Nacional

Cuco Sánchez es inocente…

Por domingo 1 de enero de 2012 Sin Comentarios

Por Miguel Ángel Avilés*

En la ciudad de Altamira Tamaulipas, a 5 de Octubre de 2000. El suscrito licenciado JUAN GABILONDO PICOS CORRO, AGENTE SEGUNDO INVESTIGADOR DEL MINISTERIO PUBLICO y secretario de acuerdos con quien legalmente actúa y da fe, siendo las 20 horas con treinta y cuatro minutos de hoy, constituidos legalmente al norte de esta ciudad, específicamente en la esquina de calle LONDRES número 66 esquina República de Nicaragua de la colonia GLOBALIZACIÓN, lugar al que penetramos luego de cumplir con los requisitos de ley , damos fe de que en su interior del recibidor de la casa se encuentra un hombre sin vida de aproximadamente 70 años, robusto, moreno, de escaso pelo, papada grande, 1, 65 de estatura.

Dicen que lo mataron en los precisos momentos en que escuchaba a Cuco Sánchez. Cuando la autoridad llegó, el LP todavía se bamboleaba sobre el tornamesa.

Eso lo supieron después el par de agentes, que a patadas derrumbaron la puerta de tambor para entrar a la casa. Aquella marcada con el número 666 de la calle Londres, esquina con República de Nicaragua de la colonia Globalización.

En la Procuraduría recibieron una denuncia anónima. Una voz ladina les soltó el mensaje: “vengan pronto, porque en la casa de Londres 666 parece que han matado a un hombre.”

Así mismo damos fe de que esta persona se encuentra reclinada en un sillón de color verde, y está sentada con sus extremidades inferiores hacia el frente y sus extremidades superiores hacia los lados apoyadas en los pasamanos del sillón y su cabeza está inclinada hacia abajo hasta tocar con su barbilla el pecho.

Antes de media hora cuatro pickup blancos arribaron al domicilio.

Para entonces, lo mirones completaban una docena –¿alguno de ustedes fue el que llamó?–, preguntaría casi gritando uno de los agentes. Nadie respondió.

Doña Paula, mujer cuarentona, de cabello cobrizo y un ojo tuerto por culpa de una negligencia médica, de pronto alzó la voz y contribuyó con el primer indicio: “yo no vide nada, pero se me hace que mi comadre sí….antes de irse panosedonde pasó por mi casa muy asustada, me pidió un pastia pa los nervios que porque no supo donde dejó las suyas y me alcanzó a contar muy alterada, que ahí adentro había escuchado algunos gemidos, varios gritos y nada más”

Lo que averiguaron los policías es que en esa casa vivía un tipo a quien le apodaban “El Diablo” y que había andado en noseque guerra con los gringos. Los agentes decidieron ingresar al domicilio, esa pequeña casa verde de dos plantas y de grandes ventanales tapados con papel aluminio. La puerta de tambor fue derribada con la fuerza de dos policías.

Ante la vista de todos, estaba un hombre sentado en un viejo sillón de terciopelo verde. En la bragadura de su pantalón goteaba un líquido amarillento. Sus brazos toscos colgaban como racimos de frutas hasta tocar con los dedos el piso de mosaico verde que en forma de trébol hacían juego con el color de las paredes de la casa.

Acto seguido, se procede a dar fe de las lesiones que presenta el cuerpo siendo que a simple vista no se observa ninguna.

Por entre la gente, dos jóvenes se abrieron paso. El más grande se identificó como Ministerio Público: era el licenciado Picos Corro y traía sus lentes oscuros encajados en la cabeza que prematuramente ya pintaba algunas canas. Sus botas piteadas hacían juego con su cinto y dos dientes de oro le brillaban al hablar. El otro, su secretario, un muchacho con el cabello casi a rape y prominentes cachetes, camiseta entallada, y flor de marihuana en la hebilla del cinto, permaneció callado.

