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Jorge Carmona, “Marqués de San Basilio”

Por domingo 16 de enero de 2011 2 Comentarios

Por Ricardo Mimiaga*

En la región del noroes­te de México, concre­tamente en Sinaloa, proliferan personajes de la picaresca durante los siglos XIX y XX. Ellos deberían ser rescatados del olvido y narrar sus andanzas, malandanzas y aventuras, a pesar de que la mayoría de esos individuos no modificaron el curso de los acontecimientos históri­cos nacionales o locales. En el viejo Sinaloa de nuestros abuelos y bisabuelos es posi­ble encontrar individuos que podrían servir de arquetipos de personajes centrales en alguna novela negra o quizá de algún folletín de aventuras. Es cuestión de hurgar entre los viejos papeles de los archivos o en los periódicos viejos.

En la evolución de nuestra región, hombres y mujeres van tejiendo poco a poco la historia porque ésta es una urdimbre de muchas hebras de variadas texturas y colores. Ninguna se ha hilado sola ni permanece aislada del resto, ni se ha inte­rrumpido en una fecha determinada, en una guerra, asona­da o revuelta militar, o en un régimen político determinado. Testimonios de este tipo abundan en México, es posible en­contrarlos en ciudades y pueblos de Sinaloa. Por lo general en cada villa pequeña o ranchería hay cuando menos un in­dividuo pintoresco, pícaro, lépero, desparpajado y simpático. Hay también los peladitos en las ciudades. También es posible encontrar “hijos de la Malinche”, de acuerdo a la caracteriza­ción lograda por la pluma del genial escritor Octavio Paz en su ensayo El Laberinto de la Soledad. Estos individuos se distin­guen por su imagen ambigua y contradictoria. En sus historias hay traición y lealtad, verdad y mentira, amor y odio, belleza y fealdad, valentía y cobardía. La contradicción se agazapa en el fondo de su ser. Atraen y repelen al mismo tiempo. Son personajes reales o ficticios, llaman la atención por su procli­vidad a la procacidad y vulgaridad en la forma de expresarse verbalmente y también al caminar. Sí, abundan los llamados peladitos o periquillos sarnientos de las barriadas pobres.

Jorge Carmona o “Jorge Camonina”, llamado así en sus memorias publicadas, fue un aventurero nacido en la villa de Culiacán en el año de 1837 y quien llegó a ser famoso en México y Europa por su audacia, poder y riqueza. Este caso fue conocido ampliamente en la época porfirista gracias a pe­riodistas liberales, a sus enemigos y a las primeras ediciones de sus memorias. En 1897, año de su muerte, se publicó en el periódico El Universal de la ciudad de México un reportaje escrito por José de la Vega con el llamativo encabezado de “Vida y hechos del marqués de San Basilio”, título nobi­liario que ostentó Carmona durante gran parte de su vida pero que en realidad no heredó, pues lo compró en una tienda de antigüedades en Paris, Francia. Pero, que había pertenecido realmente a un individuo de la nobleza italiana caído en la pobreza.

Este simpático vaquetón -el único culichi poseedor de un título nobiliario que conocemos-, existió efectivamen­te y ya es parte de la historia nacional y de la picaresca del siglo XIX, gracias a las Memo­rias del Marqués de San Basilio, libro de la autoría de Adolfo R. Carrillo, periodista liberal desterrado del país durante el go­bierno del general Porfirio Díaz. Muchos años después, Héc­tor R. Olea recobraría el interés por este mítico y legendario personaje sinaloense, escribiendo su biografía con lujo de de­talles y con prosa fina.

De acuerdo al dicho de Felipe Teixidor -amigo de Bernardo Ortiz de Montellano, presentador de la obra en una tercera edición- nos informa que este libro de memorias se publicó por primera vez en Barcelona, España, en el año de 1890. En tanto que la segunda edición salió a la luz en San Francisco, California en 1897 y se le adjudica a The International Publis­hing Corporation. La edición más reciente es del año 2004 aparecida en la ciudad de México y es de Factoría Ediciones, sin embargo aparece con el título: Memorias del Marqués de San Basilisco, tal cual como se publicó en las hojas interiores de la segunda edición.

Jorge de la Paz Carmona nació en San Miguel de Culiacán el 24 de enero de 1837 y murió el 20 de marzo de 1897. Pro­cede de una familia pobre de la localidad. Hijo de un carni­cero [de acuerdo a la versión de Héctor R. Olea su nombre fue Manuel Carmona, originario de Chile] y a quien apodaban Caramocha, porque tenía una deformación visible en su ros­tro: “media quijada hundida de un machetazo”. Su madre fue la sonorense Dolores Liencles Guerrero y Espinoza de los Monteros. El segundo de los hijos de esta unión fue bautizado con el nombre de Jorge de la Paz en la iglesia parroquial de San Miguel de Culiacán. A los diez años de edad aprendió con verdadero gozo el oficio del padre, ya que disfrutaba viendo degollar a cerdos y vaquillas.

