Nacional

Amor y desinterés

Por domingo 11 de diciembre de 2011 Sin Comentarios

Por Víctor Roura*

1. Pongamos que era una fría noche y yo la esperaba en un decadente bar, pero los minutos transcurrían con una exasperante lentitud. No sabía, por supuesto, que ella, en una última decisión, había determinado tomar mejor otro camino sin consultar a nadie, mucho menos a mí, su arrojada resolución. Así que mientras ella se iba hacia quién sabe dónde, yo la esperaba inútilmente, desolado, bebiendo un envejecido ron. Pongamos que era una fría noche porque no recuerdo con precisión la temperatura. A la tercera copa, y con la certeza de que ella no vendría, quizás dos horas después se me unió, con mi debida aquiescencia, a la mesa algunos colegas que, según adujeron, no querían verme morir solo. Con ellos compartían las bebidas dos mujeres a quienes no conocía, una de las cuales se prestó, presurosa y caritativa, a hablarme de los desamparos y abandonos amorosos. Después de la medianoche fui invitado a continuar la velada a la casa de uno de los periodistas, que subrayaba el honor, por demás inmerecido para mí, de alojarme en su hogar. Ahí, en ese diminuto departamento, recuerdo con vaga concordancia que alguien se puso a tocar la guitarra (nunca falta un trovero con las ganas de hacer llorar a su improvisada clientela) y la mujer, que no se separó de mí ni un momento, me cantaba al oído las piezas que cantaba el improvisado juglar en resonante voz. Las bebidas prosiguieron en generosa cantidad. No faltaban refrescos, hielos ni botana. Parecía, el departamento, una cantina excelentemente equipada. Cuando la mujer me pidió que le quitara la ropa, me percaté, como en una visión enturbiada, que ya no había nadie a nuestro alrededor. Sólo estábamos los dos. Amanecía. Los fugaces rayos del sol se metían con timidez por entre las delgadas cortinas. Yo no pregunté por los otros. Cuando la mujer se despojó de la blusa, yo comencé el relato de mi amor por la que me había dejado solo en el decadente bar. La mujer, ya sin el brasier, úni camente me miraba a los ojos. Yo le hablé, entonces, de las sinrazones de su ausencia. La mujer me tomó de la mano y se la llevó a su pecho desnudo. Me preguntó su nombre. Yo se lo dije. “Hagamos de cuenta que yo soy ella –dijo, inesperadamente–. Nómbrame así. Me hubiera gustado llamarme así. Llámame con ese nombre cuando me hagas el amor”. Se puso de pie, se quitó la falda, las medias negras, me dio la espalda y fue junto al modular. “¿Qué música le gusta a ella?”, preguntó. Nunca hubiese esperado una pregunta semejante. “Probablemente Clapton”, dije. Puso un disco de Eric Clapton y, desnuda, se acercó lentamente a mí. Yo le dije que necesitaba otro ron. Tomó mi vaso, lo dejó en el suelo y acercó su rostro al mío. Sus ojos estaban muy lejos de ser los ojos de ella.

