Estatal

El Festejo

Por domingo 18 de marzo de 2012 Sin Comentarios

Por Teodoso Navidad Salazar*

El camión cargado de varilla ascendió la pronunciada pendiente. Gruesas columnas de humo negro invadieron el fresco aire de la sierra. El poderoso motor diesel rugía como fiera herida. María José Vizcarra escuchó lejano aquel infernal ruido. Intentó abrir los ojos pero sus párpados se negaron. Sentía una gran pesadez. Movió los dedos de sus manos. Luchó de nuevo por abrir los ojos. Pasaron segundos, minutos tal vez y de nuevo quedó inconsciente. No supo cuanto tiempo pasó. Al volver en sí y trató de poner orden en sus ideas. Lentamente regresó la cinta. Estiró un brazo y sus dedos tocaron un cuerpo, tibio aun; era el ingeniero Euclídes Ferreiro Da Lula, su compañero. María José Vizcarra intentó moverse; no pudo. Un dolor intenso recorría su espalda. Su ropa estaba llena de astillas de vidrio; sangre en su cara, brazos y piernas. Tocó de nuevo el cuerpo, lo movió suavemente, luego un poco más fuerte. No hubo respuesta. Quiso gritar, nada salió de su garganta. Arriba, en la carretera Mazatlán- Durango, pasaban los pesados camiones, ascendiendo o bajando las pendientes. Ensordecedor estruendo de motores, expulsando grandes columnas de humo negro.

La camioneta se había precipitado por la ladera, pero los pinos impidieron su caída hasta el fondo de la cañada. María José Vizcarra pudo al fin mantener abiertos los ojos. Vio por la ventanilla sin vidrios y observó un grueso tallo a pocos centímetros de lo que fue la portezuela, que para su fortuna se mantenía sobre sus llantas. Tocó su cuerpo. Palpó su ropa llena de vidrios, encontró el celular e intentó llamar; no había señal. Intentó otro número y el silencio le contestó. Buscó algún número de emergencia de la policía federal de caminos o de la municipal de Concordia. Nada. Pasaron minutos que a María José le parecieron eternos. Todo fue en vano. De pronto recordó la radio de banda civil que se utilizaba en la compañía y su mirada se posó en el tablero de la camioneta. La bocina estaba en su lugar; la descolgó y apretó el interruptor a la vez que llamaba para pedir auxilio. Nadie contestó, solo el ruido característico de la radio. Siguió intentando en medio de leves sollozos…

Aquella mañana el ingeniero Euclides Ferreiro Da Lula aun con la resaca del día anterior, llegó al campamento de la compañía ubicado a las afueras de Concordia. Giró instrucciones a un subordinado, para que la comida estuviera a tiempo y se retiró a su oficina. Halagaría a sus trabajadores y festejarían la conclusión de los trabajos.

Ferreiro Da Lula, originario de Colombia, era de estatura regular, complexión delgada, ojos pequeños, pómulos salientes, boca pequeña coronada con escaso bigote, y nariz aguileña. Muy blanco. Usaba el pelo largo y sombrero de ala ancha para protegerse del sol. Siempre vestía mezclilla y botas de trabajo.

El festejo había iniciado un día antes en Mazatlán, sólo con mandos medios. Entre cervezas frías y abundantes mariscos a la orilla del agua en el puerto mazatleco, Ferreiro Da Lula recordó con nostalgia entre otras cosas sus días de estudiante de ingeniería en la Universidad de Bogotá; andanzas por las provincias de su país y sus primeros pasos como aprendiz con otros ingenieros, realizando trabajos similares a los que ahora había efectuado en México. Recordó cómo, la compañía a la que hoy representaba, había ganado el concurso que lo había llevado a Sinaloa. Recordó su llegada a ese heroico pueblo una mañana de enero, cuando aun se disfrutaban las fiestas tradicionales y su desayuno en la birriería El Jaibo, de la cual sería después un cliente frecuente. Su primer contacto con la presidencia municipal para anunciar el motivo de su estancia que era el tendido de las torres de electricidad que atravesaría la Sierra Madre Occidental, partiendo de Mazatlán, cruzando Concordia, con destino final en la ciudad de Durango. Y claro, su primer encuentro con María José Vizcarra, en el restaurante El Granero. Ella se enamoró de Ferreiro Da Silva desde su llegada. Él le habló bonito; platicó de sus esfuerzos para concluir su carrera debido a la escasez económica de sus padres, ella escuchó sus planes y proyectos; le gustó y le creyó. La cortejó hasta llegar a vivir un tórrido romance, primero discreto, después no tanto.

Euclides Ferreiro Da silva, cumpliría dentro de poco, una década dentro de la empresa brasileña. Un par de semanas antes la Comisión Federal de Electricidad había dado el visto bueno al tendido de la línea. El equipo encabezado por él, había realizado un buen trabajo. El finiquito estaba cubierto a la compañía filial en México. Aquello era un triunfo para el joven ingeniero, que seguramente consolidaba su prestigio. Ahora se disponía a festejar a sus trabajadores. Había hecho planes para el retorno. Lo esperaban sus padres, su mujer y sus hijos.

La comida transcurrió entre brindis y refrendos de amistad. Euclides deseaba estar a solas con María José Vizcarra, por lo que de manera discreta la invitó a dar una vuelta a la sierra. Así la tenía acostumbrada. Dejaron la fiesta que estaba en su apogeo. Subieron a la camioneta y enfilaron rumbo a la sierra. Él conocía a la perfección esa carretera; la había recorrido centenas de veces en los 5 años que llevaba en la región. Pasaron la caseta fitosanitaria, luego el arroyo de La Agüita Caliente. Se detuvieron en Copalita para comprar cerveza y continuaron. Platicaron de muchos temas, nunca el que María José esperaba. ¿Qué sería de ella, ahora que Euclides se iba? ¿Regresaría por ella? Él por su parte, evitaba llegar al tema, manteniéndose firme en el volante, lanzando por la ventanilla los botes vacíos. En los cortos tramos rectos que ofrecía la carretera, él aceleraba la máquina sintiendo la adrenalina, al tiempo que tomaba las curvas a velocidad nada aconsejable. Por momentos invadía carril y volvía al suyo. Ella, que hacía ya unos minutos le rogaba bajara la velocidad, empezó a entrar en histeria.

Llegaron al paraje denominado Corte Alto. De pronto. un pesado camión apareció en la curva invadiendo ambos carriles. Ferreira Da Lula, lo evitó y viró intentando poner de nuevo el vehículo sobre la carretera. Ya no fue posible. La camioneta no obedeció. La confianza, la velocidad, las curvas y las cervezas ingeridas generosamente, impidieron reaccionar a tiempo…Finalmente María José Vizcarra escuchó una voz a través de la radio. – Dígame más o menos dónde fue el accidente? Mande…? Hable más despacio. ¡Si, claro!. Al menos dígame cerca de qué poblado? Déme alguna referencia, alguna pista…¡ah, si, claro! Hable más despacio. Vamos a buscarlos, claro que sí…nos comunicaremos a Potrerillos, al Palmito y Santa Lucía, para organizar la búsqueda. Si…claro que sí. Manténganse despiertos, y el ingeniero ¿cómo está…?

*Locutor de radio.

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