Estatal

El mundo mágico y la leyenda de Bachomo

Por domingo 14 de noviembre de 2010 Sin Comentarios

Por Adrián García Cortés*

Que el 24 de octubre de 1916. Tenía 32 años. Silencioso, ninguna gracia concedida, erguido, mirada fría y despectiva, tiró la cobija a la fosa que previamente le habían excavado, sin vendaje en los ojos, sólo bajó el ala derecha del sombrero de palma, se desplomó de rodillas hacia delante, con las piernas heridas por las balas del pelotón de fusilamiento. El oficial de mando se le acercó, descerrajó dos tiros en la cabeza y lo empujó a la tumba. Su cuerpo cayó en decúbito dorsal sobre la cobija, y sobre él, sin nada que lo cubriera, le echaron toda la tierra antes escarbada.

Fue después del medio día, tras un viaje de Culiacán a San Blas, y de este entronque, por el ferrocarril Kansas City México y Oriente a Los Mochis, cerca del vagón mismo que lo había transportado, cuando se hizo cumplir la condena a muerte de un dudoso Consejo Militar Extraordinario, acatando la orden del General Ángel Flores para darle gusto al hombre de “las mil batallas”, otro general llamado Álvaro Obregón. Se le pudo fusilar en la capital del Estado, pero fue necesario, según el haber de los jefes militares, hacerlo “a la vista de los agraviados” en Los Mochis, donde el “forajido” dizque había sembrado el odio.

SOBRE PIEDRAS Y VELAS SE FINCA UNA LEYENDA

A partir de ese momento, sobre la tumba seres anónimos pusieron una cruz, y empezaron a acumular piedras y veladoras. La leyenda emergía del “odio mochitense”, el que, durante años mantuvo el túmulo siempre con piedras seleccionada y las luces de la misericordia. Felipe Bachomo nacía, así, a la memoria histórica de la región como un ícono de culto indígena, como un héroe sacrificado para honrar a la raza del zuaque y mantener su coraje por ser los “yoremes” que desde tiempos ultramontanos le dieron vida al río. Bachomo es hoy, como en Culiacán Malverde, una representación popular, cultural, idolátrica, con la diferencia de que de Bachomo se tiene certeza de su existencia, y del segundo sólo el mito; aquél es alma de un pueblo, éste es una especie de catarsis de piadosos narcotraficantes.

—”Que no se suponga que los vecinos de Los Mochis odiaban y temían a Felipe Bachomo”, nos dice con énfasis Jesús Ángel Ochoa Zazueta en su libro Bachomo, los días del gato. Crónica indígena de la Revolución. Y añade: “… cada ocasión que la gente de Bachomo amenazaba al pueblo, ellos se regocijaban, porque sabían que venía sobre los comerciantes leoninos, sobre las tiendas de raya, contra los patrones atrabiliarios, contra la autoridad inmoral y en silencio, tras la puerta, ellos mismos sentían hacerse, a su manera, una justicia que deseaban”.

Y todavía más, Ochoa añade: “Los habitantes… no simpatizaban ni con Johnston ni con las políticas segregacionistas de los gringos. En este sentido, Bachomo tuvo una legítima proyección social y simpatía comunitaria”.

UN LIBRO QUE ABUNDA EN DOCUMENTOS E HISTORIAS

El libro de Jesús Ángel fue presentado en la cabecera del municipio de El Fuerte seguido de un responso en Tesila, para refrendar su memoria en los escenarios de las correrías de Bachomo. Fue una edición de la Comisión Estatal del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución Mexicana. Trabajo de gran acopio de información, con 638 páginas, donde desfilan personajes de todos los tiempos que de alguna forma han contribuido a la leyenda y a configurar ese mundo mágico en que ahora se ubica a Bachomo.

En cuanto a mi memoria, el único contacto con el personaje lo tuve en la niñez, un tiempo que viví en Los Mochis allá por el año de 1932. Era casi obligatorio de la gente que recién llegaba, ir a visitar la tumba, ya vacía, que crecía y crecía en una montaña de piedra, y velas y veladoras para iluminarlo de noche para que su alma no se oscureciera. Como chamaco lo hice, pero más que por el alma de ese fiel difunto, porque cerca, muy cerca, estaban los galerones donde se alijaban las cajas de tomate para embarcarlas al ferrocarril. Obviamente, el gusto, junto a otros compañeros de mi edad, era llegar a los almacenes con un puño de sal y a comer, hasta el hartazgo, lo tomates verdes antes de que enrojecieran. De todas maneras, éramos conscientes de que lo hacíamos por el eterno descanso del héroe.

ODIOS Y SIMPATIAS POR LA FIGURA DE BACHOMO

En realidad, según la efeméride de Ochoa, inserta en su propio libro, Bachomo sólo participó en 1915 en tres tomas de la hacienda azucarera de Los Mochis, la última, con saqueo de bodegas, junto a las tropas de Gonzalo Escobar y Banderas. Fue a Sonora, y en un pueblo llamado Movas, engañado con el indulto, se entregó voluntariamente. Por ese tiempo asesinaron a José Tays, hijo de Eugenio H. Tays, de origen norteamericano, entonces influyente personaje, y culparon a Bachomo de su muerte. Lo llevaron a Guadalajara, lo regresaron a Mazatlán, le hicieron un primer juicio que lo exculpó por estar indultado, y le incoaron un segundo juicio extraordinario en Culiacán con la consigna de condenarlo a muerte. Era Obregón Secretario de Guerra y Marina, quien le encomendó el caso al General Ángel Flores, y en Sinaloa, el cónsul radicado en Mazatlán, el propio Hays y Johnston de la azucarera, presionaron para que condenaran a Bachomo.

El 9 de Junio de 1916, nos apunta Ochoa Zazueta: “Los juzgadores se dan cuenta que no tienen elementos para condenar a Felipe Bachomo y coacusados. Bachomo estaba indultado y se comprobó que él o su gente no intervinieron en el asesinato de José Tays. Quedaban el delito de robo de cueros de res, del que Bachomo estaba confeso, pero no era suficiente para condenarlo a muerte, pues esta necesaria práctica en momentos de guerra, hasta Ángel Flores la propició y personalmente la llevo a cabo”. El gran pecado de Bachomo fue haber militado en las huestes villistas.

En 1922 los restos de Bachomo fueron exhumados de la fosa mochiteca y llevados, parte a Tesila y parte a El Carricito. En Tesila se le rinde culto aún. Por eso ahí se hizo el responso. Por lo demás, quien quiera documentarse sobre esta versión casi historiográfica de Ochoa Zazueta, tiene ahí el grueso volumen producto de los festejos centenarios. Sólo es cosa de poseerlo, por el gusto de leerlo.

*Cronista de Culiacán

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