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Ricardo Urquijo, hombre de destino

Por domingo 9 de enero de 2011 Sin Comentarios

Por Faustino López Osuna*

Descendiente de don Ricardo Urquijo Monterde y doña Manuelita Beltrán de Urquijo, Ricardo Jorge Urquijo Beltrán, su nombre completo, vino al mundo hace 64 años, el 8 de marzo de 1946, en Mazatlán. Fue el mayor de nueve hermanos. Le siguieron Rafael, Manuel, Isaac, José, Laura Delia, Yolanda, Margarita y Pola. Contrajo matrimonio con Alicia Cecilia Cevallos, procreando tres hijos: Ricardo, Ce­cilia y Alicia.

Hombre de destino, Ricardo nutrió su niñez con el limpio paisaje del campo en el rancho ganadero de su padre. Todas las mañanas gustaba recorrer, acompañando al caporal, la propiedad de la familia, preguntando los nombres de las di­versas aves del monte, que inundaban de arpegios sus oídos y de luminosidad multicolor sus ojos. Su acceso a la enseñanza media y media superior en el Instituto Cultural de Occidente de Mazatlán y su avidez por la lectura, elevó su espíritu ado­lescente, descubriendo ecos de sí mismo en la monumental obra del enorme poeta potosino de tradición clásica, Manuel José Othón.

Fiel a sus oríge­nes, su orientación profesional lo llevó a titularse de inge­niero agrónomo, en la Universidad de Sonora, en Her­mosillo, donde co­noció a la que sería su compañera para toda la vida.

Ávido de cono­cimiento, al paso de los años el ingenie­ro Urquijo Beltrán se labró una vasta cultura universal, que puso al servicio de sus semejantes. Su gran erudición sobre la zarzuela le fue reconocida entre propios y extraños. Viajó mucho a Es­tados Unidos. También visitó Europa. Su talento lo hizo con­temporizar con lo más sobresaliente del mundo intelectual, cultural y empresarial del puerto, en las personas de Antonio Hass Espinoza de los Monteros, José Ángel Pescador Osuna, Antonio López Sáenz, Enrique Patrón de Rueda, Alfredo Gó­mez Rubio, José L. (Leovi) Carranza Beltrán y Julio Berdegué Aznar, entre otros importantes mazatlecos. A su paso por va­rias administraciones municipales en las áreas de la cultura, el turismo y el arte, dejó huella imborrable al apoyar la creación, aquí, del Ballet Folklórico Sinaloense de Rebeca Llamas, que figuró como primera bailarina del Ballet Folklórico de Méxi­co de Amalia Hernández, lo mismo que a la compañía Del­fos Danza Contemporánea, dirigida por Víctor Manuel Ruiz y Claudia Lavista, actualmente considerada, ésta, por la crítica especializada, como una de las diez más grandes bailarinas del planeta. Otro tanto hizo impulsando la labor del excelente músico y maestro Gilberto López García, al frente de la Banda Municipal.

Con todo y lo relevante de la labor mencionada, deberá reconocérsele a Urquijo la firme determinación que tuvo para crear el Festival Cultural de Mazatlán, cuando el gobierno del estado desapareció el Festival Cultural Sinaloa en el sexenio de Renato Vega Alvarado. El Festival mazatleco, sumado a la reconstrucción del Teatro Ángela Peralta, detonó el rescate del centro histórico del puerto, para bien del turismo local e internacional.

Yo tuve la fortuna de participar con el ingeniero Urquijo en la década de los 90, en foros sobre cultura convocados por la Fundación Colosio. Más recientemente, integrado él a la Se­cretaría de Turismo, mantuvimos una excelente coordinación institucional para la promoción de eventos, como la fiesta de Las Labradas. En el último año, coincidimos en la inaugura­ción de la sala de Luis Pérez Meza, en el Museo de Minería de Cosalá, obra llevada a cabo por el Instituto Sinaloense de Cultura. Allá, con la destacada asistencia de don José Ángel Espinoza Aragón, por primera vez me escuchó Ricardo Urqui­jo interpretar, acompañado por la tambora, mi corrido El Co­salteco. Él, que amaba tanto a su tierra, tuvo elogios para mí como compositor y me comprometió a que diera a conocer mis demás canciones.

