Nacional

Celebración y poesía

Por domingo 25 de septiembre de 2011 Sin Comentarios

Por Víctor Roura*

1. No todos pueden ser poetas, pero sí todos leer poesía. Es un lugar común, probablemente; como decir que no todos pueden elaborar una bella mesa, pero aun sin ser carpinteros todos podemos sentarnos en torno a ella para degustar el vino con las amistades. Pero, claro, la poesía es un oficio tan distante del de la carpintería, como éste de la repostería o como aquél del reportero. Sin embargo, a diferencia de todas estas profesiones la de la poesía crea en el humano un cambio interior perceptible y duradero. En efecto: puedo comer un postre exquisito o admirar un mueble por su diseño; pero no me harán cambiar mi criterio respecto a la vida, como sí lo puede hacer la poesía. Por supuesto, no todos los poetas son grandes hombres (allí está el caso paradójico de un, digamos, Jaime Sabines quien pidió a su amigo presidente Carlos Salinas de Gortari matar sin miramientos a los guerrilleros zapatistas), como tampoco lo son necesariamente los párrocos, mas poseen, los primeros, el maravilloso don de la palabra (los segundos deberían también tenerla, pero sus discursos luego son analfabetos y prosaicos), que es el instrumento esencial de la humanidad. El poeta es capaz de decir las cosas tumultuosas en dos líneas y no le sobrará ni le faltará, cuando es buen poeta, una sola letra. Porque hay poetas medianos, casi poetas, que se envuelven en las sábanas de la poesía simulando ser oficiantes cuando apenas conocen la práctica constructiva del verbo. ¡Qué difícil es llegar a convertirse en poeta, pero cuán sencillo y transformador es leer poesía! ¿Por qué el mundo se ha violentado, aunque los progresos científicos y tecnológicos han ido en aumento? Porque la palabra, y no hay que echarle demasiado seso a esta cuestión, ha sido recortada, ofendida, humillada, trasterrada. Pongamos atención a los decires de los emporios mediáticos, por ejemplo: la palabra es disminuida, salvajemente insultada, asaltada con vicios ripiosos, ¡hablada incluso con faltas ortográficas! “Yo sólo soy un hombre débil, un espontáneo/ que nunca tomó en serio los sesos de su cráneo./ A medida que vivo ignoro más las cosas;/ no sé ni por qué encantan las hembras y las rosas”, dice bellamente Ramón López Velarde poniéndose en el papel del hombre común, del que no quiere saber nada en torno suyo, del que está olvidado de la palabra, del dependiente de los discursos mediáticos, del que goza —acaso sin saber las razones intrínsecas de su gozo— ser uno más de la muchedumbre. “Una ciudad que lee es una ciudad que piensa”, decía una leyenda en la hoja inicial de un volumen que era regalado a los ciudadanos en el Día Internacional del Libro. ¿Quién lo duda? Lo cierto es que cada vez más las sociedades se van convirtiendo en sociedades auditivas, no visuales: sus habitantes prefieren escuchar, no ver, porque es más cansado prestar atención con los ojos que con las orejas. Y la poesía requiere de ojos, como la música de Lady Gaga de oídos, y, para acabarla de amolar, cada vez más de oídos perezosos, definidos por los discursos mediáticos.

2. Así como nació —en un acto insólito y pluralizador, como lo son todos los nacimientos de publicaciones que instan al lector a zambullirse a sí mismos con la lectura de ediciones bien planeadas— el semanario cultural La Voz del Norte, con el generoso apoyo de la Asociación Civil José Ley Domínguez, que preside el ingeniero Carlos Antonio Sosa Valencia, de la misma manera, y con similar propósito cultural, acaba de nacer la colección poética “La Furia del Pez” (y su derivado “Indócil Ballenato” para las canciones u ofertas propositivas de prosa y artificios verbales), cuyo primer título es Pero no odas, escrito por Juan Domingo Argüelles, distinguido Premio Nacional de Poesía, coeditado por la Fundación Grupo Anjor y El Ermitaño en una fusión que se pretende infinita para la celebración poética, en una empresa que no puedo sino congratularme por el admirable objetivo que se persigue: leer poesía, que es instar al crecimiento individual, que es —a final de cuentas— convocar a la conjunción social: la palabra hace libre, en efecto, al hombre, y lo libera precisamente de la ociosidad y la perversión mediática, que son, pueden ser, las semillas de la execración y la ingratitud.

*Periodista y editor cultural.

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