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Las nuevas ciudades del espacio sinaloenses

Por domingo 31 de julio de 2011 Sin Comentarios

Por Jesús Rafael Chávez Rodríguez*

Los cambios en las actividades económicas que se dan en Sinaloa a inicios del siglo XX traen como consecuencia el desplazamiento de al­gunas poblaciones significativas, abandono de ciudades y construcción de nuevos centros de interac­ción humana, transformaciones culturales y de men­talidad, o bien simbiosis entre ambas, que permite la combinación entre lo rural y lo urbano.

En Sinaloa se produce una coyuntura, la cual consis­te en el desplazamiento de la actividad minera por la agricultura. Espacios situados en la parte serrana del estado, que habían adquirido prominencia a lo largo de la colonia y después de la independencia, incluso hasta finales del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, experimentan efectos decadentes. El agota­miento de una actividad económica y de los recursos naturales trae consigo esta transformación regional.

En la actualidad puede verse que la alargada geo­grafía sinaloense está inclinada, demográficamente, hacia los espacios planos y costeros del estado, y las principales ciudades son Mazatlán, Culiacán, Mochis, Guasave, Guamúchil y Navolato.

La situación de las ciudades antes mencionadas cambió a principios del siglo XX, pues estos espacios no figuraban ni política ni económicamente en el esta­do –salvo Mazatlán, principal puerto regional y Culia­cán, capital del Estado–. Aquellos pueblos incipientes apenas si producían para un magro sostenimiento. Sin embargo, en la década de los veinte y con la economía minera en franca decadencia, la colonización de los valles del centro y norte del estado con su consabido auge agrícola marcan el ascenso de los valles costeros. Es justamente en esta época cuando languidecen los otrora pujantes centros mineros: El Fuerte, Rosario, Guadalupe de los Reyes y el legendario Mocorito.

Según datos del Instituto de Geografía de la UNAM, sobre la distribución geográfica de la población en la República Mexicana de 1962, la población de las prin­cipales localidades de Sinaloa se distribuía de manera siguiente:

En las localidades de la parte serrana del estado, de­dicada principalmente a la actividad minera se percibe un leve descenso en la población y en otros aumentos mínimos: para 1900 El Fuerte tenía 2,096 habitantes y para 1930 pasa a 2,245, Guadalupe de Reyes pasa de 2,541 a 2,245, El Rosario para 1900 tenía 8,448 y para 1930 hay 7,663, en Mocorito de 1,443 pasa a 2,561 habitantes. Estas cifras no se presentan de forma tan alarmante y nos hacen concluir que la decadencia de la minería no se dio de manera abrupta.

La transformación más evidente, en este caso, se observa en las localidades costeras: en Mochis que para 1900 contaba con sólo 517 habitantes, para 1920 llega a 6,649, y para 1930 a 10,004; Guasave en 1900 eran sólo 800, para 1930 su número de habitantes llega has­ta 2,802; Guamúchil que contaba con 522 habitantes a inicio de siglo, para 1930 su cifra aumenta a 3,042 y Navolato, una de las localidades de este tipo más po­bladas, para 1900 contaba con 1,884, para 1930 ten­dría 4,875 habitantes.

Si bien es cierto, el desplazamiento de población serrana a la costa no fue tan grande en este tiempo, lo que hace ver que el grueso de la población que lle­ga a estas formidables tierras para su explotación es de otros estados y extranjeros. Donde más se refle­ja este fenómeno migratorio es en Culiacán, que para 1900 había 10,380 habitantes y para 1930 aumenta a 18,202, y Mazatlán que en 1900 había 17,852 y para 1930 casi llegaba a los 30 mil habitantes.

Los Mochis, Guasave, Guamúchil y Navolato empie­zan a ganar terreno y a convertirse, junto con Culia­cán, en las ciudades con mayor potencial económico. En los municipios costeros del centro-norte del estado fue la agricultura comercial el motor de crecimiento económico, con cultivos como la caña de azúcar, el tomate y el garbanzo, principalmente.

El factor demográfico es sólo el reflejo de la diver­sidad y multiplicidad de fenómenos que subyacen en esta evidente transformación del espacio sinaloense; sin olvidar el de las comunicaciones, con la llegada del ferrocarril; la modernización de la infraestructu­ra hidráulica, con la apertura de tierras de riego; y los diversos cambios institucionales que se dan para el fortalecimiento principalmente de la agricultura.

En la actualidad, basta con voltear la vista a las antiguas ciudades sinaloenses que se encuentran en la parte oriental del estado para darse cuenta que han quedado de cierta manera desplazadas por las ahora ciudades modernas y progresistas que han sabido ex­plotar los valles agrícolas de El Fuerte, de Guasave, del Évora y de Culiacán.

*Historiador/UAS.

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