Nacional

Entre el tigre y la zorra

Por domingo 1 de abril de 2012 Un comentario

Por Juan Cervera Sanchís*

Aquí el tiempo de la vida se deshace en espacios de muerte, “El tigre en la casa” araña las alfombras del corazón y un frío visceral golpea los edredones. De repente “La zorra enferma” aparece en la escena y no puede evitar que su mal olor deje en los huesos las sagradas mentiras; la verdad en “cada cosa es Babel”. Y es cada vida “su propio borrador”, digo cada poema:

“El poema es sólo un gesto,/ un gesto que revela lo que/ no alcanza a expresar./ Los poemas/ de perfectísima factura,/ los más grandes,/ son exclusivamente/ un manotazo afortunado./ Todo poema es infinito./ Todo poema es el génesis./ Todo poema nuevo/ memoriza el futuro./ Todo poema está empezando.”

Eso nos dice Eduardo Lizalde, para decirnos que toda la vida está empezando, memorizando el futuro e inventando el mundo. A veces, Lizalde, como que traspasa el universo normal de las cosas y penetra en las áreas de la antimateria… desgarrado por el amor o el contraamor; por la vida misma. Y el tigre se deja sentir:

“Recuerdo que el amor era blanda furia/ no expresable en palabras./ Y mismamente recuerdo/ que el amor era una fiera lentísima: / mordía con sus colmillos de azúcar/ y endulzaba el muñón al desprender el brazo./ Eso sí lo recuerdo.”

Y vive, en la belleza desesperada del recuerdo, entre un poco de muerte y un poco de vida y no sin crueldad, porque en la poesía de Eduardo Lizalde se oculta la ternura a fuerza de crueldad. Y ahí radica el secreto de su extraña hermosura:

“Lo recuerdo casi de memoria:/ los muebles de madera/ florecían al roce de mi mano,/ me seguían como falderos/ grandes y magros ríos,/ y los árboles –aún no siendo frutales-/ daban por dentro resentidos frutos amargos.”

En Lizalde uno recuerda el oro griego y la palabra abierta y rota en mil pedazos y diciéndonos sin decírnoslo: “El amor es mi empresa imposible”. ¿Qué sucede en esta situación creadora?: El amor que es y no es y, en primer plano, la sagrada burla donde la criatura humana trata de esconder el ala de la fatalidad; sin poder esconderla.

Así su revuelo:

“Que tanto y tanto amor se pudra, oh dioses;/ que se pierda/ tanto increíble amor./ Que nada quede, amigos,/ de estos mares de amor,/ de estas verduras pobres de las eras/ que las vacas devoran.”

El tigre está obsesionado por la luz del amor, pero esa luz, ese oro “estalla sin motivo”, y, lo que es aún peor: “un amor capaz de convertir al sapo en rosa” se aniquila. ¿Por qué? En la casa los espejos se contradicen. Las imágenes guerrean. Los sueños sangran y el tigre “despierta hambriento”.

Por la escalera de esta lúcida locura sube y baja hiperlúcida (dolorida quiero decir) la locura enfebrecida. Y el amor termina (¿para empezar de nuevo?) en odio:

“Grande y dorado, amigos, es el odio./ Todo lo grande y lo dorado/ viene del odio./ El tiempo es odio./ Dicen que Dios se odiaba en acto,/ que se odiaba con la fuerza/ de los infinitos leones azules/ del cosmos;/ que se odiaba para existir.”

Eduardo Lizalde nos conduce del amor al odio y del odio al amor. El centro de la vida se nos hace palpable y visible. ¿Pero qué es la vida? Bien podría ser una perra. Sí, una perra como Monelle:

“También la pobre puta sueña./ La más infame y sucia/ y rota y necia y torpe,/ hinchada, renga y sorda puta/ sueña.”

Las palabras, con Eduardo Lizalde, están en su sitio. ¡Qué nadie se asuste de las palabras porque ellas nos describen una acción real! Poesía en acción es esta poesía de Lizalde, y en acción vital:

“Lavo la mano, amada/ en el amor de las mujeres,/ y la mano se dora agradecida,/ se vuelve joya./ Antes muñón, y garra y tronco,/ dórase la mano/ en estos páramos de miel.”

