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La herencia de Don Camilo Ochoa

Por domingo 15 de abril de 2012 Sin Comentarios

Por Nicolás Avilés González*

Un día de tantos se murió Camilo Ochoa y aunque nunca lo quiso se fue, ya ve como es esto de la muerte, se da en el momento en que menos se espera. Era un hombre fuerte, forjado en el arado y entre las espinas del campo, dedicó su vida a la crianza de su familia y del ganado. Al final, siempre se lo llevó la flaca. La canícula en muchas ocasiones le jugó malas bromas. Ya que al haber poca agua del cielo tenía que arriar al ganado buscando los escasos veneros por la calurosa campiña sinaloense para que la bebieran sus vacas cosa que le costaba casi la vida.

Superó mortandades de ganado y en el último estiaje casi le cuesta quedarse sin ellas; dicen que desde allí empezó la malaria. El tesón y su manera de cuidar los dineros le permitieron superar todas las borrascas económicas y llegó a ser acaudalado; condujo con firmeza a la familia y enseñó a sus hijos las labores del rancho y, a ser hombres de bien. Fueron ellos los que vinieron a alivianarle la carga de faenas que hay en un campo.

Y aunque desde pequeños agarraron obligaciones, pero conforme avanzaban en edad y con ello la fuerza sus compromisos fueron acrecentándose, así que los más grandes trabajaban el arado, ordeñaban las vacas y los pequeños pastoreaban y se dedicaban a vender leche por litros y el queso que hacía la delicia en los lonches de los obreros del ingenio azucarero.

El tiempo transcurría e irremediablemente don Camilo se hacía cada vez más viejo, perdía la vitalidad y cuando se le vinieron encima los años fue dejando las faenas del campo para ceder el control del rancho en sus hijos mayores. Un mal día aquel hombre de piedra dejó de salir de su recámara, y ya en los últimos meses de su vida se la pasaba encerrado, realmente se sentía malo y cuando se dio cuenta que la cosa era grave reunió a todos sus hijos y desde su lecho de enfermo les repartió de palabra los bienes; a cada uno le dijo lo que le tocaba en herencia, después lo firmó ante notario.

En la mañana que falleció no había sorpresa, todos sabían qué sucedería y también lo que era suyo. Tuvo precaución de no ser injusto con nadie, lo partió todo en porciones iguales. Los quería a todos de la misma manera.

El velorio y el entierro fue como son todos; llantos, lamentos, resignación y después el novenario con sus respectivos tamales, café y menudo. Se reunieron los cinco hijos ante notario, cada uno tomó posesión de manera oficial tal y como don Camilo lo quiso.

Y como siempre sucede en estos casos, cada uno tomó diferentes rumbos con su herencia. Algunos ya no quisieron trabajar en lo duro y vendieron su pedazo de tierra y sus vacas, otros siguieron arriando y ordeñando el ganado y, la vida siguió pa’delante. Pero uno de los hijos de don Camilo se aficionó a las damas, la diversión fácil y a la cerveza y como este vicio se va adentrando como la humedad a las profundidades del alma, se fue impregnando y cada día quería más para saciar la sed que le quemaba de un continuo la garganta.

Para disfrutar ampliamente la vida loca, compró una pick up del año. Había que mostrar que las podía y pronto le colocó un aparato estereofónico con cuatro potentes bocinas ya que le gustaba escuchar fuerte los corridos de narcos. Y para calmar la sed que siempre traía, le adaptó una hielera de fibra de vidrio en la caja de la camioneta y la llenó de hielo y botellas de agua loca. Por varios años la mantuvo repleta de cerveza Pacífico de Mazatlán. Se dio la gran vida a su manera de entender las cosas; bebiendo.

Y así se paseó en su troca sin rumbo fijo por todo el pueblo y, cuando a su paso encontraba un árbol frondoso, detenía su trajín, se bajaba del vehículo, le abría las puertas para escuchar sus melodías preferidas, enseguida sacaba una lata o una botella del recipiente que las mantenía siempre fresca, y la destapaba. Ya con ella en la mano se disponía a esperar a alguien que le hiciera compañía. Cosa que no era difícil en el pueblo abundan “sedientos”, así poco a poco se le iban haciendo bola; al fin música, sombra y cerveza helada de “gollete”. Ya pistiado, como dicen acá en Sinaloa, siempre gritaba:

-“Pos’ora que tenemos el peso hay que gastalo”

Se refería a dilapidar la herencia que con tanto sacrificio acumuló su señor padre y, ahora ante su ausencia, lo podía hacer con libertad, lo que nunca disfrutó cuando vivía el jefe de la casa. Este señor, mientras vivió los mantuvo a raya, era un hombre sobrio, precavido y ahorrador. Pero ahora el dinero era de Amancio Ochoa, lo tenía en su mano y se lo podía pasar por donde quisiera, incluso por el buche.

Desde luego que esta manera de vivir provocó la desatención de la familia, ganado y sus tierras, por lo que poco a poco, los ingresos se vinieron a menos y, sin darse cuenta rodaba hacia el fondo como lo hace un balde en el tiro de las norias. A pesar de los ruegos de su familia para que se calmara; siempre mantenía la troca repleta de cerveza helada y siempre acompañado de “amigos”.

Poco a poco fue perdiendo el brillo que da el dinero, y actualmente ya no se mira encima de su troca. Según cuentan se la puso de cachucha por allá rumbo al Salado y con ello se apagó la música para siempre. Fue tanta la sed, que se pasó la herencia por la garganta y, ahora se le ve arriba de una bicicleta; la cual lleva una caja amarrada a la parrilla ofreciendo en venta asaderas y cuajadas de leche que aún dan las escasas vacas que salvó su mujer de la sed insaciable del marido. Hoy se desplaza por las polvorientas calles del pueblo y ya no se le escucha decir -“Ahora que tenemos el peso hay que…

*Docente. Facultad de Medicina / UAS.

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