Enseguida, el licenciado Picos Corro ordenó a los presentes que no tocaran nada, mientras recorría con su vista todo lo largo de la sala. El jefe de grupo, uno de los primeros en llegar, comandante por muchos años, un experto en el arte del maltrato, camiseta raída, desfajada que le llegaba hasta las piernas y a quien todos conocían como el “Chapito Valencia”, le comentó casi al oído todos los pormenores recabados hasta ese momento. Luego, sin decir palabra, le apuntó hacia una esquina, justo a donde estaba el tornamesa. El funcionario observó el aparato y frunció el ceño. El MP y el comandante se miraron fijamente. ¡“El disco que está puesto Lic.!”, precisó el comandante. Picos Corro reaccionó y volvió a poner su cara hosca. Después, sacó un kleenex de la bolsa de su camisa y con delicadeza tomó el disco negro de acetato, en cuyo centro apenas se podía ver el borroso rostro de un hombre obeso, semicalvo, de frente amplia y una gran papada que caía justo en donde empezaba el cuello de un traje de charro.

“LO EJOR DE UCO SANCHE” decía en un texto casi ilegible. El MP acercó sus ojos entrecerrándolos, frunció su nariz y pronunció casi en silencio: LADO A 1.- Fa-llas-te corazón 2.- La ca-ma de pie-dra.3. No soy mo-ne-dita de oro (sonrió) 4.- Una pu-ra y dos con sal. 5- La Chan-cla 6.- Ani-llo de compromiso “estaesmuybuena”, comentó, tocándola con su dedo, como si se la recomendara a alguien. Dio la media vuelta y regresó a la escena.

Para entonces, más de quince personas, entre reporteros y vecinos, rodeaban al difunto. Luces. Flashazos. Por encima de las cabezas salía un brazo que sostenía un reflector, una cámara de televisión se apoyaba en el hombro de doña Paula y esta no dejaba de platicar a la concurrencia las tantas veces que vio salir a su vecino, el “Diablo”, siempre con ese traje verde.

Todos buscaban el mejor ángulo para ver al muerto. Unos se encorvaban y se le acercaban lo más posible en busca de cualquier rasgo de violencia.

El licenciado no aguantó más, suspiró largo y lanzó la orden: ¡mirones y reporteros a la chingada!

Todos salieron atropellándose. Doña Paula se santiguó y también salió al trote, casi arrastrando esas chanclas que le dejaban al descubierto las barrosas grietas de sus talones.

El licenciado movió la cabeza, cruzó los brazos y observó el cadáver a detalle como si lo estuvieran exponiendo en un museo. Así se quedó por largo rato, pero un florero que tumbó un agente lo volvió a la realidad. Entonces ordenó que revisaran la casa. “Con cuidado, con mucho cuidado”, advirtió, sin dejar de ver al cadáver.

Continuando con la diligencia (damos fe de que este lugar es para uso de casa habitación y es de dos plantas; en la planta inferior se observa un tocadiscos de la marca Lacuy y a sus costados dos bocinas grandes de color negro. Hacemos constar además que se encuentran tres sillones -dos chiquitos y uno grande- forrados con terciopelo color verde igual que la casa que también es verde. Seguidamente, hacemos constar que en una mesa de centro se encuentra un teléfono al parecer desactivado a la fuerza y aproximadamente diez discos de color negro de los llamados LP y sus respectivos forros, todos de color negro precisándose que en todas las carátulas aparece el nombre de Cuco Sánchez).

Los agentes levantaron colchones, movieron cuadros, descolgaron almanaques, tomaron un sombrero de charro que colgaba en el closet, pisaron un calzón que nunca vieron, agarraron meticulosamente con una calceta una botella de coca-cola, sacaron la ropa que había en los cajones, se embolsaron dos billetes de cincuenta pesos que en estaban en el tocador detenidos con un bote de crema y bajaron informando sin novedad alguna, mi Lic.

Abajo, el MP le dictó a su secretario. Síguele tú, voy al baño, le dijo y le dio los papeles que traía en su mano. Subió al segundo piso. Los agentes se dejaron caer pesadamente en otro sillón cercano al muerto.