Por estas memorias nos enteramos que en la década de los años cuarenta del siglo XIX, el rastro de Culiacán se encon­traba situado en la calle de San Felipe y consistía en una enra­mada a lo largo de la cual las reses eran degolladas. “El lugar olía a almizcle, a estiércol y a grasa”, anota el autor. Para los que vivían de tales actividades en ese tiempo, el oficio de ma­tancero era el mejor y el más útil de todos. “Matar ganado era un placer del que no todos los hombres disfrutaban”. Según Jorge Carmona, o quien escribió sus memorias, esas vivencias infantiles harto brutales y crueles influyeron en su vida para convertirse en un individuo socarrón, aventurero, jugador empedernido de naipes -es decir un auténtico tahúr de la ba­raja española- y gigoló vividor a expensas de mujeres bellas.

A la edad de doce años aún no sabía leer y escribir, pero cuando fue asesinado su padre, fue recogido por el cura Valdi­via y luego a su muerte el padre René Gaxiola continuó prote­giéndolo [según Héctor R. Olea antes el presbítero don Miguel Espinoza de los Monteros lo había auxiliado en la orfandad]. Fue gracias a estos sacerdotes que aprendió los rudimentos del saber y se convirtió en sumiso monaguillo de la vieja pa­rroquia de Culiacán. En esos años, en las mejores casas del centro de la ciudad -como en la que habitaban los clérigos- sobraba qué comer: carne de res, asado, carnitas de puerco, leche, natas, queso fresco, frijoles y las infaltables tortillas de comal. Pero, la comida más deliciosa de entonces era el gui­sado de gallina “platillo en que no tienen rival las cocineras sinaloenses”. Entre la fantasía y la historia novelada, Jorge Carmona aparece en escena como un pícaro irredento, co­rrupto hasta la médula como muchos políticos sinaloenses de ahora. Fue un empedernido jugador de cartas, oficial militar de caballería e ingenioso aventurero. Altivo, orgulloso, sagaz, tenaz y contradictorio, como tantos sinaloenses de hoy. Su mejor “virtud” -del que por cierto hacen gala algunos sinalo­enses del presente- fue saber evadir con gracia e inteligencia sus responsabilidades como esposo y padre, pero también como ciudadano o como oficial militar. Jorge Carmona se describe a sí mismo como dicharachero, bebedor de alcohol, jugador y mujeriego. Además, sabía cantar y tocar la guitarra, como muchos sinaloenses de hoy. Sin duda este personaje es prototipo de la cultura sinaloense decadente.

Carmona participó en la guerra de reforma en Sonora, Na­yarit y en varios estados del centro del país, formando parte de las huestes republicanas. Después cambió de bando y se dis­tinguió como un reaccionario imperialista, ya que apoyó a los diversos ejércitos que persiguieron a los republicanos duran­te la guerra de intervención francesa. Combatió en la batalla de San Pedro contra las huestes del coronel Antonio Rosales y gracias a su sobresaliente manera de salir de las situaciones más peligrosas sobrevivió a ella y se embarcó en El Lucifer en Altata para regresar al puerto de Mazatlán. Su recomendación como militar es la siguiente: “No tengas miedo a las balas ni te desmaye el olor de la pólvora; procura ser de los últimos en entrar en acción y de los primeros en gritar victoria. Si llueven tiritos, échate boca abajo y hazte del muerto, que vale más un zorro con vida que un león descuartizado.” Varios años después encontraría un auténtico filón de oro en bellas mujeres pues se casó con una viuda rica, lo que le permitió vivir con grandes lu­jos en París, Francia. Además, descubrió la manera de enviudar en el momento que más le convenía a sus intereses, para así continuar encumbrado en la élite europea, viviendo y gozando de los placeres mundanos y del máximo esplendor de la vida social de las últimas décadas del siglo XIX. Con decirles que después de haber enviudado en Francia tuvo como amante a la reina Isabel II, de España y conoció al emperador austriaco Francisco José, hermano de Maximiliano de Habsburgo.

Lo que llama más la atención de estas memorias son las pa­labras utilizadas y, que nuestros padres y abuelos usaban en su conversación cotidiana. Pero, por desgracia ahora se han per­dido, pues no forman parte del vocabulario de los jóvenes sina­loenses, tanto de los que viven en las ciudades como de los po­cos que mal sobreviven en los pueblos y rancherías de la sierra. Fue un verdadero regocijo reencontrarme con esas palabras del español antiguo, típicas de la gente sin historia del Sinaloa anterior que ya se nos fue lamentablemente, y que durante mi niñez escuchaba de la abuela y las tías que habían vivido en pueblos de la sierra, zaragate y ancheta, son dos de ellas.

En los siglos XIX y XX, la civilización occidental aceleró rá­pidamente su desarrollo. Ese dinamismo cambió un gran nú­mero de pautas, significados y el comportamiento humano. De tal evolución dan cuenta historiadores europeos. Ahora -se dice- vivimos una era de decadencia en el mundo occi­dental. Tal es la herencia que recibimos los contemporáneos y que sufrimos en carne propia los mexicanos.

