Nacional

Historias de Navidad

Por domingo 26 de diciembre de 2010 Sin Comentarios

Por Alberto Ángel El Cuervo*

Desde siempre, desde lo más remoto de mi memoria, había soñado con una navidad nevada… La nieve constituía una de las cosas mayormente mágicas de la vida… Soy nativo de un lugar cálido en todos los sentidos… Mi sureste, despertaba entonces entre aquella neblina tibia envolvente de canastos que caminaban en un sensual vaivén sobre la incomparable trama de flores de seda bordada… La neblina de amanecer en el sureste, era el preludio indudable de un día de extremo calor… Para mí pues, habitante de aquel bellísimo Istmo de Tehuantepec, el sólo hecho de pensar en ver nevar un día, llenaba de emoción mi alma de niño que se alimentaba con la ilusión de despertar y ver nieve… ¡Al fin nieve! Los años, uno tras otro, arrastraban sueños, triste­zas, sonrisas y nostalgias que en las fechas cercanas al final de año, se agarraban a la orilla izquierda del alma como una pata de halcón… Año tras año, escuchaba de experiencias que algún amigo o familiar de aquellos que vivían en lugares fríos, habían tenido con las nevadas de invierno… Y año tras año, crecía en mí el deseo enorme de ver nevar en esas fechas decembrinas en las que necesariamente se hablaba y se leía acerca de la blanca navidad… Los tiempos, alargaron mi talla y el archivo escolar… La ciudad de México, había dejado de ser un sitio donde ir de vacaciones a casa de aquella mi abue­la y jugar con los primos chilangos… Se había convertido, sin que yo lo supiera, en el lugar donde viviría a partir de enton­ces… Después de un tiempo de vivir en casa de mi abuela, mis padres cambiaron su residencia al Distrito Federal ante la angustia materna porque sus críos fueran a convertirse en parte de la delincuencia organizada de chilangolandia si no estaban a su cuidado. Así, cotidianamente tomaba el ca­mión de la R-1… De los chatos, de los de a veinte centavos… Caminaba de la refinería de Azcapotzalco a lo que ahora es uno de las flamantes vías rápidas de la ciudad en la calle de invierno… Ahí me subía al camión y sumergido en la ensoña­ción me dejaba llevar por el autobús de la ruta uno y por la enorme imaginación que me caracterizaba lo que en más de una ocasión, me obligaba a caminar algunas cuadras de re­greso al despertar del ensueño y darme cuenta que me había pasado de la parada correspondiente a mi escuela… Un día del mes de diciembre de algún año adolescente, mi despertar fue de absoluto asombro… ¡No lo podía creer…! La ciudad de México, amanecía cubierta de un grueso manto de blancura… El frío, desde luego, era mucho mayor que lo acostumbrado, pero la alegría que motivaba la nieve en mí, me brindaba un calor especial dentro de toda esa emoción… La navidad ese año, tendría definitivamente un carácter muy especial… Me abrigué lo mejor que pude y emprendí la caminata… A cada paso, intentaba reproducir el sonido que la nieve canta bajo las pisadas… Buscaba cada capa de nieve sobre la banqueta para caminar encima de tal manera que al llegar a la Termi­nal del R-1. Las suelas de piel, totalmente inadecuadas para la nieve, me tenían los pies helados… Subí al camión esperando que se llenara pronto y entre todos aumentar la temperatura interior… Poco a poco, la gente fue ocupando todo espacio posible, señal de que el camión partiría en cualquier momen­to… Más tardó en comenzar el movimiento, que en escuchar­se la voz de un niño cantar… A la distancia, cierro los ojos y vuelo a escucharle… Una de las voces más hermosas de so­prano infantil que yo pueda recordar… Y las frases lastimeras de aquella canción, quedarían grabadas para siempre: “Sin un amoooooor/ La vida no se llama vida…/ Sin un amooooooor/ le falta fuerza al corazón… “una extraña melancolía, empezó a invadirme… La interpretación a aquella canción que hacía algún tiempo había escuchado con Los Panchos, era per­fecta… La voz de aquel niño conmovía el alma hasta lo más profundo, me levanté y abriéndome paso, llegué hasta don­de la voz me guió… Y ahí lo vi… Temblando de frío ataviado solamente con una camiseta que apenas cubría una camisa rota… Los pantalones rotos también, debían ver la punta de un par de zapatos por donde los dedos ateridos se asomaban unos milímetros fuera de aquel objeto que algún día se llama­ra zapato y algún día estuviera cerrado de la punta… La gen­te, indiferente al canto infantil, permanecía absolutamente ausente en su fantasmagórico transitar por la ruta uno hacia su destino… Intenté encontrarme con la mirada de alguno de los pasajeros, pero nadie fingió siquiera darse cuenta… Sen­tí frío en la mejilla, y al llevar la mano izquierda a mi rostro, me di cuenta que una lágrima necia resbalaba de impotencia, de tristeza, de admiración por aquel gran cantante que me brindaba uno de los recitales más hermosos que recuerdo… No podía desviar la mirada de sus pies semidescalzos y den­tro del coraje y la tristeza experimentados, también me sorprendía preguntándome cómo haría aquel niño para poder cantar temblando de frío y mantener la voz inmóvil, serena, emotiva a más no poder… “No me dejes de quereeeeeeer/ te piiiiidooooo/ no te vayas a ganaaaaaaaar/ mi olvidooooo…/ Sin un amor, el alma muere derrotadaaaaaa… “ Y al terminar, mirando que nadie se inmutaba, saqué el veinte del camión de regreso y se lo entregué al tiempo que le preguntaba: ¿no te dieron nada, verdad…? “No… Pero agarré calorcito siquie­ra…” ¿no tienes frío en los pies? “Sí, pero pos me aguanto…” “¿Por qué no te quedaste en tu casa?” “No, en mi casa hace igual de frío y aquí siquiera a veces saco pa’l café” Las nieves de invierno no son parejas, pensé… Para los jodidos son cara­jas… Sólo a los que tienen les parece bonito… “Te cambio los zapatos…” “¿Cómo…?” Repetí la propuesta ante la cara incré­dula del niño cantor de la ruta uno… Después de unos segun­dos de reflexión y un “¿de veras…?” se quitó aquellos cueros abiertos de la punta y yo le entregué a cambio los míos… mis pies eran más largos, así que mis dedos protegidos por calce­tines, alcanzaban a tocar el frío metal del piso del camión… Llegando a la escuela, detuve un taxi… Llegando a la casa, pensaba temeroso del regaño, le pediría a mi madre el dinero para pagarlo… El trayecto fue concientizador… Ya no era el paisaje nevado el que veía, no, ahora veía la gente mientras reflexionaba acerca de lo inútil que para los desposeídos re­sulta la navidad y sus paisajes bellamente nevados.

*Cantante, compositor y escritor.

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