Así mismo hacemos constar que en la cocina se encuentra una estufa en cuya parte superior yacen cuatro cáscaras de huevo y, frente a esta, se observa un refrigerador de color verde bajito y en su interior se observa un caja de leche de la marca LaLa, un paquete de tortillas de la marca Tia Rosa, un envase abierto de cerveza de las denominadas Cahuamas y dos tomates en estado de descomposición.

El MP levantó la tapadera de la taza y sopló con alivio. Alzó su cabeza y sus ojos quedaron frente al amplio trasero de Lorena Herrera que, en diminuto bikini azul, posaba de espaldas, en ese calendario que pendía de un alambre. La contempló mientras lanzaba el chorro, reconoció el buen gusto que tenia el diablo, se la sacudió, estiró la mano para bajar la palanca y, al hacerlo, observó en el piso un cancionero mojado por una gotera que estaba junto al cesto de los papeles. Leyó por curiosidad y otra vez estaba ahí el famoso personaje: GUITARRA FÁCIL. LAS MEJORES CANCIONES DE CUCO SANCHEZ.

Dio vuelta a la primera hoja y pudo ver que, con la tinta barrida y sobre un diapasón se inscribía una leyenda: “apartado para doña María Castillo. Pagó”. Fajándose la camisa bajó hacía la sala y, al tiempo que se paraban los agentes como dos resortes, le dio el cancionero mojado al secretario quien presuroso hizo como que lo hojeaba y empezó a tararear Anillo de compromiso.

–¡No, no, no, sino te los estoy dando para eso, cabrón! Es para que lo guardes! le recriminó el licenciado, señalándole el espacio donde estaba la leyenda.

En la parte superior observamos dos cuartos con muebles de madera de diversos tamaños y dos colchones en el piso con múltiples manchas que a simple vista parecen de orines, así mismo se observa varias prendas de vestir para caballero, dos almanaques, tres cuadros para la pared, una prenda interior de mujer de color blanca y de la talla 42, un bote de crema y un sombrero de los denominados para charros.

Habían estado ahí toda la tarde. Empezaba a obscurecer. Con su mano puesta en la barbilla, el licenciado Picos Corro observó en silencio al “Diablo”. Nadie perdía detalle. El licenciado Picos Corro dio la orden: “Ni hablar mi buen, le sentenció, te vas a tener que ir con nosotros “.

Seguidamente, el suscrito ordena que el cuerpo sin vida sea trasladado al departamento de Medicina Legal de esta ciudad, a fin de que los C. C. Peritos Médicos Legistas de la adscripción practiquen la autopsia correspondiente y dictamine las causa que originaron la muerte del hoy occiso, para ello se ordena girar atentos oficios a los mismos para todos los efectos legales a que haya lugar.

Afuera ya estaba un carro de medicina legal. El licenciado desenfundó su celular. Maldijo: se le había descargado. Se aproximó al teléfono de la casa y al descolgarlo, se percató que la línea también estaba muerta. La bocina, sin embargo, estaba impregnada de perfume, de perfume barato como los que él acostumbraba a regalarle a las putas que metía de vez en cuando a su oficina. Entonces, como si se topara con la punta de la madeja, jaló con fuerza el cable y lo enrolló en su mano. ¡Asegúralo!, ordenó al secretario, sin voltearlo a ver. Lo que sí vio fue la colección de discos que estaban apilados encima de un buró. Se fue sobre ellos y acercó su vista miope a los acetatos llenos de polvo y telarañas. Al levantarlos cayó una foto de cámara instantánea. En ella aparecía el “Diablo” abrazando a una mujer y la mujer abrazando a un enorme chango de peluche. Él, con traje de charro de color verde y un desodorante de bolita agarrado como micrófono. Su brazo izquierdo apergollaba con fervor el cuello de la mujer como si le fuera a aplicar una llave de lucha libre. Ella, de sonrisa plena, pestañas postizas y nariz aguileña, rodeaba la cintura de él con su robusto brazo, la mejor muestra de su rolliza complexión. Al reverso, donde ya fisgoneaba el licenciado Picos Corro, una dedicatoria: “Mari conserva por siempre esta fotografía PARA QUE QUEDE ESCRITO EN EL CIELO PARA QUE QUEDE ESCRITO EN EL MAR QUE QUEDE ESCRITO EN TU MENTE QUE CADA DIA YO TE QUIERO MUCHO MAS… ATTE. EL DIABLO.