Por las memorias y crónicas, entre estas últimas las de los viajeros extranjeros, sabemos ahora cómo era el mundo en épocas anteriores, en ese largo transcurrir entre el amanecer y la decadencia de nuestra civilización. Ahora no solamente sabemos de la vestimenta, o de lo que se comía y bebía en los siglos XIX y XX, o de los pecados, placeres e inmoralidades, sino también conocemos algo acerca de los entretenimien­tos y juegos de azar más populares a los que eran aficionados los sinaloenses en las prolongadas horas de ocio. Y habiendo tiempo libre para el descanso y la recreación, hay ocurrencias y oportunidades para que florezca la audacia y la aventura.

A lo largo de los siglos XIX y XX, nuestra cultura nacio­nal fue construyendo la anatomía del mexicano, es decir, su identidad. Y en esta caracterización general se distingue el “macho” mexicano, el valiente del que hablan los corridos y registra nuestro folklore norteño. En ese sentido y sin afanes moralistas, el personaje literario del Periquillo Sarniento cobró vida en el sinaloense Jorge Carmona, marqués de San Basilio, siendo éste considerado un prototipo que refleja la decaden­cia de nuestra cultura, y representa los anti-valores, lo más negativo de la juventud sinaloense de todas las épocas. In­dividuos como el marqués de San Basilio se reprodujeron en México a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX y en buena parte del XX. Es cuestión de hurgar en los papeles de la histo­ria local para ubicarlos.

Bibliografía
BARTRA, Roger (selección y prólogo), Anatomía del mexicano, México, Debolsillo, 2005.
BARZUN, Jacques, Del amanecer a la decadencia, 500 años de vida cultural en occidente (de 1500 a nuestros días), México, Santillana Ediciones Generales, 2005. (Taurus historia).
CALDERÓN, Santiago, Apuntes para la historia de la ciudad de Mazatlán, Mazatlán, S.F.
CARRILLO, Adolfo R., Memorias del Marqués de San Basilisco, México, Factoría Ediciones, 2004. (La serpiente emplumada, 33). [Se publicó por primera vez en Barcelona en 1890. La se­gunda edición en San Francisco, California en 1897, por The International Publishing Corporation].
“Dos crónicas con motivo del regreso a México de Jorge Carmona”, en El Correo del Lunes, núm. 49 y 50, 8 de enero y 22 de octubre de 1883.
FILIO, Carlos, “El marqués de Caramocha” en El libro de las anéc­dotas, México, 1935.
DE LA VEGA, José, “Vida y hechos del marqués de San Basilio”, en El Universal, México, 1897.
“Motivos Librería de viejo” en revista Contemporáneos, año 1, núm. VII, Dic. 1928, pp. 412-415. [Reproducido con el título: “Librería de viejo. Memorias del Marqués de San Basilio” en El libro y el pueblo, tomo XII, núm. 11, Nov. 1934, pp. 526-564].
OLEA, Héctor R., Andanzas del Marqués de San Basilio, Culia­cán, Colegio de Bachilleres del Estado de Sinaloa (COBAES), 1994. [La primera edición de esta obra se publicó en 1951].
Adolfo R. Carrillo, Memorias del Marqués de San Basilio, semblanza del autor de las memorias, Puebla, Editorial José María Cajica Jr., 1972.

*Abogado e historiador

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2 Comentarios

  • joaquin lopez dice:

    En el número 7 de la Revista Contemporáneos del mes de diciembre de 1928, Bernardo Ortiz de Montellanos hace una reseña del libro que aquí se menciona. Es probable que don Héctor R. Olea haya obtenido la primera noticia de la obra de él. Como haya sido, felicito al autor por habernos traído una nueva reseña del Marqués, que vendría a sumar dos títulos nobiliarios para los culichis, el otro perteneció a doña María Magdalena Beatriz Rosario Carmen Saldívar y Flores Redo, Condesa de Saucedilla y sobrina de don Diego Redo.

  • Saludos cordiales:

    Soy descendiente del marqués… Supe de la reciente publicación de sus memorias a través de la revista Proceso. Según dicha revista, las «Memorias» son apócrifas y fueron obra en realidad de un autor que publicara, asimismo, unas memorias del Pdte. Lerdo de Tejada. También citaba el nombre, pero no lo recuerdo. Por otro lado, por relatos de familia, sabía que mi chozno: Jorge Carmona, había adquirido el título tras desposarse con una dama de la aristocracia francesa: la marquesa de San Basilio, de la cual, efectivamente, enviudó. A Francia iría a buscarlo su esposa mexicana legítima (de quien soy descendiente a mi vez, en línea directa). Haciendo acto de presencia durante una recepción en el palacio de la marquesa. Para evitar líos, mi chozno se comprometió (bajo la promesa jurada de que su mujer legal no armaría algún escándalo, la que, por otra parte, no quería volver con él) a pagar la educación de sus hijos en París y a costearles la manutención hasta la mayoría de edad (al menos eso infiero). Su hija mayor (mi tatarabuela), se educaría, pues, en París y no tornaría a México sino para casarse… Ella, ya muy mayor, se haría cargo un tanto de su padre, Jorge Carmona, al volver este a México, ya viejo y en la ruina. Tengo entendido que vivía en un cuarto… También, que perteneció al cuerpo de lanceros de la emperatriz Carlota…

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