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Efraín Huerta, El Gran Cocodrilo

Por domingo 27 de febrero de 2011 Un comentario

Por Juan Cervera Sanchís*

Efraín Huerta, El gran cocodrilo

De sumergirse en la vida, de vivirla, es de­cir: de ser vida misma, paso a paso y ser a ser –en sed de libertad y justicia- la poe­sía de Huerta, Efraín, El Gran Cocodrilo, como fuera también llamado y reconocido, tuvo su origen en Silao, Guanajuato.

Su voz universal, su canto siempre fraternal y solidario, tiene su raíz en lo más humano que hay en el hombre. Pensa­mos y sentimos que Efraín es, entre los poetas mexicanos de nuestro tiempo, el más pre­ocupado y comprometido con los problemas que acucian, día con día, a nuestra especie con­tradictoria y desconcertante.

La voz de Huerta, estre­mecedora y diáfana, es en todo momento hermosamente re­belde y solidariamente hermo­sa. Espíritu de vanguardia se alza contra las injusticias y per­sigue como enamorado aman­te la anhelada libertad:

“Por ella, por la Libertad, afirma, el sonido y el aroma/ recuperan la vida, /la flor su es­belta gracia y la nube su frágil elegancia. / Por la Libertad, to­dos los días, se derrumba un perfume/ y un hilo de sangre se convierte en el más ancho río de esperanza”.

La elegancia y la rotundidad del verbo de El Gran Cocodrilo quedan ma­nifiestas en su siempre bella poesía y en la libertad de la palabra –su palabra-vive este Efraín, tan nuestro, y a la vez de todos aquellos –sin importar fronte­ras ni geografías- que nunca han deja­do de creer en el hombre como un ser no alienado, y que están convencidos, pese a todos los signos contrarios, que, como el poeta nos dice:

“Todo el día, todos los días un hom­bre inicia/ un paso hacia la Libertad.”

La libertad con mayúscula, como Efraín en todo instante lo testimonia y afirma. Cantor de la libertad, cantor del hombre no está dispuesto a someterse a ninguna forma de esclavitud.

Con Huerta uno cree en la vida y en el destino de la vida nunca jamás como sometimiento. La vida como un acto generoso de amor.

El término libertad aparece con har­ta frecuencia en sus poemas. Ese vo­cablo, empero, se escribe una y otra vez con sangre. Jamás es una palabra juego, ya que es, sin dudarlo, una decla­ración gestada y nacida en la esencia­lidad del alma y la carne del poeta:

“Son las voces, los brazos y los pies decisivos, / y los rostros perfectos, y los ojos de fuego, y la táctica en vilo de quienes hoy te odian,/ para amarte mañana cuando el alba sea alba/ y no un chorro de insultos, y no ríos de fati­gas,/ y no una puerta falsa para huir de rodillas.”

Rotundo, sí, rotundo es el amor en la poesía de Efraín Huerta. Nada de almíbares. Pero eso, ay, eso sí: el amor siempre está ahí, aunque de repente pueda llamarse odio, porque si Huerta llega a odiar algo es en todo momen­to por amor. Son pues las paradojas del corazón humano. Así en su “Decla­ración de guerra”, que dedica “A la me­moria de Ricardo Flores Magón, muerto en la cárcel por oponerse a una guerra con la Humanidad”. La dedicatoria en sí es un poema y un retrato del Gran Cocodrilo.

Escuchemos:

“¡Heroicos tripulantes del Potrero del Llano,/ astillas de mi patria,/ hojas del gigantesco árbol de mi país;/ del Faja de Oro audaces, valientes cama­radas,/ oíd este rumor, este millón de gritos, / esta viril protesta envuelta en llamaradas!”

Efraín Huerta es nuestro mayor poeta epilírico. En su voz de incendio se matrimonian virilmente lo épico y lo lírico. Es, creemos, de los poetas que, el tiempo, al pasar, irá rejuveneciendo. Tiene el don de la contemporaneidad, que es en mucho el de ser joven ayer como hoy. Puede ser erótico, político, lírico, dulce y agrio. Pero siempre es Huerta. Los es en Kubán o en la aveni­da Juárez. Su recia personalidad es de hecho y en el hecho inconfundible:

“El mar de espigas era un mar de manos/ que pedían más aire ansiosa­mente,/ como unas manos muertas o más vivas que muertas,/ pero terrible­mente mar de espigas./ El mar de espi­gas del Kubán.”

Comparte así la belleza con los co­sacos del Kubán. Comparte y comparte Efraín, ya que lo suyo ha sido y es com­partir. En “El Tajín” canta:

”Entonces ellos –son mi hijo y ami­go- / ascienden la colina/ como en busca del trueno y del relámpago. / Yo descanso a la orilla del abismo, / al pie de un mar de vértigos, ahogado/ en un inmenso río de helechos doloridos./ Puedo cortar el pensamiento con una espiga,/ la voz con un sollozo, o una lágrima…”

En todas partes, este Efraín, tan vivo y tan próximo a todos nosotros, en su poesía, está de par en par abierto y entregado y dándose a manos lle­nas. No sabe, diría yo, hacer otra cosa. El ser humano es su norte y su sur, su este y su oeste:

“En el nombre del hombre, que es la oración más bella…”

Sí, no hay oración más bella que la que protagoniza y proclama nuestra humanidad en mitad de sus constan­tes contradicciones.

La poesía de Huerta, de este Efraín en vilo de horizontes y auroras, tiene mucho de resurrección constante y descansa en el amor. Ahí está su secre­to a voces. Un secreto que crece en luz de amante encanto:

“Crece la hierba, el río, y el ala de la garza/ en la mano de Dios que se des­pide”.

Poeta elegante, cuando quiere ser­lo, como pocos, y fustigador encoleri­zado a veces:

“¡Bandoleros de siempre, arrasado­res/ de América!/ ¡Pisoteadores de paí­ses,/ sangrientos y sanguinarios siem­pre!”

La verdad desnuda y frontal es la regidora de esta honda y alta poesía de Huerta, Efraín, El Gran Cocodrilo, que hiciera su aparición en este mundo el año de 1914 en Silao, Guanajuato, y lo abandonó en la ciudad de México en 1982 donde cantó de esta manera:

“…la Libertad tiene la heroica al­tura del sueño más hermoso/ y la sabia profundidad de la más bella música…”

*Poeta y periodista andaluz.

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