Abajo, con la tinta barrida, una fecha y un garabato.

“Como que el Diablo no se la pasaba muy solito”, aventuró a decir el licenciado. Tres agentes se acercaron disputándose la foto pero el secretario ya la tenía en sus manos. Tomó nota, describió las características de la fotografía y la guardó en la bolsa de su camisa.

El licenciado Picos Corro, riéndose como para sí, se paró frente al “Diablo”. Se le acercó, lo tomó del mentón ya endurecido y subiendo el tono de la voz, lo llamó a cuentas: “Haber pinchi Diablito, dime tú ¿quién chingados es doña María Castillo?” Y pegó un manotazo fuerte en la mesa de centro.

–¡Es mi comadre!, gritó doña Paula, quien estirando su cuello como lagarto, asomaba su único ojo bueno por entre la rendija de una ventana.

Uno de los agentes fue tras doña Paula y la metió a la sala. La sentaron frente al “Diablo” y sin decirle nada, pusieron la foto frente a ella. ¡Es mi comadre! ¡Es mi comadre! Gritaba orgullosa, viendo al licenciado Picos Corro…y el otro…el otro es Cuco Sánchez, precisó ya con voz más baja. Los demás se voltearon a ver y menearon la cabeza. “Señora, Por favor! Esto no es un juego, déjese de chingaderas! exigió el licenciado Picos Corro y de inmediato ordenó que se la llevaran. Se acomodó sus lentes, apagó el tornamesa y salió atrás de los demás.

Doña Paula lleva casi todo el 6 de octubre en la oficina del licenciado Picos Corro. Después que a media mañana se le garantizó -sólo para convencerla- que sería un testigo protegido, no ha parado de hablar. Insiste en que el difundo se llamaba Cuco Sánchez y que su comadre nada tiene que ver con el fallecimiento. Pide algo de comer y el licenciado le da una torta de las que vende su secretaria. Afuera, un grupo de mujeres se hacen acompañar de dos abogados y exigen la inmediata liberación de doña Paula. Dos agentes judiciales le cierran el paso y piden refuerzos. Una de las mujeres, vigorosa y de basto maquillaje, da un paso al frente y es lacónica: díganle al licenciado que soy doña María Castillo y vengo a declarar.

Siendo todo lo que se desea hacer constar se da por terminada la presente diligencia la cual firman para su debida constancia el suscrito JUAN GABILONDO PICOS CORRO, AGENTE SEGUNDO INVESTIGADOR DEL MINISTERIO PUBLICO DEL FUERO COMÚN Y SECRETARIO DE ACUERDOS con quien legalmente actúa y da fe—- FOJA 4

Doña María y sus abogados hablan a solas con el licenciado Picos Corro. Doña María le dice que fue ella quien llamó a la policía. Lo hizo desde la propia casa del “Diablo”.

”Yo traía llave de la casa (pausa) y esa tarde (sollozos) abrí despacito para darle una sorpresa, fue entonces que me lo encontré en el sillón bien muerto (llanto) Me había dejado este recado en la mesita de centro (más llanto):

“María: perdona que te agarre las pastías pero lo que escuché en la tele no lo boy a soportar. En la mañana se murió mi tocayo y si él se murió yo también. Cuida la colección y si bienes ahora apagas el tocadiscos y te bas de aquí pa que tú no batalles conmigo. Si puedes dile a alguien que en mi entierro toquen canciones de él.

Te boy a querer siempre.

José Refugio Sánchez E.

Silencio total. Luego, el licenciado Picos Corro invitó unas sodas y él mismo quiso ir por ellas. Al salir se encontró con el jefe de servicios periciales que le traía los resultados de los exámenes practicados al cadáver del “diablo”. Los recibió y se alejó de la oficina malentonando una canción…

*Abogado y escritor. La Paz Baja California Sur/Hermosillo.

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