Nacional

La economía en nuestros días: Coloso fracturado

Por domingo 21 de agosto de 2011 Sin Comentarios

Por Iván Escoto Mora*

Mil veces se han cantado las maravillas de los vecinos del norte y las más lejanas de Europa Occidental. De los primeros se habla, con ojos inflamados de anhelos, del “american way of life” como el modelo a seguir por todo hombre, mujer y niño que aspire a eso que algunos llaman “éxito” y otros, simplemente felicidad. En la declaración de independencia norteamericana (1776) se reconoció como una prerrogativa connatural al hombre, el derecho a “perseguir la felicidad” (pursuit of hapiness).

Un auto ocho cilindros estacionado a la puerta del gran porche de madera californiana, niños corriendo en el jardín, esposa horneando un pastel de zanahoria mientras se disfruta cómodamente el partido de los “Lakers” en el plasma comprado a meses sin fin, gracias a un trabajo pagado por hora y en dólares.

El mundo de las apariencias muestra siempre su mejor rostro, en los Estados Unidos la imagen del progreso es casi emblema de marca, una imagen que vende y vende bien, atrae multitudes que huyen de sus tierras de origen buscando una vida mejor.

Lejanos son los días en que Emma Lazarus (1849-1887) escribió los versos de su “Nuevo Coloso”, soneto que aún se lee bajo los faldones de la Estatua de la Libertad, en la ciudad de Nueva York, lugar en que nació y murió.

La poeta sefaradí hace clamar a la giganta de bronce bajo la voz de una madre amorosa: “Denme a mí sus fatigados, sus pobres, sus abigarradas masas, anhelantes de libre respirar, los miserables rechazados de sus prolíficas costas. Envíen a esos, a los desahuciados, arrójenlos a mí, que yo elevo mi faro junto a la dorada puerta”.

Hoy esas puertas doradas lucen opacas, selladas a piedra y lodo ante una nueva crisis financiera que envuelve al mundo.

En los Estados Unidos, como nunca antes, son millones quienes tienen que vivir del seguro de asistencia alimentaria que dota de recursos a los más pobres para poder adquirir insumos básicos. Al mismo tiempo, reportes de mercado indican que la compra de artículos de súper lujo se ha disparado. Automóviles, zapatos, mansiones y condominios de millones de dólares, son el destino de recursos salidos de las gordas billeteras de quienes saben hacer del empobrecimiento de las mayorías, un negocio resplandeciente. En medio de la desgracia, los gobiernos del mundo “desarrollado” se apuran a recortar, antes que cualquier cosa, todos los “gastos superfluos”. Con rapidez quirúrgica son mutilados los presupuestos para la salud, la educación, la asistencia social y la cultura, en otras palabras, los apoyos destinados a los sectores más vulnerables.

Otra medida recurrente en casos de catástrofe financiera, es encontrar a quién culpar de los excesos producidos por otros. Fácilmente se halla en los pobres, en los que hullen de la miseria de sus países, a los responsables perfectos. A los migrantes -afirman grupos extremistas-, se debe el desfalco de “ésta” y “aquella” nación. Con las crisis financieras, las políticas migratorias se recrudecen ante la ceguera de quienes son incapaces de reconocer la importancia de la mano de obra de los “extranjeros”. Sin embargo, el alcalde de Nueva York, Michale Bloomberg, ha señalado que la política que combate a la migración es un camino hacia el barranco porque, contrariamente a los que muchos dicen: “los migrantes generan más trabajo del que toman”.

Habría que ver los recursos que la fuerza de trabajo migrante genera en los países donde se emplea. Ese “éxito” tan cantado, crece sobre las pisadas de la explotación. El progreso de las naciones “ultra-desarrolladas” se ha construido en los fatigados hombros de los más pobres.

“La agudización de las diferencias precipita los cambios sociales” advierten los economistas. Muchos analistas se preguntan si occidente está en los albores de una “primavera árabe” como la que ha llevado al pueblo en Túnez, Egipto, Libia, Siría, Bahrein, etc., a pronunciarse en contra de la miseria sostenida frente al dispendio y la indolencia de los gobernantes. Occidente convulsiona. En Francia, protestas por el cambio del régimen de jubilaciones, la expulsión de los gitanos y la marginación a que son sometidas las comunidades árabes inmigrantes. En Grecia, se suman en incontables hileras los trabajadores desocupados, ejércitos de reserva que esperan un milagro o un mendrugo de su gobierno, ese que no reparó en gastos para exhibir su reluciente rostro de “éxito” en la justa olímpica de Atenas 2004 y hoy, deja en el olvido a miles de familias.

El pueblo en España, Portugal e Inglaterra también se manifiesta. Los indignados incendian las plazas públicas con gritos demandantes de igualdad, trabajo, seguridad alimentaria. La respuesta oficial es de represión. Los ministros de Estado señalan iracundos que los manifestantes no son sino vándalos, que serán arrestados, etc. Se anuncia el uso de la fuerza pública contra quienes perturben el orden. Con recurrencia, quienes protestan son descalificados bajo el mote de “inadaptados sociales”. ¿Serán “inadaptados” quienes protestan en Inglaterra a unos meses de las Olimpiadas de Londres en 2012?

Dice un viejo dicho popular que “El jardín del vecino luce más verde desde la casa de enfrente”, sin embargo, tendríamos que ver como hoy la crisis alcanza a todos los países del orbe planetario, aunque sus efectos se dejen sentir con mayor gravedad entre los que menos tienen.

Estos días, como muchos otros, en que los colosos financieros se encuentran fracturados, qué madre arropará a los desposeídos, a los desheredados, a quienes tan calurosa bienvenida dedicó Emma Lazarus en 1883: “aquí en nuestras puertas del ocaso bañadas por el mar, se yergue una poderosa mujer con una antorcha, cuya llama es el relámpago aprisionado, y su nombre, madre de los exiliados. Desde su mano de faro brilla la bienvenida para todo el mundo”.

*Abogado y filósofo/UNAM.

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