Lo edulcorado nos cruza la memoria. El hombre, empero, Es decir, el tigre, está “en y al” acecho inevitable. ¿Puede alguien evitarlo?

“Pero a los cuatro días o cinco,/ seis cuando más,/ vuelve a escurrir por mis uñas/ ese líquido amargo y pestilente/ que tu piel de loba/ destila al ser cortada.”

¿Quién es el tigre? El poeta cae en olvidos, que son memoria, y canta los boleros del resentido. Ese decirse sin cuartel, sin truco ni cartón:

“Escribimos la palabra Lola/ sobre el polvo;/ el nombre Juana./ Sobre el polvo del ocio de los muebles,/ como niños deformes,/ que apenas pueden controlar el dedo.”

Es decirse y decirse en desnudo total, es ensanchar la herida y es a la vez cerrarla. Y Lizalde afirma en negación: “El amor es todo lo contrario del amor.” ¿Qué es el amor? ¿Qué lo contrario del amor? Dice el poeta:

“Todo el amor es sueño/-el mejor áureo sueño de la plata-./ Sueño de alguien que muere,/ el amor es un árbol que da frutos/ dorados sólo cuando duerme.”

Pero este amor que aquí se canta y se decanta está muy despierto. ¡Demasiado despierto! ¡Oh pobre tigre! Y de este amor nadie se salva. Los amantes son devorados por sí mismos:

“Amada, no destruyas mi cuerpo,/ no lo rompas, no toques sus costados heridos.”

Ya lo dijo el clásico: “Amantes, no toquéis si queréis vida, porque entre un labio y otro colorado, Amor está, de su veneno armado, cual entre flor y flor sierpe escondida.” Sí, así lo observó el clásico y, el tiempo del hombre, es tiempo del hombre ayer como hoy. Eduardo Lizalde nos da señales de su hombre y de su tiempo, remarcando sus huellas de vida, en el amor que nos conduce al odio, y viceversa, para hacernos retornar al amor, una vez y otra vez, desde el ascua del odio.

Redescubre Lizalde que todo se reduce quizá a ceniza:

“Hay un lejano olor a muerte en todo el aire./ Alguien se muere aquí,/ muy cerca, en el jardín de al lado./ Tal vez aquí, junto al umbral,/ más bien dentro de la casa, en el pasillo,/y no, más cerca, en este cuarto donde moríamos juntos./ No, tampoco./ Más cerca aún, junto a mi cuerpo./ Y no, más cerca.”

La muerte, rondadora de nuestras vidas desde el día en que nuestra madre nos arroja de su vientre, aparece por los rumbos múltiples de la poesía de Eduardo Lizalde, y aparece vestida para una fiesta de ángeles ciegos, donde “lee unos poemas.

Oh el hombre de otro planeta: Un amor capaz de convertir Al sapo en rosa”. Y frunce el ceño:”-¿Qué es la rosa, qué el amor? ¿Qué cosa el sapo? No nos entendemos. Y el ángel se torna maldito. Posiblemente en ello ha intervenido la ausencia de Beatriz. Y es que la vida es una ausencia, ¿de la muerte?

¿Es por eso que nada aquí nos satisface? Pero, ¿y cuándo estaba Beatriz? Precisamente entonces…Pero ahora es ahora y ya no es la hora de Beatriz:

“Oh muerte, ¿qué ha de morir de ti,/ qué carne dañarás de muerte,/ qué has de matar si ella está muerta?”

Ciertamente, muy ciertamente (ha pasado el tiempo y sigue pasando el tiempo):

“No volverá a su vaina el rayo/ El no volver será tu vaina.”

Eduardo Lizalde escarba y escarba en sí mismo. Su poesía está hecha a fuerza del dolor de sus tétanos. Es un hito humanal que sabe que: “Las piedras se abrirán de lástima bajo los gritos/ de los destazados con ellas.”

El dolor es el alfa y el omega que acompañan al tigre por la casa, a la zorra por el bosque de su desesperación y a las cosas todas por su Babel a fuerza dolor dolorosamente embellecido.

Eduardo Lizalde nació en la Ciudad de México en 1929. A sus 83 años su mente preclara nos sigue iluminando y estremeciéndonos con la fuerza y la luz cegadora de su poderosa y profunda poesía.

* Poeta y periodista andaluz.

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