Nacional

Relatos de viaje: dos pueblos

Por domingo 12 de diciembre de 2010 Sin Comentarios

Por Iván Escoto Mora*

1 Recorro la carretera fracturada, famélicas fotografías, pue­blos sin nombre cargados de colores desteñidos. Tejas rotas, muros craquelados, cerros cuajados de verdores distantes.

El casi recuerdo de un caballo atraviesa entre zumbidos vehiculares, inmutables ante la sencillez del olvido.

Luego de sinuosas horas, finalmente llego. Camino por el empedrado estrecho, extendido sin sentido y fuera de los lí­mites del tiempo.

Escaleras tendidas en cualquier dirección. Piedras desdo­bladas en brillos incontables, incendian hileras de tablones colgados en paredes y derramados por los suelos. Todo está bordado en mil cruces de granilla.

Trapos roídos sobre el piso, bañados de polvos relumbran­tes. Cada paso –constelado- se desborda en destellos.

Vía láctea de espejos, reflejos plateados crecidos en torno a una Diosa de cantera. Su rosa labrado es horizonte de todas las vistas.

En Santa Prisca, Sebastián sangra belleza, imágenes sa­cras, lágrimas perpetuas, ojos de cera hincados sobre un an­ciano que se postra en plegaria, con las manos fundidas en rezo y el rostro ajado por décadas. En su mirada lluviosa, infi­nitos sin respuesta inundados aún por la esperanza.

Taxco de Alarcón fue fundado sobre minas, explotadas de inmediato, pocos años después de consumada la conquista.

Tierra cocida en flores, vida silvestre naciendo en la sierra, cascada de espuma y noches que no pueden dejar de cente­llar.

Parto a media mañana. A mis espaldas, retratos de risas lúbricas, demonios, jaguares, máscaras sobre máscaras.

Un tañido me despide entre ecos del pasado que cada día, es bisel de nuevos encantos.

2 Pasé otra vez la mirada sobre la misma frase, esa que leí en el “Aleph” de Borges hace años y desde entonces me perturbó: “Temí que no quedara una sola cosa capaz de sorprenderme, temí que no me abandonara ja­más la impresión de volver. Fe­lizmente, al cabo de unas noches de insomnio, me trabajó otra vez el olvido”. Cerré el libro y salí co­rriendo.

Tenía que visitar aquel pueblo, era por razones de trabajo. Tomé transporte público: primero el metro y luego un autobús. Es curioso como la vida se va trans­figurando a cada paso, en cada esquina, por cada barrio; apenas distancias entre palmos que resultan en un vuelco inabarcable.

Torres aceradas, columnas prismáticas, formas labe­rínticas de osada curvatura. En un mismo segundo: vecin­dades asomadas en la orilla de un abismo, techumbres de lámina, puertas de cartón.

Una mujer lava en cuclillas; tarja en mano, raciona. Raciona cada gota y morona, cada lasca y cada pizca, mínimas medidas que le obsequian, en la escases, subsis­tencia.

En filas incontables, caseríos de ruinas. Desgastadas paredes muestran sus tabiques, muros porosos, ventanas forzadas por la inclemencia, grietas que corren sin pudor.

Sobre la súper vía novísimos carros, uno más grande que otro, más raudo, piel más suave al respaldo, al volante madera más fina, llantas más adherentes, más luminosos faros, espejos más reflejantes, más, más, más.

Tres horas después un golpe de montes, un verdor incalculable ante mis ojos. Miseria devorada por los bos­ques, ausencia escondida entre las hierbas. Sin banquetas ni drenajes, pies desanudados, cuerpos transparentes, ni­ños vagabundos recorren la carencia.

La única escuela, un borrón ilegible. En la pared se adi­vina un letrero: “Primaria popular”. Sólo estuve un instan­te, volví tan pronto como pude. Huixquilucan sigue, ex­tremos confrontados, silencioso, tras rincones de olvido y opulencia.

En la ciudad, tomo un “expesso”, mojo un diminu­to “biscuit” en su espuma. Pierna cruzada, periódico en mano, repaso el mundo en una ojeada distante. En punto me levanto, comienza el “film”, me dirijo a la sala. Por for­tuna la memoria es volátil.

*Lic. en derecho, Lic. en filosofìa UNAM.

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