Nacional

Animales en la lengua

Por domingo 31 de julio de 2011 Sin Comentarios

Primera parte

Por Rozio Reynaga*

Como hablante del español, en lo personal me gusta mucho jugar con el léxico; me gusta hacer oraciones inventando sustantivos, por ejemplo: el enmulamiento de mi sobrino no tiene límites o, voy a ir al encuentramiento con mis amigos; además me place escuchar a mi mamá como improvisa verbos: están toconeando la puerta, el gato raspotea el mueble.

Por lo anterior, considero que uno puede modificar de muchas maneras el léxico, sin embargo, cuando uno lo manipula como en los ejemplos anteriores, se debe estar cons­ciente de que su uso no es el correcto, pues recordemos lo que el lingüista suizo Saussure nos heredó: una de las características de la lengua es que es inmutable y el ha­blante no la puede modificar a su crite­rio. Lo que sí puede suceder es que con el tiempo la lengua se vaya modificando a través de su uso, de generación en generación, de épo­ca en época, pues por ser la lengua un fenómeno social está en constante cambio y por esa razón la lengua llega a ser mutable.

Tal es el caso de las palabras que hemos inventado a lo largo del tiempo que se forman con nombres de animales y parece tan común enunciarlas que ya no hay momento para asombrarnos de lo que hemos he­cho con el nombre de cabra, por ejemplo, que por las características de este animal calificamos a una per­sona que actúa de manera semejante y le decimos: eres un cabrón.

De la misma manera inventamos el verbo arranar o arranarse que se deriva del nombre rana. Conocemos las características de dicho animal cuando adoptan ciertas posiciones: éstas pueden permanecer quietas y pasmadas, aplastadas, postradas en silencio a la es­pera de su presa y así durar largo tiempo; semejante posición o actitud se ha observado en las personas y nos lleva a referirnos a dicho vocablo. Arranarse puede usarse con los diferentes clíticos, es decir, me arrané, te arranaste, se arranó, etcétera. Por su par­te conocemos también el verbo en tiempo participio, arranado, que usamos como adjetivo calificativo, y entonces describimos a alguien así: “el niño arranado no quiere ni levantarse a comer”.

A su vez formamos el verbo cachorear, el cual pro­viene del nombre cachora, con el que se le conocen a ciertos reptiles acá en el norte. Con base en la cos­tumbre que tienen éstas durante el apareamiento, de sus rituales de cortejo, pues el macho encuentra a una hembra y la corteja pasando por encima de ella varias veces y luego alinea su cola con la de ella de manera que se pueda producir el coito, y es por eso que entre no­sotros decimos que cachorean cuando entre una pareja de personas se aca­ricia, se entrega a los placeres de la carne y a la fricción gozosa de diversas partes del cuer­po. También crea­mos el participio cachoreada, para mencionar dicha situación erótica, entonces, usándo­lo como sustantivo decimos: “tuve una cachoreada muy candente”.

Por otra parte, coyotear se forma con “coyote”, este animal astuto que frecuentemente anda solo y es más común escuchar su aullido porque no se deja ver, actúa temeroso ge­nerando sospechas, con evasivas, parece actuar con malicia todo el tiempo. Entonces coyotear, es la ac­ción de comportarse como un malvado, ventajoso, fraudulento o tramposo. Asimismo se vale como pro­nominal y lo utilizamos cuando queremos hablar de una persona que se desenvuelve con temor y decir, se acoyotó. Incluso formamos el participio acoyotado para caracterizar a alguien que es o está temeroso o indeciso y expresar entonces “aquél fulano acoyota­do”. A su vez, en ciertas ocasiones escuchamos el au­mentativo coyotón o coyotona para decirle a alguien miedoso, inhibido o cobarde.

Mientras tanto, enojarse, enfadarse se relaciona con las características propias de una cabra, y por eso inventamos el verbo encabronarse, y nos encabronamos de tal manera que no encontramos otra palabra tan cercana para describir nuestro estado de son suficientes? ¿Crees que haberte fijado en como trabajan los doctores te permitirá ser un buen médico? Lo más probable es que a las primeras de cambio le dañes la salud a alguien o inclusive pudieras cometer hasta un error fatal por que no estás preparado para el ejercicio de la medicina por falta de conocimiento y experiencia.

Lo anterior suena completamente absurdo y ridí­culo, y sin embargo, precisamente de esta manera es como casi todos llegamos al matrimonio, con muchas ganas, con mucho, mucho amor, llenos de sueños e ilu­siones, con grandes planes y grandes proyectos… Por que hasta ahora no he conocido a nadie que me diga: “Mira, me quiero casar para sufrir, para vivir frustrado y amargado y para soportar a ‘esa’ bruja”, sin embar­go si he escuchado a muchos decirme que así es como viven años después de estar casados y que se sienten “atrapados” sin poder zafarse del tormento en que vi­ven. ¿Cómo es que una ‘hechicera’ se convierte en ‘la bruja’? ¿Cómo es que el “príncipe azul” se convirtió en un “sapo verde”?

Traemos además con nosotros un “equipaje” con los problemas de nuestros padres y nuestras familias, nuestros propios traumas, frustraciones y errores del pasado, sumado a nuestro propio orgullo de que somos autosuficientes y de que no requerimos de la ayuda de nadie para salir adelante en nuestra relación.

Nadie nos enseña como ser padres, como ser es­posos, como cuidar a nuestra familia, como educar a nuestros hijos y con nuestra falta de conocimiento y experiencia nos “aventamos” a la aventura del matri­monio, esperando que nos vaya bien.

Si nuestro automóvil se descompone, corremos al taller a buscar al mejor mecánico para que lo repare, si se daña un circuito eléctrico en casa, buscamos a un electricista que arregle el desperfecto, si nos enfer­mamos buscamos al médico, pero si nuestra relación se descompone, llamamos a nuestro mejor amigo o amiga, (Que tampoco tiene la mas mínima experien­cia) en búsqueda de consejo y difícilmente buscamos ayuda profesional.

Mi propósito en esta primera serie de artículos, es el de equipar a lector con herramientas básicas que le permitirán diagnosticar y aprender a identificar áreas que pueden ser mejoradas y que a mediano y largo plazo, ayuden a construir un matrimonio saludable y duradero.

Puedo decirles que cuando yo comencé a estudiar y aprender, me pude dar cuenta de muchos problemas que aparentemente eran con mi esposa y que en rea­lidad eran conmigo mismo. Logré rescatar mi segundo matrimonio que estaba ya de picada y si bien es cierto que no existe matrimonio perfecto y sin problemas, estamos entrando en nuestro doceavo aniversario, aprendiendo cada día un poco más de cómo edificar mi matrimonio y mi familia.

Y hasta aquí el día de hoy, me despido no sin antes desearles una semana llena de amor, armonía y paz. No dejen de buscar el siguiente ejemplar con la continua­ción de esta interesante serie de artículos Pa’ Parejas!

*Periodista.

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