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El Hombre Lobo en Teacapán

Por domingo 12 de junio de 2011 Sin Comentarios

Por Joaquín López Hernández*

Este no es un cuento de mis­terio como aquellos que solían contar Lenchillo Altamirano o Pablón Her­nández, ni tiene que ver con las aventuras del “Amellado” cuan­do se metía al panteón a cantarle a los muertos. Se trata más bien de un personaje real, de carne y hueso, que a s u avanzada edad no provoca miedo e hizo de Teaca­pán su residencia. Se le puede ver transitar solo por sus calles con luna y sin ella y sin temor a la luz del día a bordo de su viejo Volvo. Lo conocí hace apenas un año, él mismo se presentó como “Hombre lobo”, esto en la tienda de Mari­sa Contreras, hija del “Güero Jo­coco”, donde coincidimos hace un año mientras sonreía y confirmaba “sí le dicen el Hombre lobo”.

El misterioso personaje es una enciclopedia ambulante pues según Marisa “sabe de todo”. Yo encon­tré que ha sido editor periodístico, sus trabajos han visto las páginas de prestigiadas revistas; ha escrito algunas obras de teatro y una serie de libros entre los que destacan al­gunos que han ganado prestigiados premios en los EEUU como el North American Spur Award y cuyas his­torias fueron una popular serie de televisión. Una de sus obras sobre un caballo cojo fue adaptada en Hollywood para una película del oeste con actores de renombre.

El Hombre lobo también cono­ce algo de política pues fue electo miembro de la Cámara Alta en su país natal hasta que lo retiraron, por falta de votos, en 1992. Fue también miembro del mundo di­plomático con el cargo de Secreta­rio de Asuntos Exteriores, miembro del Comité Especial de las Nacio­nes Unidas y representante de su país en la Organización de los Es­tados Americanos (OEA).

En su obra literaria encontra­mos algunas crónicas e incluso novelas sobre Teacapán. En el NY Times (20/XII/1987) cuenta cómo fue que Teacapán le adjudicó su apodo:

“Aquí los apodos se pegan como miel de panocha en un sweater de lana angora. Una vez un vecino como a tres ca­sas de la nuestra se emborra­chó, se quitó toda su ropa y se quedó sentado en la calle con la cabeza recostada en sus brazos. Esto le recordó a alguien, a un co­nejo despellejado. Por quince años le han llamado “Conejo bichi”.

Incluso, hay apodos aplicados a las parejas. Una pareja de ancia­nos quienes son muy altos, delga­dos y de caminar erecto y a menu­do caminan juntos por la calle, les llaman el “Once”.

Mi propio nombre, continúa, es Hombre lobo, escogido, me han dicho, porque tengo pelos gruesos en mi bigote, ojos pálidos y por ser medio nervioso. Mi esposa, que es chaparra y frecuentemente pasea en su caballo por la playa los luga­reños la apodaron “Cuca Playera”.

Otro de los héroes de su relato es Perumbe (sic) (PerrRRROOOm­bay, algo que según él “suena como el acelere de un motor Honda 750) de quien dice que ni en su casa, esto es su esposa e hijos lo llaman por su nombre de pila. También da cuenta de un incidente que tuvo con Lucila, hija de Manuela. Ahí describe la desconfianza de viajar sola con él a Escuinapa luego de que el Hombre lobo se ofreciera llevarla en su coche para que com­prara mercancía para su tienda. Al cuestionar a Lucila sobre sus suspi­cacias, la esposa del Hombre lobo supo que ello provenía de haber observado que a este “nunca lo había visto antes bañado y peina­do…”, de ahí la sospecha de que el Hombre lobo tramaba algo.

Este artículo forma parte de los sucesos cotidianos de las últimas décadas en Teacapán, y que dados los actuales planes del gobierno federal en constituir otro Cancún en la periferia, pronto pasarán a ser parte de la historia del pueblo que una vez fue y que nunca volve­rá a ser igual.

Podemos asegurar que el paso por Teacapán del Hombre lobo es distinto al de cientos de gringos que como él hicieron del puerto su segunda casa, pues además de incluirnos en su obra literaria, su contribución humanitaria alcan­za las dimensiones de una de sus obras y cuya labor quizá pasará desapercibida al no buscar este los reflectores del reconocimiento, quizá por ser parte de su vida ínti­ma. Es a través de su obra que co­noceremos al Hombre lobo, ahí su historia, es a veces ficción que se convierte en premonición; a veces es cuento que luego se transforma en risa.

El nombre de pila del Hombre lobo es Paul St. Pierre, si alguien quisiera localizarlo en Teacapán por su nombre, nadie les dará razón, pero si preguntan por “El Hombre lobo”, es muy probable que digan ¡ah! ¿El Hombre lobo? Sí, vive por allá, cerca de con… (Más apodos).

*Cronista de Teacapán, Escuinapa, Sinaloa

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