Nacional

Delirio de Raúl X

Por domingo 10 de julio de 2011 Sin Comentarios

Por Juan Cervera Sanchís*

No es la tormenta, no es el rayo, ni la soledad de estas cuatro paredes. Yo ya estaba loco mucho antes. De niño maté moscas y lagar­tijas y ahora me duele la conciencia.

Sí, yo lo sé, los locos sabemos: “No hay más divini­dad que la realidad misma.”

Recuerdo y recuerdo y, el caballo de mis recuer­dos, galopa por los pastizales de mi desesperación. Tengo que alcanzar a mi sombra. Tengo que alcanzar­me a mí mismo. Y pronto.

Recuerdo, ¡ah!, y cómo recuerdo. En Nueva York asesiné mil teléfonos públicos y en Roma quinientas mitras.

Recuerdo cuando en Sevilla estrangulé cien bote­llas como diez mandamientos y dos guitarras angustiadas.

“Amarás a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mis­mo”. Y los niños volaban cometas de esperanza.

Los niños siempre están volan­do, contra todos los malos vientos, cometas de esperanza. Yo lo sé.. Los locos lo sabemos.

No, no es la tormenta ni la llu­via ni la soledad… ¿Qué soledad, Mefistófeles?. Dime, ¿qué soledad? Tú sabes… No, no es nada, ni de aquello ni de esto tampoco.

¿Me explico? Si los ángeles… ¿quién me contó que los ángeles eran buenos? No son buenos, ¿ver­dad? Ellos están fusilando noche y día al noble Lucifer en el paredón de la sangre. Ellos están… y no­sotros somos los únicos espectado­res.

Hay que reconocer que nadie tiene la culpa, ni la anti-materia ni el anti-dios que los sábados, todos los sábados, se emborracha en la cantina amarilla, amarilla, sí, de la Vía Láctea. Pobre Sirio, Federi­co, pues allí ya no hay niños…

Fuimos amigos en tiempo de la bellota y en los días del caracol. Así son las cosas, qué le vamos ha­cer.

El villano triste lo dijo y yo no quise creerlo, pero ahora, ahorita, ahoritita que pasan hambre los ci­preses del camposanto y los hornos crematorios huelen a carne que­mada de inocentes yo sé lo que no sé y lo que no sé es lo que importa verdaderamente.

¡Ah!, sobre todo sé que lo que no hago y tengo que hacer es fundamental. Por algo me llamo cobarde en mis duermevelas.

Sí, sí, tengo que hacer muchas cosas. Tenemos que construir puentes entre la noche y el día, entre lo rojo y lo blanco, entre el fuego y el agua.

Tenemos que enderezar árboles torcidos. Alimen­tar niños. Hace falta ropa, arroz, leche, carne, libros, ordenadores, sueños.

La tierra parece un nido de gorriones sin padres, boquiabiertos. Sí, alguien puede arrojarnos la bomba. Tenemos que impedirlo. Tenemos que impedir muchas cosas urgentemente. Con la mayor urgencia.

Los atracadores nos cercan. Son muy educados. Usan tra­jes, camisas, corbatas de seda y anillos de oro, pero nos rodean como una muralla china. De­rrumbemos la muralla.

Veo crecer enormes multi­tudes de pies desnudos. Ham­brientas multitudes sin un hilo de esperanza al que asirse.

¿Qué hombre o qué niño de pies desnudos me está soñando y pidiéndome ayuda?

Sin duda sucede algo insóli­to, está sucediendo algo insóli­to, alerta. Estemos alerta, por­que…

Sí, muy pronto vamos a ver y oír. Dejaremos de ser ciegos y sordos. Marte está enrojecién­dose más de lo acostumbrado. Cuidado con el monstruo. Mucho cuidado. Aunque Venus sigue te­niendo fe en el Gran Cambio, lo que no evita que los banqueros vivan aterrorizados y Pedro el policía ande pensando quemar su uniforme pues ya no le cabe su carne en él.

Se lo ha dicho a su mujer en secreto y, ésta, en secreto, se lo ha dicho a su amante, Julio el mecánico y, éste, lo anda diciendo por ahí.

Ya nadie sabe si su hijo es su hijo o su padre es su padre. Son muchos los que tienen la sensación de que son unos miserables hijos de puta, lo que no importa gran cosa.

Importa la sangre y la sangre se hace río y el río mar y, el mar, sostiene barcos que navegan y nave­gan, aunque no sepan hacia qué puerto o isla remo­ta.

No, no es para morirse de miedo si de vez en vez naufraga un barco. Los naufragios son necesarios.

Hay extraños peces que tienen hambre de carne de piratas, pues ya se cansaron de devorar famélicos galeotes alimentados con sopa de mazmorra.

En tiempo de los galeotes… En tiempos… No, no hay tiem­po pasado. No hay tiempos. Sólo existe el tiempo con todos sus espejismos.

El mundo está plagado de galeotes. Fábricas, supermer­cados, oficinas, redacciones… Hubo y hay muchos galeotes. Todo está escrito en el lamento de los remos.

Ahí podemos leer una pala­bra clave, palabra que nunca deberíamos olvidar.

Esa palabra que suena con frecuencia en los labios de los locos y que tanto temen los que se autonombran cuerdos.

Palabra que se instala fuera de las trampas de la ley y sus mañosos marcos, como la justi­cia misma.

Palabra que tanto inquieta a los poderosos. Es por eso que no duermen en paz cuidando sus turbias riquezas pues sienten que tras cada esquina, tras cada puerta, tras cada rostro hay un Espartaco cibernético acechando la gran ocasión.

Soplan vientos muy fuertes. Nadie podrá permane­cer dormido ante lo que viene.

Ha llegado la hora. Todos los relojes del planeta Tierra la van a dar al unísono y nadie podrá dejar de escucharla.

Es inútil tratar de esconderse ante su poder ineluc­table. No obstante, cuidado, mucho cuidado, porque el enemigo está decidido a todo y, sobre todo, a morir matando.

Sí, yo lo sé, los locos sabemos, y lo sabemos muy bien, demasiado bien:

“No hay más divinidad que la realidad misma”.

*Poeta y periodista andaluz

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