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Carlos Pellicer. Su poesia floral y frutal

Por domingo 28 de agosto de 2011 2 Comentarios

Por Juan Cervera Sanchís*

La luminosa poesía -única y fascinante- de Carlos Pellicer es un canto permanente a lo floral y a lo frutal.

Nos detendremos hoy a saborear con fruición las frutales manifestaciones, a todo color, del huerto lírico pelliceriano. Carlos de América fue un alma golosa, un gozador de la luz y de los frutos de la luz en el espacio detonante y delirante de la vida, que pasa y vuelve a pasar, porque si bien morimos siempre retornamos a nacer, sin importar que ello sea en otros cuerpos y otros rostros y con otros nombres, pues la esencia de nuestra existencia nunca cambia y, al margen de las variantes física, es siempre la misma.

Ese gran hedonista que fue Carlos Pellicer, como buen tabasqueño, amó e idolatró la vida en el color y en el jugo. Supo ver su interior y ser un poético espejo del mundo externo, ya que sin el exterior de ninguna manera existiría el interior. Los frutos de la tierra son parte esencial de nuestras vidas. ¿Acaso tú y yo somos diferentes a una naranja o a una sandía  en cuanto somos frutos pensantes de nuestra madre Tierra? Si nos alimentados, en este intercambio de energía que es el comer, está claro que esos frutos que nos nutren, hablan y siente y sueñan y piensan con, y se podría decir, que no nada más con, sino por nosotros. En la poesía de Carlos Pellicer respiramos ese panteísmo frutal. Su poesía es la voz de las piñas “saludando el mediodía” con “la sed de grito amarillo”. Las uvas son versos redondos, “gotas enormes de tinta esencial”, que se transmutan en bíblicos vinos y que crecen “suavemente por el tacto de cristal”. Frutas y jugos, colores líquidos encendidos y tersas pieles. Y ahí la cáscara de las “peras frías y cinceladas”, que son casi hilos de vidrio en donde se reflejan los juguetones rayos del Sol.

Enorme es la emoción frutal en la poesía de Carlos Pellicer, que penetra en la psiqué de las manzanas y da por sabido que éstas, las manzanas, “oyeron estrofas persas/ cuando vieron llegar a las granadas”. Granadas con dientes de rubí y, de súbito, aparece “una soberbia guanábana” y contemplamos y deseamos a los edulcorados chicozapotes “llenos de cosas de mujeres”. ¿Qué quiso decir Pellicer con esto? Un poco de imaginación y lo sabremos sin ocultar una leve sonrisa en nuestros labios. En nuestro viaje por la poesía frutal de Carlos de América, el rubio universo de “eses” que es cada naranja, se nos abre en miríficos gajos y nos hipnotiza de dicha. Hay una infinita felicidad en la poesía de Pellicer, porque Pellicer goza y nos hace gozar intensamente con cada uno de sus multicolores versos. Versos frutas, versos flores, versos aves. Versos, los de Carlos Pellicer:

“La sandía pintada de prisa/ contaba siempre/ los escandalosos amaneceres/ de mi señora/ la Aurora”.

¡Qué deslumbramiento de sensualidad y de vida se desborda por estas y en estas imágenes frutales donde “el sol ríe la escena de las frutas”! ¡Qué enamoramiento eternamente joven es la poesía del genial poeta tabasqueño, ese poeta capaz de saludar a los colores como un niño cándido y mágicamente sorprendido por la belleza! Alma enamorada de las “granadas delirantes”. Corazón seducido por las “manzanas vírgenes”. Frutal y floral poesía la de Pellicer por donde el tiempo no parece pasar y la vejez nunca llega. Poesía apoteosis. Leer a Carlos de América es volver a ser joven.

No sucede esto con otros poetas cuyos versos y cuyas metáforas pronto se ajan y se convierten en polvo, de ninguna manera enamorado, como decía Quevedo, refiriéndose a otro polvo, muy otro. Carlos Pellicer es el poeta de la eterna juventud, el poeta que supo partir “el fruto del insomnio” y encender “su voz” de frutos y colores. Cantó a las frutas y cantó a las flores en un inmortal discurso del que queremos recordar aquí apenas verso y medio, donde dice:

“Cuando el nopal florece hay un ligero aumento de la luz…” Queda definido aquí el mismísimo Carlos Pellicer, hombre que floreció en este planeta logrando con su poesía que hubiera para todos nosotros, por la gracia de su verbo sin igual, “un ligero aumento de luz”.

*Poeta y periodista andaluz.

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