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De cuando el juez Fructuoso Arroyo cayó al arroyo

Por domingo 20 de febrero de 2011 Sin Comentarios

Por Faustino López Osuna*

Tal y como lo hacen los campesinos de todo el planeta desde tiempos inmemoriales, que cantan cuando recorren los caminos de sus ranchos o cuando realizan sus faenas, en mis ires y venires a las distintas rancherías de Aguacaliente de Gárate a recoger el queso del negocio de mi padre, yo también, de niño, a pie o en bicicleta, entonaba las canciones de moda o las que aprendía de mi madre, que te­nía una voz hermosa y muy bien afinada. Hay quien dice que, según la hora, los solitarios le cantan al miedo o para acom­pañar su soledad.

En los escarpados cerros de mi comunidad hay varios arro­yos y, por algunos rumbos, saltos de agua, de enorme belleza en el verano. Pero donde se junta la mayor parte de ellos, ha­ciendo único el paisaje, es en Boca de los Arroyos. Por ahí cru­zan desde el arroyo Hondo, con escurrimientos de las aguas termales de Santa Fe, hasta el arroyo de La Cruz. En medio de la ancha cañada que baja entre una inesperada vegetación selvática con inmensos y sombreados chalates, existen desde que existe la tierra, grandes rocas y, entre todas, una, redon­da, del tamaño de una casa de dos pisos, sobre la que crece vegetación y en cuya base, en época de secas, se represa el agua con una profundidad que alcanza la rodilla, en la que se reproducen charales y camarones de agua dulce. A veces se descubre alguno que otro cauque, como los de los ríos.

En ese tramo recurva el agua del arroyo y, para pasarlo, quien no va montado en asno, mula, caballo o autotransporte, utiliza piedras colocadas por los mismos vecinos, a cierta distancia. Así lo tienen que hacer hasta los que van en bicicle­tas, empujándolas de los manubrios.

En ese punto del arroyo los lugareños cuentan que, su­biendo escasos metros, existe un volcán de aire, que se es­cucha como un respiradero. También hay caleras, en las que, cuando se les arroja agua, se puede oír y ver cómo revientan, convertidas en ardiente polvo blanco, las rocas de “cal viva”.

En cierta ocasión, no recuerdo la época del año, habiéndo­me detenido brevemente a descansar en aquella envolvente frescura, escuché el intenso silbido de un venado, en el monte. Pero, enseguida, se oyó el retumbante aleteo de muchísimos pájaros emprendiendo arrebatadamente el vuelo. Cuando se lo platiqué a mi padre, que era un avezado cazador, me dijo que no había sido un venado, sino un tigre, imitándolo perfec­tamente, para engañarlo, atraerlo y atraparlo. Así supe de lo que era capaz el hermoso y peligroso felino, hambriento.

En la ranchería de Boca de los Arroyos vivían, solos, sin hijos, Teodoro Garzón y su esposa Josefa Pesqueda. Yo iba, temprano como siempre, por los quesos que hacían cuando no vendían la leche. A veces recogía, también, los que entre­gaban a mi progenitor, muy cerca de Boca de los Arroyos, en el pueblo de Costilla, Rosalío Osuna, apodado “El Papujo”, y sus hermanos Nicolás y Manuel Osuna.

Recuerdo que cierta vez, de regreso ya de con Teodoro Garzón, faltándome varios metros para llegar a la enorme piedra a mitad del arroyuelo, empecé a escuchar la voz angus­tiosa de alguien que, entre gemidos entrecortados, suplicaba que lo ayudaran. Alarmado por aquellos gritos en la soledad del paisaje, apuré el paso y encontré nada menos que a don Fructuoso Arroyo, ahora sí, en medio de su apellido, senta­do en mitad de la corriente, sin poderse levantar. Era el juez de Aguacaliente de Gárate, un hombre muy anciano, de más de 70 años, blanco, de aproximadamente un metro con 85 centímetros de alto y más de cien kilos de peso, que iba a alguna diligencia con los Garzón y había perdido el equilibrio al caminar sobre las piedras. Noté que ya había intentado pararse, pero no se lo permitía la arena floja, en la que se hundía por su propio peso y no había nada de donde asirse.

Cuando me vio aparecer, se tranquilizó un poco y, todavía sin superar su nerviosis­mo, me pidió que lo ayudara a incorporarse. Dejé en una parte alta de la orilla del arroyo los quesos que traía y me acerqué a darle la mano intentando jalarlo, pero era demasiado pesado y no le respondían las piernas. Tampo­co yo tenía la fuerza suficiente, pues contaba apenas con alrededor de diez años de edad. Comprendiendo don Fructuoso que nuestro intento no daba resultado adentro del agua, gateó hacia lo seco y, más que pedirme, me ordenó: “Acércate y párate lo más firme que puedas, muchacho”. Así, aún de rodillas, se estiró para apoyarse de mis hombros, cim­brándome, alzando un pie en el que se sos­tuvo tembloroso, parándose a duras penas sobre él para luego subir la otra extremidad, dirigiéndome, casi como una exclamación, un conmovedor: “¡Gracias!”

Escapa de mi memoria si le contesté al pobre anciano como se acostumbra: de nada. Recogí mi carga y, todo remojado, me enca­miné al pueblo. Aturdido por la inusitada ex­periencia, tengo para mí que en esa ocasión no entoné ninguna canción, pero sentí que el corazón, contento, lo hizo por mí el resto del camino. Jamás, hasta hoy, conté de aquella bochornosa emergencia a nadie, tal vez para evitar que la gente ordinaria se burlara de don Fructuoso.

Don Fructuoso Arroyo registró durante casi medio siglo a todos los que nacieron, contrajeron matrimonio y murieron en Agua­caliente de Gárate y ranchos circunvecinos y todos aquellos acontecimientos legales propios de sus funciones.

Nunca recordó don Fructuoso que diez años antes de aquel incidente en Boca de los Arroyos, había multado con diez pesos, mone­da nacional, a mi madre, por haberme llevado a registrar extemporáneamente. Igualmente, murió sin saber que, derivado de lo mismo, por un involuntario error debido a su avan­zada edad, reportó que yo había nacido en el año de mi registro o sea tres años después de mi nacimiento, cosa que, en 2008, trajo en­redadas consecuencias en mi CURP, mismas que, todavía hoy, estoy desenredando.

*Economista y compositor.

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