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Rubén Vizcaíno Valencia, 7 años de ausencia…

Por jueves 10 de noviembre de 2011 Sin Comentarios

Por Jaime Cháidez Bonilla*

El 30 de junio de 2004 se agotó el cuerpo de Vizcaíno Valencia, no pudo más, tenía 84 años de edad y su au­sencia ha provocado que se escriba, se hable, se le recuerde en distintas ocasiones, en variados foros. Ha sido el promotor cultural más importante de Baja California.
La siguiente es una relación de pensamientos expresados por distintos intelectuales a propósito de la figura del Maestro Rubén Vizcaíno Vizcaíno.

Ruth Vargas Leyva: Se ha dicho que con frecuen­cia los escritores desarrollan un solo tema con múltiples variaciones a lo largo de su obra. En la obra de Rubén Vizcaíno, su obsesión y su pasión es la ciudad de Tijuana. La describió en su más profunda intimidad, en sus calles y sus espacios oscu­ros, en la cotidianidad y en la sensación carnavalesca de recorrerla de noche, de observarla mientras se abo­tonaba el abrigo a la salida del café del Hotel Nelson. La adoptó y, al hacerlo, arrastró con ella sus mitos, sus miserias, la total vulnerabilidad que reconoció y denunció tempranamente: el tránsito de cuerpos que sólo están de paso.

Leobardo Sarabia Quiroz: Quizá su fase más esplén­dida como promotor lo sea su tiempo en la universidad. Animaba grandes proyectos con nada en la bolsa. Sin previsión institucional y con escasos aliados creaba fes­tivales súbitos. Ante la indiferencia de los burócratas urdía planes de congresos o visitas de orquestas. En­volvía a los estudiantes con un activismo tan parecido al de los feroces militantes maoístas que iban y venían por el campus. Acostumbrado al decoro institucional (a severos protocolos que él mismo solía reventar con in­tensidad ácrata) parecía no importarle la indiferencia de los rectores, ni la resentida suspicacia de sus pares de la dirección universitaria. Ahí lo vi, a inicios de los años ochenta, más persuasivo y vital que nunca.

David Monay: A veces sus ideas eran descabelladas, pero se le admiraba su apasionamiento en lo que creía; no importaba lo que dijeran los demás, él se sostenía en sus creencias.

Rubén García Benavides: Era vehemente, imponen­te, pero al mismo tiempo muy accesible. Podía hablar durante horas y no se daba cuenta del tiempo; era esa pasión que tenía por la cultura.

María Guadalupe Kirarte: Indudablemente, Rubén Vizcaíno Valencia encontró en Baja California el ca­mino que lo conduciría a cumplir su misión interior. Descubrió que los temas de la cultura y las artes daban sentido a su vida y que eran empeños existentes en su espíritu. Al dárselos en él, buscó compartirlos, hacién­dolos tema de una política cultural.

Valdemar Jiménez Solís: Vino a revolucionar la pro­moción cultural. Se entregó a ello, fue incansable, un apasionado. Sobre todo, fue un impulsor de los jóvenes.

Mario Arturo Ramos: Rubén tenía una imperiosa ne­cesidad de crear y promover cultura como medio de hacer un hombre mejor y una Tijuana comprometida con el ser humano, este objetivo lo definía, lo acerca­ba o lo alejaba de sus quereres y desataba las fobias que no sabía ocultar la sonrisa a toda vela que esgrimía con absoluta autenticidad; conmigo siempre fue fran­co y amistoso, cordial y enérgico como sólo pueden ser los verdaderos…

Humberto Félix Berumen: Rubén Vizcaíno Valencia y Tijuana. Tijuana y Rubén Vizcaíno Valencia. La Pareja inseparable, la relación no admite dobleces de ninguna clase. Y a Tijuana dedica Vizcaíno Valencia lo mejor de su entusiasmo personal, de su fervor casi mesiánico. Él, en artículos, novelas, obras de teatro, declaracio­nes públicas, acciones múltiples, empresas culturales y educativas, hace suya la causa de la renovación mo­ral de Tijuana. Su misión, tal como él mismo la entien­de, es una sola: dotar a Tijuana de las instituciones culturales y educativas necesarias para acabar con un pasado histórico afincado en la explotación del vicio y la corrupción moral. Desde su perspectiva, cambiar la imagen de Tijuana no es sólo un acto de justicia social sino de estricta moralidad ciudadana.

Gabriel Trujillo Muñoz: ¿Quién sube al ring que él ha defendido por tantas décadas? ¿Quién se atreve a seguir sus pasos? ¿Quién quiere emular a un luchador cultural como don Rubén Vizcaíno Valencia, un cam­peón de puños de acero y corazón de oro? Pero lue­go me tranquilizo: allí sigue don Rubén tan campante como siempre. El luchador vuelto, vendedor ambulan­te de seguros, vuelto orador político, vuelto periodis­ta, vuelto editor, vuelto funcionario cultural, vuelto promotor, sigue con nosotros. En su mirada de profeta aún destella el fuego primigenio, la delirante lucidez de un hipnotizado más por esta península encantada, por el reino quijotesco de nuestra cultura.

Esalí: Hubo quien no lo escuchó, quien se negó ofendido en su vehemencia, quien dio la espalda y le llamó chifladura de soñador o de viejo –a lo Quijote-. Por éstos, siempre habrán los otros; los que sí creen en su pasión por esta madre tierra que se llama Tijuana, los que sí han creído viables sus proyectos, sus sueños, sus utopías materializadas – la Escuela de Humanida­des, por ejemplo.

Jorge Ortega: Siempre quedó en mi mente el cua­dro de aquel fugaz entrecruzamiento personal de 1992. Un Vizcaíno concitando a los jóvenes a escribir poesía erótica, a firmar sus experiencias vitales como un testimonio de paso por el mundo. Un Vizcaíno de carne y hueso, congruente con la fuerza interior que lo animaba, la del erotismo más decantado y esencial, en la vida misma. Torrente, papá Noel, piedra imán. Piedra angular de lo que somos.

*Coordinador del suplemento “Identidad” de “El Mexicano”

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