Estatal

Malecón

Por domingo 27 de febrero de 2011 Un comentario

Por Joel I. Barraza Verduzco*

Estoy en la acera de la esquina de Romero y Verdugo, rumbo al oriente, conversando con JuanJo Ríos, cuan­do llega Galanís conduciendo su blanco vehículo y me subo, y me acomodo mientras nos despedimos del Ríos Vida­les, y tomamos los caminos rumbo a la enigmática ínsula de Quilá.

Pero, ¿cuál será el camino correcto? A mis años, que me hagan esa pregunta me saca de onda y me mueve los transis­tores, así que despacito, ecuánime y tranquilo pienso en voz alta: …lo mejor será coger el camino viejo de Quilá… recorrer­lo de nuevo… inventarlo a medida que lo recorremos, y sin darnos cuenta… casi insensiblemente… ir hasta el fin sin pre­ocuparnos por saber qué quiere decir “ir hasta el fin” ni qué es lo que yo he querido decir al escribir esa frase.

Cuando flotábamos en el paisaje en ese recorrido mágico pero también reencuentro, dejando pasar la película de árbo­les y nubes, de hombres y bestias, de casas y corrales, cultivos y pastizales, arroyos secos y líquidos canales, como calles; y luego la franja de comercios en la carretera y después la vuel­ta a la derecha, y entonces entramos en las angostas calles y frescos portales, en los callejones de la agricultura y… aquí ya no me hacía preguntas, caminaba, nada más caminaba, sin rumbo preconcebido, iba al encuentro…¿de qué iba al en­cuentro? Entonces no lo sabía y no lo sé ahora. Tal vez por eso escribí “ir hasta el fin”; para saberlo, para saber que hay detrás del fin.

Y ya en la sala improvisada como emisora de nuestro pro­grama radiofónico y de la internet, “De la sierra al mar”, en Vida 750 AM del espectro sinaloense de la radio, en donde sa­limos todos los sábados de 13 a 14 horas. Gracias al generoso interés y apoyo del ingeniero Borbón Ramos, un hombre de palabra y fiel creyente de la difusión de la cultura y la educa­ción en todos los medios disponibles, incluyendo los comer­ciales.

Ya rumbo a la plazoleta frente al templo, justo a la izquier­da de la sindicatura y cerca de la cantina Tacuichamona está un templete, y al terminar un gran portón, y al penetrarlo para después terminar dándole la espalda a la plaza y al pue­blo lleno de casas de un gran colorido y puertas de madera con herrajes… tampoco ya sabía si había escogido el camino correcto, hasta que me vi en la sala de transmisión remota de nuestro programa de radio, desde la casa de la cultura de Qui­lá, en el valle del San Lorenzo, mientras en el auditorio adjun­to se llevaba a cabo el encuentro (escaramuza, coincidencia) y la asamblea (congreso, reunión) de cronistas del estado de Sinaloa.

Entre todo este preguntar y responder, adivinar y propo­ner, derribar y construir, acertar, pensar y hablar, pues me lle­gó lo último cuando el profesor Teodoso Navidad me cedió el promiscuo micrófono, diciéndome que ya me tocaban mis primeros tres minutos y, entonces inspiro y respiro, y abrien­do la boca disparo una ráfaga de palabras que narran la pre­ciosa leyenda del descubrimiento del maíz, que leída desde el Códice Chimalpopoca nos dice que… para alimentar a la nueva raza de hombres que los dioses hicieron, con preten­siones de que fueran duraderos y fuertes, tuvieron que buscar un alimento diferente.

Para esto fue Quetzalcóatl, el Dios máximo, el encarga­do de buscar el maravilloso sustento, que mantendría sobre el mundo a una raza de hombres fuertes y perdurables. En­tonces éste se preguntó: “¿Qué comerán los Dioses? Ya todos buscan alimento”. Luego fue la hormiga a coger maíz desgra­nado dentro del Tonacatepetl (Cerro de las cosechas) y, en­contrando Quetzalcóatl a la hormiga le dijo: “Dime a dónde fuiste a cogerlo”. Muchas veces le preguntó, pero en ninguna quiso decirle. Luego le dice que allá (señalando el lugar); y la acompañó. Quetzalcóatl se volvió hormiga negra y la acom­pañó y entraron, y lo acarrearon ambos; esto es, Quetzalcóatl acompañó a la hormiga colorada hasta el depósito, arregló el maíz y luego lo llevó a Temoanchán. Lo mascaron los Dioses y lo pusieron en nuestra boca para robustecernos. Y nos hicie­ron fuertes…” Tal es el origen del conocimiento del maíz.

