Nacional

De cuando decidí no importunar a Octavio Paz

Por domingo 20 de noviembre de 2011 Sin Comentarios

Por Faustino López Osuna*

Hacia 1989, cuatro años después del terremoto de 1985 y de terminar mi etapa de empleado en la administración pública federal como secretario particular de un subsecretario de Estado, sobrevivía en la cesantía en la ciudad de México, con trabajos por tiempo determinado, para abocarme a promover mis canciones, cosa que me vi obligado a suspender desde 1981 en que Luis Pérez Meza, en Culiacán, me había grabado seis temas con la Banda Tierra Blanca. Pude resistir gracias a amigos, como Jesús Monárrez, que me brindó hospedaje, y Mario Arturo Ramos, quien me invitó a colaborar en la Sociedad de Autores y Compositores de México, en el área de fonomecánica y me orientó para que me cambiara de domicilio, del viaducto Miguel Alemán en la colonia Roma Sur, a Paseo de Reforma e Insurgentes, en la colonia Juárez, justo en un edificio de rentas congeladas.

Ahí me sucedieron infinidad de experiencias, como la de haberme encontrado inesperadamente, en una ocasión, con el mismo papa Juan Pablo II, de la que ya he dado cuenta. Aunque pobremente, me daba el lujo de levantarme casi al amanecer los domingos, para arreglarme e ir a desayunar, por ejemplo, a Sanborn´s del Ángel de la Independencia. El plan consistía en comprar La Jornada y Proceso, y en el restaurante del segundo piso que da al hotel María Isabel, leer tomando el primer café, desayunar tarde y continuar leyendo, hasta cerca del medio día, cuando ya se habían retirado casi todos los comensales mañaneros.

Cierto domingo, de fresca luz otoñal, llevé hojas en blanco y decidí escribir poesía. Serían alrededor de las once de la mañana cuando, al hacer un alto en mi versificación, levanté la mirada y descubrí a tres mesas de distancia de la mía, a Octavio Paz, desayunando las famosas enchiladas suizas de la casa, acompañado por su esposa Marie-José. Vivían a cuatro cuadras de ahí, en un departamento, no recuerdo si sobre la calle Río Nilo. Para entonces, por la importancia y trascendencia universal de su obra poética y literaria, Paz era ya una leyenda viviente de la lengua española. Hacía 21 años que había renunciado como embajador de México en la India, como protesta por la masacre en Tlatelolco contra el movimiento estudiantil del 2 de octubre de 1968. Hacía 39 años que, durante su estancia en el cuerpo diplomático en Francia, en 1950 había publicado “El laberinto de la soledad”, su innovador ensayo antropológico sobre el pensamiento y la identidad de los mexicanos.

Yo había leído ya, desde estudiante de la Escuela Superior de Economía, cuanto encontraba de él en las librerías Zaplana: “Conjunciones y disyunciones”, “Corriente alterna”, “Piedra de sol”, “Posdata” a “El laberinto de la soledad”, etcétera, deslumbrado de su poderosa utilización del español, sobre todo en sus ensayos. Y, de pronto, sin habérmelo propuesto jamás, lo tenía ahí, a escasos tres metros de distancia; situación privilegiada que yo podía aprovechar para abordarlo y expresarle mi admiración por su contribución a la cultura y el agradecimiento de mi hermano Florencio y mío por su actitud en 1968.

Pero algo me dijo que debía respetar la tranquilidad con la que Octavio Paz, de manera por demás apacible, tomaba sus alimentos con su esposa, y desistí de mi intención de abordarlo impertinentemente en esa (jubilosa) primera y (lamentable) última vez que lo vi en persona. Diez y ocho años antes, en 1971, había fundado la revista Plural, que mantuvo hasta 1976, para dar inicio a la publicación de Vuelta.

Al siguiente año de aquel encuentro fortuito, Octavio Paz, poeta, escritor, ensayista y diplomático, nacido el 31 de marzo de 1914 y cuyos padres fueron don Octavio Paz Solórzano y doña Josefina Lozano, recibió, en 1990, a los 76 años de edad, el Premio Nobel de Literatura. Después de su consagración, conservando aún el brillo y el poder de su pluma, dio a la imprenta, entre otros valiosos escritos, “Las trampas de la fe”, sobre Sor Juana Inés de la Cruz y “La llama doble”, sobre el amor y la amistad.

Paz estuvo casado con la escritora Elena Garro, con quien tuvo una hija: Laura Elena. Siendo embajador en la India, en 1959 se unió con Bona Tibertelli de Pisis, con quien convivió hasta 1965. Al año siguiente, contrajo matrimonio con la francesa Marie-José Tramini, su compañera por el resto de sus días. Seis años después de recibir el Nobel de Literatura, un incendio destruyó su departamento y parte de su valiosa biblioteca, siendo trasladado por intervención directa de la presidencia de la República, en enero de 1997, ya enfermo, a la Casa de Alvarado, de Francisco Sosa 383, barrio de Santa Catarina, Coyoacán, en la ciudad de México, donde murió a los 84 años de edad, el 19 de abril de 1998.

Su nombre completo fue Octavio Paz Lozano.

*Economista y compositor.

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Rodrigo Ruiz
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