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Sobre el tío Arcadio Henández López

Por domingo 1 de enero de 2012 Sin Comentarios

Por Faustino López Osuna*

El tío Arcadio fue el único de los dos hermanos de mi abuelo Eugenio, que no aceptó cambiarse el apellido Hernández paterno por el López materno. El abuelo convenció a su otro hermano, Úrsulo, hacer el cambio en su descendencia. Él mismo empezó a diluirlo, firmando como Eugenio H. López. Los dos hijos que tuvo el abuelo Eugenio, Lesmes y Eugenio, con doña Antonia Zamora (ella se decía González y González) y doña Juana Peraza, respectivamente, para reconocerlos como suyos, condicionó a sus madres a registrarlos con el apellido López. Cuentan los más viejos del pueblo que el bisabuelo abandonó a la bisabuela con todo y familia y el abuelo Eugenio decidió borrar su apelativo para siempre. Y lo consiguió.

Pero el tío Arcadio continuó Hernández López y prolongó el Hernández en su descendencia. Fue herrero durante toda su existencia. E igual que el abuelo, fue diabético, enfermedad silenciosa que minó a ambos. Como émulo de Vulcano, fue reconocido en toda la comarca. Con excelente habilidad y calidad en sus trabajos, igual herró los corceles de todos los comuneros y campesinos de Aguacaliente de Gárate y pueblos circunvecinos, que construyó rejas para arados, machetes, cuchillos y caguayanas.

La más grande afición del tío abuelo Arcadio fue la lectura, que cultivó durante toda su vida, intercambiando libros con el medio hermano de mi padre, mi tío Lesmes, descendiente de doña Toña. Entre fierros de la fragua y por toda la casa, era frecuente encontrar una biografía de Napoleón Bonaparte y obras de Martín Luis Guzmán y de José María Vargas Vila.

Pero el mayor acierto del tío Callo, como lo conocían sus contemporáneos, fue su matrimonio con doña Loreto, dama trabajadora, que mantenía la casa escrupulosamente limpia. Físicamente atractiva, mujer de una clara e increíble inteligencia, la tía política Loreto, fue, sin embargo, de capacidades diferentes, como dirían ahora, pues tenía limitadas sus facultades del habla y del oído. No obstante sus limitaciones, fue una esmerada madre con sus tres hijos, a los que impulsó para que cursaran la educación básica en la escuela primaria de la localidad.

Cuando mi madre me enviaba a algún mandado a casa del tío Arcadio y no lo encontraba en ese momento, yo sufría para darle el recado a doña Loreto, pues únicamente emitía un sonido gutural que se esforzaba por hacerlo audible moviendo las mandíbulas y me daba la impresión de que no me había entendido. Pero tenía ella una percepción prodigiosa: leía perfectamente los labios. Esto dio pie para que la gente del barrio inventara que cuando, por las noches, se encontraban los esposos ya acostados, él leyendo a la luz de una lámpara de petróleo en el buró y ella platicándole sin fin, a su modo, todos los problemas del día con los niños, al no conseguir el tío Arcadio concentrarse en la lectura, de manera enérgica amenazaba con terminar la plática fingiendo apagar de un soplo la lámpara, para que ya no pudiera leerle los labios. Y ella se lo recriminaba.

No me quedó muy claro por qué un día, cuando recientemente se habían ido mis padres a radicar a Mazatlán para que estudiaran mis hermanas menores, el tío Arcadio se cambió a vivir a nuestra casa. Tal vez rentaba donde vivía y ya no pudo seguir ahí. El caso es que cierta noche, casi al llegar al nuevo domicilio, por el callejón que va al panteón, a la altura de un antiguo zaguán del patio de la casona colonial de don Bernardo Pinzón, vio algo que lo espantó, aterrorizándolo a tal grado que se le desvaneció el corazón. Esa noche murió en los brazos de mi padre, dejándonos, con su recuerdo, la más hermosa música del marro que en la herrería domeñaba los fierros, rebotando y prolongándose el golpe contra el yunque de banqueta en banqueta y saltando los tejados rojos del caserío del pueblo que, desde entonces, ya no fue el mismo.

*Economista y compositor.

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