Estatal

De imaginarios reconocimientos a mis composiciones

Por domingo 11 de septiembre de 2011 Sin Comentarios

Por Faustino López Osuna*

Sucedió hace 18 años, en septiembre de 1993. Era presidente de la República Carlos Salinas de Gortari y gobernador del Estado Renato Vega Alvarado. El caso fue que Gilberto Tordecillas Bagazuma, egresado de mi escuela, la Superior de Economía, del IPN, entonces coordinador estatal de la Dirección General de Estudios Tecnológicos e Industriales, DGETI, de la SEP, al enterarse que por esos días yo había salido del Festival Cultural Sinaloa, me solicitó que le echara la mano como Director del Centro de Estudios Tecnológicos, Industrial y de Servicios 127, de Mazatlán. Entre las razones que esgrimió para que le aceptara su ofrecimiento, contó que yo tuviera la posibilidad de volver a estar cerca de mis padres, de edad avanzada.

De ese modo, al día siguiente de darme posesión, estando en la oficina, hacia las 3 de la tarde, con las aulas solas, grande fue mi sorpresa escuchar que el grupo de danza folclórica del plantel ensayaba un bailable con el son “El San ignacense”, compuesto por mí y que había dejado grabado Luis Pérez Meza, cuatro meses antes de su muerte en 1981, con la Banda Tierra Blanca de Culiacán. Ni el maestro Javier Arcadia, que dirigía a los alumnos, ni nadie en el CETIS sabía de mi relación con el tema musical, ni que habían transcurrido 12 años de su grabación. Menos tenían conocimiento que solamente se hicieron 1,500 copias, repartidas entre los amigos que auspiciaron la producción.

Suspendí lo que hacía y me dirigí hacia donde estaban los ensayos. Saludé y me presenté con el maestro Arcadia, preguntándole cómo había obtenido la grabación, pues no salió con sello comercial ni estuvo nunca en tiendas de discos, informándome que un amigo se la había facilitado. A mi vez lo enteré que yo era el autor y le agradecí que la tuviera incluida en su repertorio. Ese año concursó el plantel en el encuentro estatal anual de la DGETI. En diciembre hablé con el coordinador sobre el problema que representaba para mí que no saliera mi pago después de tres meses. Me recomendó que fuera a las oficinas centrales en el Distrito Federal, donde me informaron que en marzo me pagarían todo lo que se me adeudara.

Manifesté mi intención de buscar otro empleo una vez que me pagaran. Pero las circunstancias que llevaron al coordinador a sumarse a la campaña presidencial de Ernesto Zedillo Ponce de León, otro egresado de mi escuela, me obligaron a permanecer seis años y medio en la dirección y ocho más como docente en el mismo CETIS 127.

Al paso de los años, de vez en vez, fui encontrándome con el maestro Javier Arcadia, fundador y director del Ballet folclórico “Cuicacalco”, en eventos culturales en el puerto, en la escuela de arte Francisco Martínez Cabrera y en espléndidas presentaciones en el Teatro Ángela Peralta. En alguna ocasión me escuchó los versos que escribí para introducir mis canciones en el Cuarto Festival Cultural Sinaloa 1990 y me externó su interés por que los dijera en una presentación de su ballet. Pero, por inesperados contratiempos, nunca fue posible hacerlo.

A principios del año que corre, me enteré que el maestro Arcadia se había integrado a los programas del Instituto de Cultura, Turismo y Arte de Mazatlán. Hace escasas semanas, volví a encontrarlo, siempre con proyectos por realizar, y me comentó que iba a incluir nuevamente “El San ignacense” en próximas presentaciones de su ballet. Le agradecí y le externé que yo estaba grabando nuevas canciones mías, entre otras una salsa titulada “Ven a Mazatlán”, que estaba seguro le iba a gustar.

Al escribir los presentes renglones, caigo en la cuenta de que a lo largo de mi trayectoria como compositor, siempre he recibido reconocimientos a mi trabajo a través de hechos fortuitos que íntimamente yo he traducido como homenajes. Así lo sentí cuando el gran músico escuinapense, Nacho Millán, me platicó de la ocasión en que, estando amenizando gran baile para la comunidad de Escuinapa en Los Ángeles, California, un paisano le dijo entusiasmado que le agradecía que tocara “El Escuinapense” de Luis Pérez Meza. Aunque le aclaró don Nacho que el son era mío, pienso que aquél que lo atribuyó al “Trovador del Campo” lo hizo sanamente y su admiración era una manera de elogiar mi canción.

Otro tanto ocurrió cuando un tío abuelo mío, don Manuel Osuna, nacido en 1892, noventa años después, sin saber que yo había compuesto “El Cosalteco”, al escuchar, en 1982, su grabación, en Aguacaliente, exclamó con júbilo que esa pieza él la había bailado cuando era muchacho. Agradecido por brindarme, sin proponérselo, esa satisfacción, no quise desencantarlo diciéndole que yo la había compuesto. Algo parecido me aconteció con el mismo tema, cuando en 1988, al amanecer de un domingo frío en la ciudad de México, escuché, solitario, en la XEB: “de Faustino López Osuna, Alberto Vázquez interpreta “El Cosalteco”, al tiempo que se intercalaba la cortinilla: XEB, ¡la B grande de México!”

Así podría seguir citando las ocasiones en que he sentido, de manera indirecta o anónima, como un reconocimiento a lo que le he compuesto a mi tierra. Así lo sentí cuando me recibieron con “El San ignacense” en el CETIS 127. Hoy me refiero a ello, agradeciendo humildemente a las circunstancias y a las personas sus homenajes, sin que se tome como elogio en boca propia, porque sería vituperio.

*Economista y compositor.

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