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Enseñar y aprender en la era digital

Por domingo 1 de enero de 2012 Sin Comentarios

Por Miguel Contreras Montoya*

Dos factores constituyen el cimiento seguro sobre el que puede construirse el bienestar de una sociedad: el conocimiento científico, ése que se genera del contacto razonado con la realidad, y; su aprovechamiento práctico, ése que se logra a través de la tecnología. Esta premisa, explica porqué en el mundo, las instituciones educativas y las de investigación científica, ocupen lugar de primer nivel en el desarrollo social.

El punto éste, empero, nos llama a la prudencia. No debemos ver estas instituciones, como si todas estuvieran ligadas pertinentemente al desarrollo de los pueblos. Al evaluarlas, la sociedad, debiera siempre verlas a través de filtros fieles, de ésos que no saben mentir, y que tienen en cuenta el qué, cuándo, cómo, dónde, por qué, para qué, con quiénes, para quiénes y, apoyados en qué; aprenden nuestros estudiantes y, enseñan nuestros docentes.

Con semejantes filtros de por medio, palidecen todas las “cuentas alegres” que se hacen, cuando de apaciguar nuestros espíritus “no culpables”, pero tampoco inocentes, se trata. Pierden color, por ejemplo, el estudio comparativo de universidades mexicanas que acaba de publicar la UNAM, y; los programas acreditados que ufanan a las universidades; a la luz de nuestra realidad: dos de cada tres mexicanos viven en pobreza, y; padecemos un gran rezago educativo en cobertura y calidad. ¿Cuánto valen nuestras glorias educativas y científicas (artículos, SNIs, PNPC, CONACYT, doctorados y doctores, etc), si la calidad de vida de los mexicanos es menor cada día?

Resolver el qué enseñar con pertinencia social es un brete, ya que la mayoría de saberes que transmiten nuestras universidades, es la misma que se enseñaba hace cincuenta años y más. Mismas carreras, mismos enfoques y, esto, aunque muchos flamantes abogados o contadores, título en mano se ganen la vida conduciendo un taxi o en la recepción de un hotel. Pareciera que ni siquiera registramos los centenares de nuevas carreras, conectadas íntimamente con los nuevos problemas de la producción y el mercado.

El cómo y con quiénes enseñar es otro gran problema. En general, los docentes universitarios no lo son de formación primaria. Son arquitectos, agrónomos o biólogos metidos a profesores de su carrera y, reproduciendo algún modelo docente heredado de sus propios profesores, formados en cascada no se sabe desde cuántas décadas atrás y de la misma forma. Hoy día, en plena sociedad del conocimiento y la era digital, con el mundo lleno de tecnologías de la información y comunicaciones; saturado de teléfonos inteligentes, televisión digital y, prensa en línea; todo bajo el manto protector de internet; nuestra deuda docente con las nuevas generaciones, se hace mayor escalofriantemente.

En 2001, un artículo de Marc Prensky dio la vuelta al mundo y todo lo sacudió. Aludía allí a la “brecha digital”, como llama al desencuentro en las aulas de dos generaciones: la nacida y criada en medio de dispositivos digitales y que, entiende el mundo en, con y sólo a través de esas tecnologías, y; la que se crió con los libros y profesores tradicionales, a la que le es cada vez más difícil entenderse con los primeros que, catastróficamente, son sus alumnos.

Prensky llama a los primeros nativos digitales, frescos y dispersos, amos y señores del mundo nuevo, incluidas sus herramientas tecnológicas y su lenguaje. Van incómodos porque el papel no les responde como la pantalla, y porque sus lentos profesores, parecen temer a las pantallas y refugiarse en el papel. Los segundos, los inmigrantes digitales, son viejos fuera de foco, tratando de entender y aprender lo nuevo, sin lograr desconectarse del pasado. Envían mails, sí, pero luego telefonean para preguntar si llegó. Les desespera la “falta de seriedad” de sus alumnos, a los que no saben cómo enseñar.

