entre dientes, casi como un balbuceo, les dijo:

—¿Pues qué tienen también prisionero a mi Estado Mayor? ¡Pobres muchachos!…¡ingratos!…¿Por qué no los dejan libres?—

Estas fueron sus últimas palabras. Después de una hora de fatiga lenta, y al parecer no muy penosa, entregó su alma al creador…

Así se le extinguía la luz a quien tanto brilló en los momentos aciagos de la República. Así moría el héroe de Puebla de los Ángeles. El patriota que asestó la derrota a los franceses que osaron mancillar el suelo nacional. El General Ignacio Zaragoza le restituyó el decoro y la dignidad a la nación mexicana cuando en aquel telegrama le dio parte al Presidente Juárez “las armas nacionales se han cubierto de gloria”.

El traslado del cadáver a la Plaza de Armas. El Ciudadano Presidente de la República, don Benito Juárez, emitió un decreto para que se celebraran honras fúnebres en todos los lugares de la República, en memoria del malogrado joven, benemérito general en jefe del Ejército de Oriente, C. Ignacio Zaragoza:

El escritor Francisco Zarco, escribió en el periódico “El Siglo Diez y Nueve”, del martes 9 de septiembre “No existe ya el vencedor del 5 de mayo… ayer a las diez y cuarto de la mañana ha expirado en Puebla el señor general don Ignacio Zaragoza, sucumbiendo al terrible tifo que contrajo en las fatigas de la campaña…”

“¡Qué vida tan corta y también empleada! Muere a los treinta y tres años de edad –continúa Zarco- es decir, cuando para muchos comienza la vida pública, y sucumbe rodeado de una gloria que ha deslumbrado al mundo entero, habiéndose elevado por su propio mérito, que su modestia no pudo ocultar“.

El cadáver del general Zaragoza, llegó a las seis de la tarde a la ciudad de México. Un batallón y un escuadrón con cuatro piezas de artillería salieron a recibirlo hasta una legua de distancia de la plaza donde fue velado, formando en batalla la tropa y con las bayonetas armadas, tocando la marcha de honor granadera regular los tambores y trompetas. Al pasar el cadáver por el frente de la tropa, saludaron los oficiales, banderas y estandartes; el mando de la fuerza lo llevó el jefe más antiguo hasta ubicar el féretro en la Plaza de Armas donde fue velado.

Los funerales del héroe del 5 de mayo. De ahí sería trasladado al cementerio de San Fernando. El carro fúnebre rodeado del Estado Mayor del difunto.

El coche del general Zaragoza. El Presidente de la República don Benito Juárez García acompañado de los Secretarios de Estado y seguido de la diputación permanente; los diputados actuales en el Congreso, el Ayuntamiento, los empleados de todas las oficinas, los jueces y magistrados, la junta patriótica, el club de la reforma y una multitud de ciudadanos de todas clases.

En la esquina de la calle de Plateros se levantó un arco triunfal, en cuya parte superior se leía de un lado la gran fecha histórica 5 de mayo de 1862 y del otro se veía la efigie del general entre trofeos militares. Todas las calles del tránsito tenían colgaduras fúnebres y en muchas, entre laureles, se veía en nombre de Zaragoza o la fecha del 5 de mayo.

La comitiva llegó al Panteón de San Fernando cerca de la una de la tarde, donde se levantó un magnífico catafalco, en el que fue colocado el cadáver.

La oración fúnebre fue pronunciada por el licenciado don José María Iglesias, en seguida el señor Guillermo Prieto recitó una sentida composición poética, y después habló el señor don Felipe Buenrostro en nombre de la junta patriótica.

La ceremonia concluyó después de las tres de la tarde y el cadáver quedó expuesto al público hasta las cinco, hora que fue inhumado en el mismo sitio en que se encuentran los restos de Ocampo, Lerdo y Valle.

El poeta José Fernández escribió en memoria de este benemérito, que muriera a los 33 años, solo cuatro meses después de la gloriosa batalla, un poema que termina diciendo:

Tiempo sobrará un día
De llorar al que muera;
El soldado inmortal que tú perdiste
Y con su grande espíritu te asiste,
No quiere llanto ya: triunfos espera.

*Diputado Federal y Cronista de Badiraguato.

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