Nacional

Tijuana La Joven

Por domingo 23 de enero de 2011 Sin Comentarios

Por Luis Álvarez Beltrán*

Fundada por 1890 en los territo­rios del rancho de la Tía Juana, la esquina de México y Latino­américa es, en muchos sentidos, úni­ca en su especie. La transculturación estadunidense vivida por la población de ese rincón peninsular a partir de su misma fundación es parte irrenunciable e inherente de una profunda y entra­ñable identidad. Se habrá leído, dicho, comentado y escrito poco o mucho a este respecto; pero los nativos de esa costa noroccidental poseen una natural amabilidad y un optimismo alegre que se empata bastante con la dulzura sin complejos de sus vecinos anglosajones de San Diego y más allá. Sea por el mar, o por uno de los mejores climas del país, o sea por la bonanza de ser Ca­lifornia el estado (no país) más rico del planeta, lo que ha supuesto en por lo menos todo el siglo XX una circunstan­cia plena y constante de certidumbre financiera, laboral, patrimonial, campo de crecimiento y formación de riqueza, latitud privilegiada para el sueño mme­ricano y mexicano, que los dota de ese optimismo casi fisiológico. La identidad cultural es un aspecto antropológico, histórico o sociológico completamente lleno de intangibles: Los indígenas de la región, a saber guaycuras y cucapahs entre ellos, puede ser que heredaran en el centenario mestizaje procedente ese gen de “contento” y de pujanza a los ha­bitantes fronterizos, o haya sido, como se dice, el clima costero que a los vera­cruzanos irradia para tal amor al buen talante y a la música; o haya sido esa vida licenciosa que priva y ha privado en la “frontera caliente” como referencia innegable y central de su cotidianidad, pero me gusta establecer, independien­temente de cual sea el verdadero ori­gen o la real explicación a esta premisa, como rasgo cultural de los nacidos en estas tierras como gente “muy buena”, hospitalaria, alegre, optimista, trabaja­dora y extraordinariamente tranquila, así como sencilla. Y a pesar de las dis­tancias y diferencias con el resto de las entidades del país, todas ellas con fama de lo mismo: amabilidad, hospitalidad, alegría, nobleza, laboriosidad, riqueza folclórica, los tijuanenses a pesar de no contar con historia decimonónica, colonial o precolombina, no se quedan atrás en cuanto a su orgullosa y particu­lar “mexicanidad” genuina y altamente patriótica.

En contraste y como abono a ese marcado factor de transculturación norteamericana en un territorio nacio­nal, es sensato recordar que la transcul­turación mexicana en California resulta prácticamente un pleonasmo ya que California perteneció a la Nueva España y después a México desde el siglo XVI hasta mediados del siglo XIX, de ahí que los nombres de todas sus ciudades prin­cipales provengan del idioma español como Sacramento, San Isidro, San Fer­nando, Los Ángeles, San Francisco, San Diego y otras más. Pero si la ocupación anglosajona de California propició una avasalladora transculturación gringa en el “golden state” o estado dorado, arrasando a través de la demografía, las leyes, la economía, la educación y so­bre todo la dominación territorial, con todo vestigio oficial de la cultura hispa­na, y no sólo eso, sino transculturando más allá de las fronteras formales hasta irradiar en Tijuana algunos de sus sig­nos más acendrados; pues viene a ser, como reflejo o resultante natural de la dinámica social, que la cultura hispana en California no sólo no cedió a la bru­tal instauración de lo norteamericano, sino que sobrevivió como una hermosa especie de flor que prolifera a lo largo y ancho del estado como verdadera raíz de los que traen su sangre. Desde no­vohispanos hasta mexicanos o chicanos nacidos en ese suroeste estadunidense. Por eso hablar de una cultura california­na es siempre relativo o por lo menos no susceptible de una acepción única. Lo primero que viene a la mente de la cul­tura californiana es el mosaico racial de gente rubia, alegre, con aspecto turista, de buen nivel económico, buen nivel de bienestar y muy afectos a los placeres de la buena vida: entretenimiento, con­sumismo, esparcimiento, comodidad, viajes, etc… Pero ya en el siglo XXI, es un lugar común decir que la cultura califor­niana incluye la diversidad racial a partir del enorme crecimiento de las minorías: afroamericanos, chicanos, centroameri­canos, filipinos, chinos, coreanos y hasta sudamericanos. Por lo tanto, se puede considerar que la transculturación pro­funda de la frontera mexicana por parte del “american way” californiano es di­rectamente proporcional a la transcul­turación mexicana en California no solo por la herencia histórica de la colonia y el siglo XIX sino por el éxodo y estable­cimiento legal, ilegal o legaloide de mi­llones de trabajadores mexicanos en ese rico estado durante los últimos sesenta años, que si bien no se han incorporado definitivamente como ciudadanos esta­dunidenses y como derechohabientes de las garantías civiles y humanas que les habiliten una verdadera igualdad, sus décadas allá no han permitido que sus raíces culturales desaparezcan, sino que se fortalecen a partir de la práctica de su cultura en esas tierras vía el idioma, la comida, la danza, las letras, la músi­ca, las festividades y muchas tradiciones más. Así las cosas, la transculturación fronteriza de las californias no es una historia de vencedores y vencidos, sino de una curiosa circunstancia que a ve­ces parece intitularse amigos y enemigos o revueltos pero no tan juntos. Aunque debe aceptarse una gran condición de respeto, solidaridad y hasta hermandad entre vastos sectores de la población ca­liforniana de distintos extractos, lo que habla de una muy establecida educación donde uno de los valores más importan­tes promovidos desde la niñez es la exis­tencia y por lo tanto la tolerancia de la diversidad. De otra suerte ya se hubiera desatado una guerra civil californiana entre tanta diferencia racial y cultural.

