Estatal

El chino Cortina

Por domingo 24 de abril de 2011 Un comentario

Por Joel Barraza*

“…íbamos de seguido a casa de Pérez Rubio,
allí hablábamos del hombre y de sus valores,
y a veces de cosas peores.”
B. Gifford – J. Barraza.

“Mi madre me puso así por Chino Cortina, el todopoderoso elegido para sacar a los norteamericanos fuera de Texas, y luego restaurarla para la Unión Mexicana.”

“¿Cuando sucedió?”
“¿Qué mi madre me puso Chino?”
“No, lo de las correrías de ese otro Chino del que hablas.”
“Oh, por allá desde 1840 a los 50. Después de la guerra de invasión de México por “los gringos”.

El Indio era el último de los clientes de la tarde en La Tertulia. Estaba saboreando su cerveza doce, haciéndose de valor para poder contarle al Chino, el cantinero, que hace un rato había visto el rostro sangrante de Cristo en la pared manchada por el salitre de los baños.

“Este Cortina, comandaba una gavilla de liberadores que aterrorizaban a los americanos desde Laredo hasta el golfo de México. El era el chico malo de una buena familia. No sabía leer ni escribir. Los pobres y desposeídos lo adoraban.”

“Ah, ¿como cierta clase de Robin Hood?”

“Correcto. Pues yo nací el mismo día, el 28 de septiembre, que los bandidos de Cortina asolaron la ciudad de río Grande. Saquearon todos los negocios americanos, gritando: ‘Muerte a los gringos.”

El Indio de un sorbo dejó seco su bote. Chino le destapó otra Tecate, se la puso enfrente y dijo,

“Esta es gratis, carnal.”
“¿Y que sucedió después?”

“Se esperaba que sus bandidos atacaran Brazos Santiago y Point Isabel, los lugares de embarque para Brownsville, así que los Rangers de Texas atacaron su campamento. Fue una asquerosa guerra en la oscuridad. Una gruesa neblina hizo imposible distinguir mexicano de americano. Todos disparaban contra todos. Al final los Rangers arrinconaron a los hombres de Cortina contra el río. Entonces la niebla se levantó y los texanos cazaron con sus rifles a los muchachos de Chino Cortina, como si fueran búfalos atravesando el río.”

“¿Y del Cortina ese?”

“Ah, pero el Chino escapó. Se fue para Guerrero, en México, con treinta de sus quinientos hombres. Mantuvo su campaña, armó su nuevo ejército de guerrilleros, y juró luchar por la emancipación de los peones a todo lo largo de la frontera. Cortina organizó otro gran ataque contra Texas en 1861, pero su tipo era de los que golpean y huyen. Murió en 1864. En su lecho de muerte el Chino juró que así sea en el cielo o en el infierno, donde quiera que se encuentren los gringos apestosos, escribirá su nombre a sangre y fuego.”

Mientras los labios de El Indio apenas tocaban el bote de Tecate sus parpados ya se le cerraban, estaba demasiado borracho para pasar el trago y la cerveza le escurrió por el pecho de la camisa.

“Sangre,” dijo. “Hay Dios. Gringos apestosos.”

El Indio dejó reposar su pesada cabeza sobre la barra. El Chino se escurrió y lo dejó estar.

*Antropólogo/ENAH.

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