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Mi pueblo

Por domingo 12 de diciembre de 2010 Sin Comentarios

Por Nicolás Avilés González*

A los lectores de La Voz del Norte les comparto este poema: Mi Pueblo, el cual nace de la necesidad de hablar algo del lugar que me vio nacer, Costa Rica, Sinaloa.

Esta población fue fundada a finales de la segunda guerra mundial con el objetivo principal de producir dulce con fines de exportación. La Unión Americana necesitaba de ellas, sus trabajadores de pronto se habían convertido en soldados y en los anaqueles se necesitaban insumos para sus mesas. En esos entonces, por estos rumbos había sólo monte, animales propios de la región que se transformaron después de la cons­trucción de la presa Sanalona y especialmente de el canal Ro­sales o El Canalón que alimentó sus tierras y con ello apareció nuestro pueblo. Creció y ha continuado su expansión hasta hoy, como lo conocemos los que de ahí somos.

En 1945 se inició la construcción del Ingenio Rosales lo que dio pie a que llegara gente de toda la geografía sinaloense y nacional a poblar a ese nuevo centro de producción que duraría cincuenta años en actividad. Éste, es un recuento poético de la historia de ese ingenio y de la población a la que dio origen, y que ahora dejó de laborar, merced, entre otras cosas, del Trata­do de Libre Comercio, que le cerró sus puertas hace ya más de 15 años despidiendo a unos 400 obreros y cancelando miles de puestos de trabajo indirectos. Hoy el Ingenio Los Mochis en el municipio de Ahome, Eldorado y Navolato están sufriendo por las mismas consecuencias.

MI PUEBLO

En oriente, por donde levanta el sol
Regalándonos sus tiernos rayos matinales
Entre agrestes montañas,
en la cordillera de mi estado
se construyó remanso al agua: La presa Sana­lona.

Zona de canoas, de redes que lanzan los pes­cadores,
espejo de la luna,
abrevadero del sediento ganado.

Así inició canalización,
tajos abiertos a la tierra virginal,
arterias por doquier llevando flujo de vida.
Había que despertar gigantes;
gigantes acariciados por la brisa de los mares,
gigantes arrullados por el canto de las aves.

Los habitantes de aquellos valles
lo vieron con buenos ojos:
conejos, cascabeles, “toches”,
coralillos, tlacuaches, armadillos
y uno que otro venado extraviado,
atraído quizá por la flor de sus amores;
la flor de palo blanco,
que en tiempo de lluvias adorna los suelos que­mados.

Cardones, nopales,
vara blanca, mezquites,
huizaches y biznagas
revoloteo de iguanas,
bamboleándose entre las ramas,
canto incesante de chicharras,
llamando siempre al agua,
pidiendo la bendición del cielo.

Aquel ocre y escaso follaje,
aquellas tierras polvorientas,
con el sudor de los hombres
la transformaron en mosaicos,
en mosaico de muchos colores.

Nacieron alfombras esmeraldas,
se extendieron desde la montaña
hasta donde el sol se muere.

Aparecieron flores de diversos olores,
chiles, ejotes, berenjenas, cereales,
varias clases de tomates,
crecieron cañaverales;
se había fundado COSTA RICA
en un rinconcito muy cerca de los mares.

Había que producir azúcar,
había que endulzar los paladares,
para alejar sabor amargo de guerras,
borrar arroyos teñidos de sangre,
de la lucha entre hermanos,
sangre de mexicanos.

Agonizaba así aquel México;
el de mis abuelos;
el de balas, adelitas, generales.
el de carretas, el de caballos,
el de arar con yunta de ganado.

Se asomaba el de ruidos, el de humo,
el de vértigo, el de poleas,
el de motores,
en fin, el de andar apretujado.

Llegó gente de aquí, de allá,
nosotros, este, aquel,
albañiles, carpinteros, herreros, peones,
mecánicos, constructores,
entre ellos llegó mi padre.
¡Edificaron La Babel,
terminaron la tarea justo en el tiempo pactado!

Ahí navegó aquel ingenio.
Los obreros en bullicio siempre alegres,
unos vienen otros van, otros entran,
otros salen.

Tres turnos laboraba aquella empresa.
Furgones, trailers y camiones llevaban valiosa carga
¡AZÚCAR BLANCA COMO LUZ DE LUNA!

Las esposas en sus casas,
cocinando, bordando y pariendo plebes.
Todos crecimos a un tiempo.
Se formaron escuelas, bancos,”picaderos”,
“aguajes”, sindicatos y burdeles.
Todo creció aquí de prisa,
aquí sólo alegría.

Tardes soleadas de domingo,
tardes del “Alejandro Torres”,
encuentros deportivos.
estadio siempre lleno,
gritos, risas, se bebía.
El pueblo así se divertía.
Esto se repitió cada semana,
se repitió cincuenta años.

Aquellas hermosas tardes
las recuerdo como si ahorita fueran.
Tardes de crepúsculo,
cielos amarillos, violetas, marrones.
Cielos de rojo sangre escarlata
de brillo tan intenso que parecían derramarse al suelo.

Recuerdo el camino de la iglesia,
cadencioso paso de mujeres,
eran desfiles de gala.
Las veía pasar a misa,
despacio, otras de prisa.
Hoy las recuerdo y la hago con delicia.

Luego llegó presidente,
lo bonito pronto acaba,
firmó la felonía,
abrió la puerta al extranjero
entraron mieles baratas.
NO IMPORTO MAS EL AZÚCAR COLOR DE PLATA.

Así, dando traspiés por la puñalada recibida,
acordaron recortar al personal
lo tomaron como medida.
Viene liquidación de cuarenta obreros,
de cincuenta, luego de trescientos,
como la herida era de muerte al final se fueron todos.
Hoy ya no hay bullicio,
pensativos, cabizbajos, caras tristes. Resultado
NO SE SOPORTO EL TRATADO.

Ya no sale ningún furgón,
ya no suena ese silbato.
Se olvidó de dar las horas
no acompaña más sus muertos,
ya no anuncia el año nuevo.
Pienso que se murió el silbato.

Ya no miro tizne por las calles
ya no choca en los tejados.
Poca gente en estos valles,
emigró a la ignominia,
a vender su cuerpo al extranjero,
abandonó: amigos, mujeres, a los niños.
Hoy, hoy añora atardeceres
SE ACABO AZÚCAR COLOR DE LUNA,
AZÚCAR COLOR DE PLATA.

*Docente Facultad de Medicina, UAS.

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