En qué se apoyan la enseñanza y el aprendizaje, enreda más esta madeja pues, suele confundirse el todo con la parte. La mejor escuela de Geodesia, Informática o Medicina por ejemplo, no son aquéllas que tienen el más novedoso taquímetro, el mayor laboratorio de supercómputo o, los más sofisticados y caros robots para simular pacientes y ensayar procedimientos médicos y/o quirúrgicos, pues; los aparatos éstos, nunca irán más allá de ser meros facilitadores de la función social propia de las instituciones y, al rendir cuentas, no dice mucho qué equipo se tiene sino, qué se hace con él y, como se aprovecha para que esa comunidad educativa, sus actores y productos sean mejores.

Hoy día, las más sólidas expectativas de información las ofrece internet y, habría que ver cuántos de nuestros estudiantes y profesores se guarecen en tan generosa trinchera. Aunque internet existe desde 1969, sólo pudo llegar a ser la red global que hoy tenemos, gracias al científico inglés Timothy Berners-Lee quien veinte años después, inventó la World Wide Web y luego, con su equipo, crearon el lenguaje HTML, el protocolo HTTP y, el sistema de localización de objetos en la web, conocido como URL.

A la fecha, el mundo cuenta con más de dos mil millones de internautas. Nada más nos haría falta saber, para darnos por enterados del éxito de la sociedad de la información en la era digital y, de la promesa cierta de la implantación de la sociedad del conocimiento a nivel global. Es propio señalar que este resultado tan significativo, ha tenido un aliado que en mucho le ha soportado: las tecnologías móviles.

El conocimiento, como fórmula para lograr una mejor calidad de vida individual y social, está ya suficientemente probado. Sin embargo, apostar al conocimiento, es la más rara forma de jugar ya que, a diferencia de todas las demás, esta apuesta no tiene riesgo ni el sabor de corazonada y, aunque en ella siempre se gana y nadie pierde, lo paradójico es que casi nadie apuesta. Que apostar al conocimiento equivale siempre a ganar, lo enseñan Japón, India y Korea–China se cuece aparte- y; que no hacerlo se paga con la pobreza y miseria que devora a más de ciento cincuenta países del mundo incluido el nuestro, lo enseñamos la mayoría de la humanidad.

Una lección es clara: nos hace falta entender el proceso del conocimiento, a lo que mucho ayuda el verlo como un escalón, superpuesto a dos que le preceden y soportan: primero, los datos sueltos, luego, éstos mismos organizados dando lugar a la información la que, incorporada a la experiencia se torna conocimiento el que, a su vez, nos hace ser capaces de dejar de sólo interpretar la realidad, para pasar a transformarla. Cuando iba a la escuela primaria, cargábamos la memoria con muchos datos los que, luego, debíamos recitar en el examen para “pasar de año”. Hoy, cincuenta años después, los chamacos y jóvenes hacen lo mismo en las aulas: memorizar pero no aprender porque, y esto lo dice la vida aunque no lo diga el diccionario, los saberes que no engendran acciones de cambio y transformación para mejorar, no son aprendizajes.

Cierro esto volviendo a Prensky. El autor nos conmina a repensar la educación y lo que en ella hacemos. Reconoce la dificultad de romper el desencuentro que señala pero, sin duda apuesta al futuro. No pretendamos, dice, que los nativos digitales tengan que aprender a aprender de los inmigrantes digitales ni, los dejemos sin educación porque los viejos profesores no saben cómo enseñarles, hasta cuando ellos mismos se puedan educar. Siendo los nativos digitales quienes están en su mundo, corresponde a los inmigrantes  ceder, no sólo para ayudarles a aprender y formarse, para vivir en un mundo mejor que el que les estamos dejando sino, al menos, para no obstaculizarles en este superior empeño.

*Doctor en Matemáticas Aplicadas y Computación/Instituto del
Mexicano del Petróleo/Miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

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