Al saber yo que el inge­niero Ricardo Urquijo es­taba al frente de la coordi­nación para la creación del Museo del Carnaval, com­puse un tema para mazatlán, que le quería mostrar grabado. Lamentable­mente, ya no fue posible. Hará cosa de un mes, nos solicitó el Museo de Arte para la exposición de sus últimos proyectos: la pre­sentación de un estupendo video sobre las aves de la región, denominado “Por sus trinos los conoceréis”, una espléndida exposición fotográfica con el título “Flora y Fauna de Sinaloa” y su acostumbrado calendario, ahora 2011, con lo mejor de su arte y nuestra flora y fauna silvestres. Apenas hará quince días, me honró con su visita al museo, para ultimar detalles del evento. Platicamos largamente, como nunca.

Pese a su delicado estado de salud, por su elevado senti­do de responsabilidad, su gran dignidad y enorme entereza, todavía a 48 horas de su muerte, Ricardo ofreció una ago­biante conferencia de prensa, invitando al público para que lo acompañara al día siguiente a su exposición. Pero ya no tuvo fuerzas para asistir como lo había deseado. Su hijo Ricardo lo representó dignamente. Noroeste, uno de los organizado­res, le entregó merecido reconocimiento. Los asistentes, que colmaron el local, le dieron el más vibrante calor humano a la ceremonia.

Yo, tengo que reconocerlo, desde la conferencia de prensa me percaté que estábamos por enfrentarnos a un hecho fa­tal. Consciente de que terminaré mi responsabilidad adminis­trativa en el museo el día último del mes, pensé despedirme subrayando el honor de que fuera con una exposición de Ur­quijo, presente. De alguna manera era despedirlo a él, pero, por respeto, lo haría ver como mi despedida. Treinta minutos antes de dar inicio la ceremonia, supe de su inasistencia. En­tonces decidí convertir el acto en un homenaje a su persona, por su extraordinaria trayectoria y su apasionada entrega en el ámbito de la gestión y promoción cultural de Mazatlán. Yo mismo, dije, me convertiré en gestor ante las autoridades municipales, para que a la plaza frente al propio Museo de Arte, de ser posible, por sus sobrados merecimientos, se le imponga el nombre de Ricardo Jorge Urquijo Beltrán.

Profundamente consternado, esa noche que llegué a mi domicilio, antes de disponerme a descansar, como lo vengo haciendo todos los días desde hace cinco años, salí al patio a poner agua, alpiste y maíz para los pájaros del monte que dan en buscar comida en la ciudad. Cuando giré de regreso para entrar en la vivienda, descubrí, asombrado, un enorme cuer­vo azul parado sobre unos ladrillos amontonados junto a la pared, mirándome sin sobresaltarse por mi presencia. Jamás había tenido la visita de ese tipo de ave, menos por la noche. Imaginé que se le había hecho tarde para llegar al nido o que tal vez estuviera herido. De todos modos, para tranquilizar­me, pensé que al amanecer, con la luz del día, se iría. Pero no se fue y, para mi tristeza, cuando salí, rayando el sol, lo encontré muerto. Como vengo de un pueblo, Aguacaliente de Gárate, donde se cuentan historias inverosímiles, de pronto me dio por relacionar aquello, como un mal presentimiento, con el buen amigo Ricardo Urquijo, quien, por desgracia, fa­lleció al día siguiente.

El día de su funeral, 12 de diciembre, caí en cuenta de la personalidad tan diferente de Antonio Hass y de Ricardo Ur­quijo. Sin restarle a ninguno sus méritos propios, mientras que a Hass, en la misa de cuerpo presente en la Catedral, se lo despidió con el Coro del Teatro Ángela Peralta interpretando Nabuco de Verdi, a Urquijo, el día en que se debatía en su le­cho de muerte en el Hospital Sharp, en el patio del Museo de Arte, todos los pájaros que conoció en su infancia, coinciden­temente, acudieron, uno a uno, a cantarle, como despedida, durante los 18 minutos que duró el video que él mismo había preparado para la ocasión, cumpliendo, así, su destino.

*Economista y compositor

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