Hormiga, en lengua huasteca se dice itizis, por lo que posi­blemente fue llamado el maíz, originalmente, iziz-centli, esto es: “Alimento de hormigas”. Pero como se trata de hormigas divinas, también fue llamado, con posterioridad, Teocentli, que quiere decir: ”Alimento de los Dioses”.

No hay que olvidar que otra leyenda, recogida por el padre Olmos, hace nacer al maíz del cuerpo enterrado del Dios Tzin­teotl (¿Teocentli?) quien nació en Temoanchán, que vale por “tierra baja, fecunda, primorosa, paraíso del oeste, lugar del ave y la serpiente, lugar de procreación, del parto, mansión de Dioses, sitio de abundancia colosal”; un verdadero paraíso, un edén.

Fue el naturalista Linné, quien bautizó al maíz con el nom­bre científico de Ze mahís, aprovechando el nombre con que los haitianos designaban al maíz y el vocablo griego que sig­nifica: “Causa de la vida, principio de todas las cosas”. Zea mays.

Que es precisamente lo que el maíz ha sido para el hom­bre americano, primitivo y moderno.

El maíz es el principio de todas las cosas, pero el camino de regreso a Culiacán es el fin de este viaje, pero todo esto termina siendo solo una trampa verbal: ya que después del fin ya no hay nada, pues si algo hubiese entonces el fin ya no sería fin.

Sin embargo, siempre caminamos al encuentro de…aun­que sepamos que nada ni nadie nos aguarda, andamos sin di­rección fija pero con un fin (¿cual?) para llegar al fin. Búsqueda del fin, terror ante el fin: el derecho y el revés del mismo acto: el hilo, la trama, la densidad… y entonces después de que Co­lón descubriera un gran continente en el fin del mundo….el maestro Teodoso me anuncia mis otros tres minutos…y en­tonces el fin se vuelve el principio y en donde al principio fue el maíz ahora será el arroz y también por un milagro de leyen­da, será el trigo…el envés y el revés…

Entonces el conquistador Hernán Cortés, al año siguiente de haber tomado posesión de la conquistada ciudad capital del imperio azteca, la Gran Tenochtitlan, que habría de llamar­se más tarde la ciudad de México, envió pedimento en 1522 al emperador Carlos V para que mandase a la Nueva España: “…labradores con ganados, plantas y simientes para cultivar… y con este despacho partieron de la Vera Cruz, Alonso Dávila, Antonio de Quiñones y Juan de Rivera, y con ellos Diego de Ordáz, según lo asienta en sus Décadas, Herrera.”

El emperador dio orden hasta el año siguiente, de 1523, “…que de La Española se dejasen llevar a Nueva España plantas y crianzas…”, por lo que los primeros ejemplares llegaron a México procedentes de la isla de Santo Domingo, ya poblada y con cultivos de algunas plantas.

Francisco López de Gómara, en su Historia de Las Indias dice que: “…un negro de Cortés, que se llamaba Juan Garri­do,…sembró en un huerto tres granos de trigo que halló en un saco de arroz. Nacieron dos y uno de ellos tuvo 180 granos. Tornaron luego a sembrarse aquellos granos y poco a poco hay infinito trigo”.

La historia y la leyenda dicen que el negro Juan Garrido cuidaba con esmero su huerta, en la que sembraba las prime­ras simientes que iban llegando a la Nueva España y que fue así como, habiendo recibido un día de 1522, un saco de arroz para sembrarlo, encontró en él tres extraños granos amari­llos, que resultaron ser de trigo y los sembró aparte. De los tres granos sembrados, sólo uno prosperó, dando la primera espiga de trigo de México y una cosecha de 180 granos, de trigo fértil. Volvió a sembrar esos granos, que prosperaron entonces todos obteniendo una gran cosecha, de la que par­ticipó a muchos otros sembradores.

Sin ese fin que nos elude constantemente ni caminaría­mos ni habría caminos. Pero el fin es la refutación y la conde­nación del camino: al fin el camino se disuelve, el encuentro se disipa. Y el fin también se disipa.

Volver a caminar, ir de nuevo al encuentro: el camino es­trecho que sube y baja serpeando entre rocas renegridas y colinas adustas, el sabor de sal en los labios resecos… las imá­genes, los recuerdos, las figuraciones fragmentarias, todas esas sensaciones, visiones y semi pensamientos que apare­cen y desaparecen en el espacio de un parpadeo, mientras se camina al encuentro de…

El camino también desaparece mientras lo pienso, mien­tras lo digo.

*Antropologo / ENAH.

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