Tijuana se dio a notar en la década de los ochentas como baluarte del empleo una vez consolidadas las actividades de comercio y servicios tales como el tu­rismo de playa y el de tipo familiar en la ciudad; la atracción de los juegos de azahar a partir de un hipódromo y una cadena de casinos; la venta de artículos curiosos o curious y arte mexicano; pero sobre todo, el detonador del empleo fue el movimiento maquilador que presentó un crecimiento exponencial principal­mente en los últimos veinte años del milenio. Esto dio lugar al cluster de la televisión, donde fabricantes de marcas líderes a nivel mundial: Samsung, Sony, Panasonic, Phillips, Toshiba, Dae Woo, Sanyo y otras, no sólo establecieran ma­cro plantas productivas sino que sus surtidoras de piezas también establecieron sus fábricas en la ciudad, de tal forma que Tijuana se convirtió en lí­der mundial de producción de aparatos de televisión y otros en el ramo electrónico en el transcurso de los años noven­ta, gracias también a la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio y las estipula­ciones de las reglas de origen para productos de exporta­ción a los Estados Unidos.

El rápido crecimiento urba­no y demográfico de Tijuana dio lugar a la duplicación de la ciudad, toda vez que existía hasta fines de los ochenta una ciudad trans – Cerro Colorado, cuyo límite era precisamente esa mole inmensa y altísima de tierra firme. Era una ciu­dad costera, turística, al estilo de la Tia Juana de mediados del siglo XX, pequeña, casi exclusiva, donde acunaron los más anti­guos barrios de la costa, Playas, la Zona Norte, la Altamira, la Independencia, la Cacho, la Libertad, la Zona Centro y mu­chas más. La moderna Zona del Río era antes de la inundación de “cartolandia” una periferia de vagabundos y paracai­distas. La ciudad difícilmente alcanzaba los trescientos mil habitantes. La univer­sidad estatal, fundada en 1957 y el insti­tuto tecnológico, ahora en los primeros accesos de la gigante Mesa de Otay, to­davía apenas en 1980 estaban alejados de la ciudad, en terrenos ejidales. Pero el auge maquilador duplicó la ciudad, y surgió más allá del Cerro Colorado ese gran centro demográfico, urbano y co­mercial que es la delegación de “La Pre­sa” junto a la delegación Mariano Mata­moros, ahora con cientos de colonias y que han llevado a esa frontera a ser la cuarta ciudad más grande de México, a la vez que una de las más visitadas en el mundo. Viva Tijuana.

*Novelista y economista. Caborca

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