2. Pongamos que era una noche fría de diciembre y yo la esperaba donde siempre, pero ella, de último momento, tuvo una mejor oferta en otro lado vaya uno a saber con quién y yo me quedé, digamos tiritando de frío, a la espera de quien nunca llegaría. Entonces caminé y me introduje, tal vez dos horas después, al bar donde el buen Chucho me servía generosamente las copas que yo le pidiera. Seguramente me vio entrar con la cara hasta el suelo porque, presuroso y también compungido, me atendió con un urgente ron doble y unas cuantas gotitas de limón. Tuvo la atingencia de sentarse a mi lado y, luego de cruzar su cálido brazo en mi espalda, preguntó cuáles eran esta vez mis cuitas. “No me digas que es la misma mujer”, cuestionó. No quise decírselo porque el buen Chucho me regañaría. “Qué no daría una mujer que yo conozco por estar ahorita aquí sentada contigo”, decía, una y otra vez, y yo sabía que lo decía para animarme aunque él aseguraba lo contrario. “Qué no daría la mujer”, decía. “Vengo de una ausencia”, dije, pero Chucho algo habrá notado de resquebrajamiento que guardó silencio no sé cuántos prolongados y tensos minutos, luego de los cuales se levantó con firmeza para aseverar que ya bastaba, que esta vez sólo necesitaba hacer un llamado telefónico. Lo vi levantarse y dirigirse hacia la barra, hablar por teléfono, servirme otro buen trago de ron y volver hacia mí con una ancha sonrisa. “Qué no daría esta mujer por estar aquí contigo”, dijo, y me dejó solo. Yo me preguntaba dónde estaría ella y con quién en ese momento. No le hubiera costado nada decirme fíjate que no puedo verte esta noche, lo siento pero tengo otra cita mucho más importante, es imposible porque me espera mi amante o decir francamente ay mejor llámame otro día, pero no, nada de eso, sólo dijo cómo no, encantada, nos vemos alrededor de las nueve de la noche, ahí nos vemos, adiós. Volvió Chucho con la tercera copa y de la mano de una bella mujer que me miraba fijamente. Me puse de pie para saludarla, pero Chucho dijo que continuara sentado porque la mujer, si yo lo permitía, me iba a acompañar hasta que el bar cerrara sus puertas. Chucho, sin esperar respuesta, jaló una silla, muy cortés, para que la mujer tomara asiento y, luego, él también se sentó. La mujer tomaba tequila. “Esta mujer qué no daba por estar bebiendo un trago contigo”, me dijo Chucho, y yo la miré como no queriendo y vi que sus ojos no dejaban de mirarme con intensidad. Chucho se levantó para continuar trabajando y la mujer me preguntó si no me incomodaba. Negué con la cabeza. Empezó a hablar de literatura y de Andreiev, específicamente. ¡Una lectora de Andreiev! Pongamos que era una fría noche de diciembre porque no preciso bien la temperatura, pero en la madrugada, acaso por las bebidas, comenzaba a hacer un poco de calor. Me preguntó si tenía algo qué hacer porque le encantaría, así dijo, le encantaría enseñarme su biblioteca. Nos despedimos de Chucho, que se alegró de vernos partir. Fuimos en su coche hasta su casa, pero en el camino todavía nos bebimos, cada uno, una vigorosa copa que el buen Chucho nos dio para aligerarnos la ruta. Ya en su hogar me mostró su abultada biblioteca. Vivía sola la mujer, divorciada, daba clases en una universidad privada, danzaba en un ballet contemporáneo. Me sirvió una copa de ron con unas cuantas gotitas de limón. No sé cuántas horas después ya estaba bailando para mí, en su exquisita ropa interior, de puntitas una pieza de Beethoven. Me preguntó si no estaba a gusto. “¿Por qué te miro como distanciado?”, interrogó. Dije la causa. Ella no había asistido a la cita. Me preguntó su nombre. Se lo dije. Me preguntó si ella había bailado para mí alguna pieza de Beethoven. Dije que no. Se puso de pie, se despojó de su ropa íntima y volvió a bailar esta vez bajo un fondo de Mozart. Yo fui a la cocina por otro trago de ron. Amanecía, apenas. Mientras yo pensaba en ella, la amiga de Chucho, con los ojos cerrados, bailaba desnudamente para mí, pero yo, su espectador privado, me hallaba en otro sitio, distante, pensando inútilmente en ella, pensando que a veces tenemos la oportunidad de conocer tal vez el verdadero amor y lo dejamos pasar por nuestro rabioso empecinamiento, por querer a alguien que, a su vez, se empecina en no querernos.. Y cómo quiere uno a quien no se deja querer. La bailarina, finalizado Mozart, se acercó lentamente a mí. Y era, sí, bella, quizás más bella que la mujer que rondaba escandalosamente por mi cabeza.

*Periodista y editor cultural.

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