Nacional

Alas y premios

Por domingo 20 de noviembre de 2011 Sin Comentarios

Por Víctor Roura*

1. Estaba la Trova, pequeño bar que es aquí en Culiacán, inundado de los amigos de su dueña, la artista plástica Sandra Robles, cuando se acerca a la mesa, donde estoy sentado con Marisa Pineda, un amigo suyo, quien le da un beso y se presenta: “Hola —dice—, soy Ulises Cisneros”. Es noviembre de 2002. El nombre, caray, me suena. Lo he oído en alguna parte, pero no puedo ubicarlo. Le estrecho la mano. Me ha saludado con tanta confianza que sospecho que ya nos conocemos, pero mi memoria me está jugando una mala pasada. No lo recuerdo: ni su nombre, ni su rostro. Ya más tarde, unas horas después, cuando la celebración del bar se va apagando, cuando los meseros dicen que ya se acabó el vino, que ya se acabó la cerveza, que sólo quedan refrescos —y eso de qué diablos sirve—, es cuando Ulises Cisneros dice quién es: “En 1990 —precisa—, obtuve una mención honorífica en el Premio Nacional de Periodismo Cultural donde tú estuviste como parte del jurado”. ¡Demonios! ¡Por supuesto! ¡Ya decía yo que por algo me daba vueltas su nombre por los recovecos del cerebro! De súbito se me viene con claridad a la cabeza. Su libro Alas del caballo fue el mejor escrito de la veintena de manuscritos que Guillermo Samperio, entonces director de Literatura del INBA (institución que luego de este fallo difuminara el premio del orbe cultural), me entregó para que determinara cuál sería el ganador, y heme aquí todas las noches leyendo, de cabo a rabo, los volúmenes y no hay vuelta de hoja: sin duda los textos de este sinaloense merecen el primer premio. Hay otros dos también de los estados que no están mal. Que conceptualizan su entorno regional de una manera literaria digna. Pero Alas del caballo no sólo está bien escrito sino nos descubre los intríngulis, y nos orienta en los caminos, de la cultura norteña. Llegado el día de la decisión, nos congregamos en el departamento de Literatura de Bellas Artes, ubicado en la Torre Latinoamericana, los jueces de aquel malhadado galardón: José Carreño Carlón, que dirigía entonces el diario priista El Nacional, un poco antes de que tomara las riendas de Comunicación Social del presidente Carlos Salinas de Gortari; Armando Ponce, desde siempre coordinador de cultura de la revista Proceso; y un servidor. Los conocía a ambos muy bien. Pues bien, Guillermo Samperio nos deja solos a los tres para que cavilemos nuestra docta decisión. Y ahí comienzan los problemas. Ingenuo como a veces soy, me pongo a hablar de todos los libros concursantes, de sus detalles, de las observaciones de los que me parecen los más importantes, del soberbio trabajo literario de unos cuantos. Ambos sólo me escuchan, parecen estar distanciados de todo lo que estoy diciendo. Cuando por fin me resuelvo a señalar el libro de Ulises Cisneros como el mejor concebido, los dos me miran ya con hartura. “No, Roura, el libro ganador es el de Patricia Vega —dice Carreño Carlón—. Ya le toca a esta muchacha. Son buenos sus reportajes”. ¿Qué? Dice Carreño Carlón que cuando vieron que entre todos los concursantes estaba Patricia Vega ya no tuvieron necesidad de leer los demás trabajos. Me asombro. “Está muy mal escrito y mal documentado”, digo a Carreño Carlón. Me repite que yo no quiero a esta muchacha, que me estoy guiando por mis rencores periodísticos. Pero. Armando Ponce guarda silencio. No dice nada. Les pregunto a ambos si leyeron el trabajo del tal Ulises Cisneros. Dicen que no. Para qué. “La ganadora es la reportera de La Jornada —dice Carreño Carlón—. Además, a este periodista de Sinaloa quién lo conoce. Nadie. Su libro no va a venderse. Ya le toca el premio a esta muchacha”. No lo puedo creer. ¿Ya le toca? ¿Los premios son por turnos cíclicos, entonces? Mi indignación crece. Miro desconcertado a Armando Ponce. Le pregunto si está de acuerdo con los decires de Carreño Carlón. Se remueve en su asiento, pero no acierta a definir nada. “No perdamos el tiempo”, dice Carreño Carlón, quien se tiene que ir, ya, a Monterrey, “somos tres, hagamos la votación y asunto resuelto”. Los dos levantan la mano a favor de Patricia Vega y el premio le es otorgado por mayoría de votos. Yo pido que se asiente en el acta mi desacuerdo, pero no se apunta que dos de los jueces no leyeron ninguna otra obra sino sólo la de su favorita. Retirado Carreño Carlón, le digo a Armando Ponce que me siento verdaderamente decepcionado de su actuación y me voy, descorazonado, del recinto.

2. Doce años después de aquel suceso voy conociendo, por fin, al creador de aquel sólido libro Alas del caballo, que hoy es, por cierto, el título de un programa radiofónico que él mismo conduce y donde participa, asimismo, Marisa Pineda, quien escucha la anécdota asombrada de las naturales calamidades y mezquindades periodísticas. Ulises Cisneros ignoraba todo aquel embrollo y, después de escuchar el relato, distingo, apenas, cierta dosis de satisfacción. No tengo ninguna duda de que este periodista fue despojado, en 1990, de un premio que realmente le pertenecía.

*Periodista y editor cultural.

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