Estatal

La crónica lacónica

Por domingo 27 de noviembre de 2011 Sin Comentarios

Por Joel Isaías Barraza Verduzco*

Ramón Bernal sentado cerca de la ventana en la esquina noroeste de su cuarto en el hotel Jesús Malverde, mirando hacia las tupidas y verdes colinas en el sureste de La Campiña. El día se despide con rapidez. Enciende un Carmencita sin filtro y escucha el largo, lúgubre y triste silbido vespertino del Tacuarinero envejecido pero aun corriendo en su trac, trac, trac. Ramón ha crecido escuchando este triste aullido vespertino mucho antes de la creciente del rio de sangre actual. El tren de la tristeza le llamaban los lugareños, o el triste lamento de las viudas. Todos los días a las 6:54 el rojo trinche del diablo se enterraba un poco más en las oscuras almas muertas de la ciudad. Este Ramón Bernal había comenzado a creérselo, esperando el largo silbido pero nunca preparado para ello. Siempre lo tomaba por sorpresa.

Estar esperando a Eva nunca era fácil para él. Cuando niño Ramón había muchas veces acompañado a su padre Peregrino en sus vueltas por los bares de El Barrio. Mientras el viejo bebía y se emborrachaba Ramón esperaba sentado en los talones viendo a los parroquianos y siendo visto por ellos mientras jugaba al ahorcado con un trozo de rama sobre el polvo del suelo. Algunas veces los muchachos más grandes le buscaban pelea y Ramón tenía que escabullirse regresando después como gato furtivo, esperando que su padre no se hubiese ido dejándolo sólo en el terreno. Las borracheras de Peregrino casi siempre terminaban en una riña grotesca y desigual. La imagen de su padre que mejor recordaba -que murió de una puñalada en el pecho cuando el tenía diez y seis años – era el rostro de Peregrino saliendo ensangrentado entre las batientes puertas bandera de la última cantina. Ramón siempre les dijo a los que morbosamente preguntaban, que su padre se había muerto de un ataque al corazón. Pero nunca les dijo ni por asomo ni tentación, que el corazón de Peregrino había sido abierto por el tajo certero de un “coyote” borracho, en la pista  de baile del salón Luna Azul, en la calle principal de la zona de tolerancia.

La mamá de Ramón, Cuca Rocha, había muerto de mal de costado cuando el plebe tenía solo cinco años. Apenas y si la recordaba. Peregrino, que se alzaba flaco y correoso como un metro ochenta sobre el suelo, con las botas puestas, fue un reconocido fajador en las toreadas de los ranchos de los alrededores. Su mejor faena con toretes sin despuntar fue en las ramadas de La Campiña mucho antes de que el alcohol se lo acabara. Peregrino se hizo duro jineteando toretes que derribaban a los jinetes que luego rodaban por el suelo, y algunas veces terminaban pisoteados, pero que a él difícilmente lo tiraban. Esto a partir de que cumplió los diez y siete. Cuando no estaba encima o enfrente de las bestias, Peregrino trabajaba de albañil o en empleos poco usuales. Ramón se las había arreglado por su lado desde la muerte de su padre. Hasta su enamoramiento perdido de la Eva Quintero el no había tenido ataduras ni dependencias. Pero aquí estaba otra vez.

Tan pronto como los últimos rayos de luz fueron eliminados del tropical y sangriento horizonte, dos sordos golpecitos secos y casi silenciosos entraron desde el corredor de afuera del cuarto de Ramón. Escuchó como si un costal cayera golpeando sobre el piso, algunos suaves pasos y después… nada. Ramón permaneció en el mismo lugar en donde estaba. El cuarto a oscuras. Sonó el teléfono. Ramón se escurrió hasta la mesita al lado de la cama y levantó el aparato.

“¿Si?”
“Soy yo chulito, Eva”
“¿De donde llamas?”
“De La Casa. Escucha, solo tengo un minuto. El Rojo salió al medio día, regresa por la noche. He oído y también me han dicho que dentro de dos días se van e encontrar en este sitio “mañosos” de todas las familias. Y viene a cuento que el Rojito es el que recoge los billetes para luego trasladarlos a donde tú ya sabes. Entonces hay que pegarle al Rojo antes de que se junte con los otros que son los más pesados.”
“¿Y cómo?”
“Mañana en la noche usted y yo lo vamos a tomar prestado de sus meritas manos. Quiero que te aparezcas en La Casa apenitas caiga la media noche. Pretende ser un cliente.”
“Eso no se me hace difícil.”
“Les dices que quieres a la chica más cara de la noche. Esa voy a ser yo.”
“Eso lo tengo bien claro.”
“Y entonces yo te digo lo que sigue cuando estemos a solas y muy juntitos.”
“Ya siento que está duro esperarte tanto.”
“Ahora tengo que colgar chulito. Yo también te adoro.”

Ramón esperó que colgara para después hacer lo mismo. Luego, caminó despacito hasta la puerta sin encender la luz del cuarto. Casi sin respirar escuchó por un buen rato antes de abrirla. Un cuerpo recostado yacía sin moverse sobre la parte alta del cubo de la escalera. Ramón miró por todos lados. El pasillo estaba escueto y en silencio. Se acercó al quieto cuerpo con cuidado, preparado para cualquier sonido y movimiento. Con el mismo cuidado se agachó sobre aquel cuerpo inerte solo para reconocer el cadáver de un sicario muy joven pero ya conocido, “la Chucha cuerera”. Dos perfectos y pequeños agujeros le habían dejado sobre la poca frente, sin duda desde un arma silenciosa del 22 o del 25. Delgados hilos de sangre aguada le brotaban desde los redondos hoyitos hasta las baldosas del piso. “Otro perrito que muerde el polvo,” dijo en silencio.

Ramón Bernal se regresó a su cuarto y cerró la puerta sin hacer ningún ruido. De repente sintió un piquetito enchiloso y molesto en las costillas derechas, hizo un gesto muy de él como si fuera mueca y parpadeó tres veces. Luego dijo quedito: “Este no es precisamente el lugar donde quisiera criar a mis hijos, si es que llego a tenerlos.” Y se sentó con mucho cuidado sobre la cama mirando a la ventana.

*Archivo Histórico General del Estado de Sinaloa.

Y al fin reina el silencio.
Pues siempre, aún sin quererlo,
guardamos un secreto.
(Gabriel Celaya)

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