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Poesía y monumentos

Por domingo 25 de diciembre de 2011 Sin Comentarios

Por Víctor Roura*

1. Este 2011 fue un buen año para la poesía. La Fundación Grupo Anjor AC, que encabeza el ingeniero Carlos Antonio Sosa Valencia —quien hiciera resurgir La Voz del Norte, el único periódico cultural semanal que se imprime en la República Mexicana, y con distribución gratuita—, ha impulsado una nueva colección poética, intitulada “La Furia del Pez” (de la cual a su vez ya nació una ramificación suya: “Indócil Ballenato”, para las fusiones versadas, de la que se desprende ya un primer libro de la poeta Lina Zerón, la autora mexicana más traducida en el mundo), que a la fecha ya posee cinco títulos: Pero no odas (Aforismos, epigramas, sátiras, elegías…), de Juan Domingo Argüelles; Boca diminuta, de Víctor Roura; Nina, de Eusebio Ruvalcaba; Almendranada, de Carlos López; y La risa del ahorcado, de Eduardo Monteverde. Los volúmenes son publicados por Ediciones del Ermitaño, que completa el costo de la producción. ¿Por qué poesía? Precisamente porque es el género literario que mejor condensa los conocimientos y los sentimientos del hombre. En esta paradójica época de alta tecnología y descubrimientos electrónicos pervive, con luz propia, la ignorancia. No sólo hemos sido testigos de traslapos y confusión literarios por parte de políticos que aspiran a los máximos cargos en las administraciones públicas del país, sino los vivimos —casi como asunto natural— a diario con las figuras de la televisión, que son, a final de cuentas, los ídolos del mexicano común. Pareciera que la inopia, la distracción, el desconocimiento, la abulia, el analfabetismo, la torpeza y, en fin, la próspera incultura son factores tan cotidianos que pasan ya inadvertidos: ¿a quién le va a importar que un secretario de Educación, como el que ejerce en la Ciudad de México, no esté enterado que el autor de Cien años de soledad no es Mario Vargas Llosa sino Gabriel García Márquez?, ¿o a quién le va a importar, por Dios, que el “académico” Víctor García, que llena auditorios y palenques en todo el país gracias al trampolín mediático de TV Azteca, crea que el autor del cuento infantil “El patito feo” sea Hans Christian Dior y no Andersen?, ¿o a quién diablos le va a importar que Enrique Peña Nieto confunda a Carlos Fuentes con Enrique Krauze, o viceversa? Minucias, dirá la gente. Minucias sin importancia. Que la cultura es una práctica que puede posponerse. No la codicia, pues ésta es prioritaria. ¿Qué político ha mostrado en la última década algo de sensibilidad hacia las circunstancias culturales? Por eso, sin duda, admiro estas iniciativas como las del ingeniero Sosa Valencia: el empresariado, por supuesto, también tiene obligación —si está circunscrito en su entorno social, evidentemente— de mirar hacia la cultura, porque mirándola está a su vez atendiendo las necesidades de su población. Que no están basadas, ¡qué falacia!, sólo en las cuestiones básicas circenses y alimentarias. Tal como lo creen ciertas autoridades políticas, al fin y al cabo desilustradas… como en Monterrey, donde ahora, según la promesa de un alcalde local, será levantada una estatua del Tuca Ferreti por haber llevado a Los Tigres al campeonato de la liga nacional después de 29 años de ayuno futbolístico. ¡Un monumento! ¡Por haber llevado al triunfo final a una oncena del balompié en un torneo mediocre, como lo es el mexicano, donde el campeón puede ser cualquiera debido a las asombrosas y vergonzosas altas y bajas con que se juega este deporte en el país! Pero no hay, ni quien lo piense, una estatua a un poeta en esa entidad (¿y en dónde sí?). ¿Por qué, entonces, crear una colección poética y no, digamos, un estadio de futbol? Porque la intención no es enajenante, sino provechosamente cultural: nada como la poesía para crecer en lo hondo al interior de la humanidad.

2. “Anoche soñé tu nombre / amanecí encadenado / con toda la noche a cuestas // Reíste mucho cuando nos despedimos / yo sigo sonriendo / la sonrisa es una subrisa / lo que está debajo de la risa / y qué de temblores da que no se ven ni se mitigan // Y tu risa / todavía la oigo / envuelta / enloquecida / en la mortaja de lo incierto // Cuánto / cuánto pesa la noche”. Es Eduardo Monteverde el autor del anterior poema. Cuánto, cuánto pesa la noche, sí, cuando una risa se nos ha quedado a borbotones en el cuerpo. Y, sí, que haya futbol. Y que haya pop. Y que haya telenovelas. Y que haya payasos en noticiarios que se dicen críticos del sistema social, aunque nadie lo crea. Y que haya vedetes de sonrisas cándidas para hacer caer rendidos a los políticos. Y que haya vulgaridad en los emporios mediáticos que con eso se alimentan sus acaudalados dueños. Pero que haya también poesía. Por qué no. Que brote en las ciudades, en los campos, en las urbes. Que no deje de haber poesía, aunque uno o dos poetas, hundidos de dolor por la vida, dejen de escribirla. Que no faltará quien venga a continuar escribiéndola.

*Periodista y editor cultural.

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